La esquina

josé / aguilar

La singularidad de Cataluña

QUIENES defienden un salida negociada al conflicto catalán, que algunos están poniendo de lo más difícil, consideran fundamental para ello que una hipotética nueva Constitución reconozca la singularidad de Cataluña. Asunto peliagudo si no se delimita por consenso qué tipo de singularidad es la que debe asumirse. No es lo mismo consagrar una cultura singular que una financiación singular, y privilegiada.

Lo que sí tenemos que admitir es que las singularidades de Cataluña son muy variadas y que con el tiempo -y el empeño de sus gobernantes- tienden a crecer y multiplicarse, como en el mandato bíblico. Ahí van algunas de ellas, sin ánimo exhaustivo y entresacadas de la rabiosa actualidad (o actualidad rabiosa, según se mire).

Sólo en una comunidad muy singular se puede celebrar un referéndum sin censo, en el que votarán solamente los que están de acuerdo con una de las opciones planteadas, en urnas de cartón, en una jornada electoral de varios días, en el que cualquier ciudadano podrá votar las veces que quiera sin el menor control y en el que los agentes electorales serán voluntarios (y partidarios también de una de las posibles respuestas). Y con un Gobierno volcado igualmente en una dirección (esto sí ha pasado varias veces en el conjunto de España, pero cuando mandaba Franco, nunca en democracia).

Hay que ser muy singular, sí, para organizar un referéndum orientado a fragmentar un territorio y encerrar a sus habitantes sobre sí el mismo día en que el mundo celebra todo lo contrario: la caída del Muro de Berlín. El 9-N hará 25 años. Se vota para levantar fronteras justo cuando Europa festeja que se tiraran para ser más libre. Hay que ser muy singular para tener a un gobernante (Mas) que manda menos que el líder de la oposición (Junqueras). Muy singular para conseguir que la familia más patriótica sea también la más corrupta. Para alcanzar los medios de comunicación públicos más manipulados de España y los privados menos críticos con el poder político. Para lograr que los ciudadanos que se manejan en una de las lenguas oficiales de la comunidad tengan que acudir a los tribunales para que en la escuela se eduque a sus hijos en esa lengua preferida. O para multar a los comercios que presenten sus productos en la citada lengua.

Habrá singularidades que puedan y deban reconocérsele constitucional e institucionalmente a Cataluña. Éstas, desde luego, no.

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