Los sevillanos y los paraguas

De Sevilla se suele olvidar que fue una gran urbe capitalista gracias, principalmente, a sus linajes genoveses

Un momento complicado en el Puente de Triana.
Un momento complicado en el Puente de Triana. / Juan Carlos Vázquez

21 de octubre 2023 - 00:01

FUE el compañero Tacho Rufino el que dijo aquello de que a los sevillanos les falta el B-1 en paraguas, tal es su torpeza en el manejo de estos artefactos. Normal en una tierra de sequías pertinaces en la que cuando llueve suele hacerlo de manera torrencial y acompañada de fuertes ráfagas de viento. Ni la mismísima Mary Poppins conseguiría manejar con donaire su parasol (paradójico sinónimo) en la capital hispalense cuando las borrascas llegan de Portugal o el Golfo de Cádiz.

De Sevilla se suele olvidar que fue una gran urbe capitalista gracias, principalmente, a sus linajes genoveses, que ya desde la Baja Edad Media se dio cuenta del potencial de su puerto como base intermedia entre el norte de Europa y el oro y los esclavos de Guinea. Este olvido se debe en parte a que nos hemos creído la teoría de Max Weber de que el capitalismo encontró en el protestantismo el útero soñado, obviando el fértil abono del catolicismo italiano. Sin embargo, el sevillano es desdeñoso con la propiedad privada en lo que a los paraguas se refiere. Como el dinero público para Carmen Calvo, considera que no pertenecen a nadie. Es por eso que no se considera robo el llevarse un paraguas ajeno cuando los chaparrones aprietan. Como se suele decir, hay que comprarse los paraguas baratos, que no nos cueste despedirnos de ellos cuando un familiar o amigo decida mangarlo sin apenas disimulo, dejándonos expuestos a la ira del cielo. Mi última adquisición de una umbrella fue el pasado martes, cuando el gran chaparrón de las 14:00 horas, en un comercio chino. Maravilla. Por solo diez euros me llevé una imitación de paraguas de diplomático inglés. Negro y largo como una pista de aterrizaje.

Cuando llueve en Sevilla todos sabemos que estamos condenados a empaparnos. Es el precio que pagamos por haber acabado con los soportales, ese gran aporte de España al urbanismo universal, como afirma el profesor Gómez Piñol. No se pierdan el artículo que publicó este viernes en estas páginas el arquitecto Fernando Mendoza: Ciudad vieja de Sevilla: columnas, soportales y adarves, en la que describe una urbe pretérita repleta de pórticos, como una Santiago de Compostela del sur. Poco a poco, de extranjis, se los fue comiendo un urbanismo salvaje y carente de disciplina. Lo mismo pasó con los adarves, que son el origen de esas casas tan estrechas que hoy vemos en el Casco Antiguo, en las que apenas cabe un ahorcado y, mucho menos, alguien con un paraguas abierto. Podría ser este el origen de la superstición de que desplegar las varillas bajo techo trae mala suerte. La soga y sus equivalencias siempre dieron mal fario.

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