La aldaba
Carlos Navarro Antolín
¡Moción de censura en Los Remedios!
ESTAMOS siendo compelidos desde hace dos décadas por una ola de empuje ineluctable hacia un nuevo paradigma cultural del que empezamos a ser conscientes y sobre cuyas consecuencias ya se reflexiona. El movimiento -como en otras ocasiones anteriores- tiene su origen en ciertas innovaciones tecnológicas, todas incluidas en el ámbito ya conocido como mundo digital. No es algo inédito en la historia de nuestra especie que la técnica modifique nuestra existencia. Ocurre desde que el homo empezó su tránsito evolutivo hasta llegar a ser sapiens. Ateniéndonos a las evidencias paleoantropológicas no se puede negar que la técnica ha contribuido de manera decisiva a convertirnos en lo que somos (para bien y para mal).
Y de esto parece consciente la humanidad si rastreamos en el subconsciente colectivo, y acudiendo a las fuentes mitológicas de nuestra cultura, buscamos entre los primeros balbuceos que trataban de dotar de sentido la propia existencia, respondiendo a la pregunta sobre los orígenes. Los antiguos griegos, cuya mitología -se sepa o no- constituye parte esencial de nuestro ADN cultural, rendían culto al titán Prometeo, amigo de los mortales, adorado por éstos por ser él quien robó el fuego de los dioses para entregárselo a los hombres; el fuego, el símbolo del control sobre la naturaleza, condición necesaria para el artificio, esencia de la técnica, base innegable de nuestra supervivencia. Pero Prometeo no es recompensado por dicha hazaña, sino que es objeto de un cruel castigo decretado por Zeus, que lo condena a ser encadenado a las montañosas rocas del Cáucaso por toda la eternidad.
Esa figura patética del titán padeciendo las consecuencias de su rebelde acción representa, en cierta forma, el temor inveterado de que el poder que le confiere la técnica al ser humano pueda tener efectos negativos para él. En época más reciente de nuestra historia el mito de Prometeo fue recuperado por el romanticismo en la obra señera de Mary Shelley, Frankenstein, cuyo título se completa con la frase "o el moderno Prometeo". En este libro la fusión entre ciencia y técnica, esto es, la tecnología moderna, engendra un monstruo que nada más abrir sus ojos se enfrenta a su creador para reprocharle su soberbia traición a los sagrados dictados de la naturaleza.
Así hemos caminado con la sombra del mito griego hasta nuestra época más reciente; es decir: con la sospecha de que los instrumentos que creamos no son meras prótesis que potencian nuestras capacidades innatas, sino que de modo esencial redefinen lo que llamamos vida humana.
En este recién estrenado milenio la reflexión sobre este tema parece haberse intensificado en el ámbito de las tecnologías de la información y la comunicación. Hay magníficos libros al respecto, aunque a mí me parecen especialmente significativos por pertenecer a la cultura de consumo de masas los productos audiovisuales, como las películas. Entre éstas, recién ha sido estrenada Hombres, mujeres y niños, del norteamericano Jason Reitman, una historia poliédrica, muy ambiciosa en las cuestiones que plantea, y que se construye a través del hilo conductor de las susodichas tecnologías que muestran su enorme poder de influencia sobre las conductas humanas, sobre todo en lo referente a una tan principal para la vida social como la comunicación.
El filme sabe exponer de manera descarnada la doblez de la pantalla, territorio promisorio donde poder jugar con la ilusión de la ruptura de la jaula espaciotemporal que delimita nuestra condición mortal, espejo mágico en el que alumbrar identidades alternativas protagonistas de mundos virtuales donde se cumplen todos nuestros deseos (para bien y para mal). Una grieta también por la que nuestra atención se dispersa ante el reclamo plural y diverso de incontables ventanas que tienden a confundir nuestro criterio para discernir lo que realmente importa de lo que no, contribuyendo así a la frivolización de nuestras inteligencias; desguarneciendo a las familias, por cuanto internet es esa matriz a donde no alcanza el cordón umbilical que los padres temen siempre romper con sus hijos adolescentes, los cuales tienen en sus móviles el continente de todo cuanto conforma su mundo.
Del proceder de todos los personajes del filme se pone de manifiesto que lo que principalmente les motiva a buscar en el ciberespacio, a ofrecerse en las mil y una pantallas que nos rodean -exponiendo inconscientemente en la plaza pública las entrañas de la propia intimidad-, a escribir compulsivamente mensajes en esas botellas "inteligentes" de cristal táctil, es recibir el afecto de los otros, el reconocimiento de quienes amamos, la aprobación del grupo del que anhelamos ser parte integrante. Necesidades todas que, en verdad, sólo son plenamente satisfechas mediante el rostro compasivo, la voz amable, el abrazo emotivo que las frías pantallas no pueden dar.
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