Fragmentos
Juan Ruesga Navarro
Una nueva generación, un mundo nuevo
Los días entre Navidad y Nochevieja, como los que hay entre Año Nuevo y Reyes, han sido tradicionalmente tranquilos y de público local. El horario del desayuno en los bares, con mucho menos clientes de oficinas cercanas, siempre era más sereno, con menos movimientos y, por supuesto, sin tantas mesas en las que se acumulan los platos con azucarillos abiertos, restos de mermelada y cubiletes donde queda margarina ZAS. Todo eso forma parte del pasado. Nunca ha habido tanta gente para cubrir tantas franjas horarias, asistir a tantas actividades, llenar tantos bares y participar tanto de todo y hasta de... la nada. Baste un dato: ayer a las 11:10 no quedaba pan para tostada en el bar La Candelaria, que no está en la Avenida, ni en Sierpes, ni junto al árbol de Navidad de la Puerta de Jerez. Está en un sitio con encanto como esa plaza que deja admirar el templo de San Nicolás, donde oficia el querido don Miguel Ángel Núñez.
A esa hora se acabaron las 45 piezas de pan que estaban generosamente previstas para esa clientela de entrefiestas. Lo normal hubiera sido que se consumieran la mitad entre los fieles parroquianos, los funcionarios de guardia de la Consejería de Cultura, algún transeúnte a la búsqueda de café en su entrada o salida del centro, y poco más... Pero no. El turismo de apartamento invade los bares de toda la vida durante todo el año. Los franceses se llevan el pan de las tostadas que ni el rapiñero mariscal Soult con los cuadros de Murillo. Estos días se ve a las claras que la ciudad está invadida de gente que pasea al simple reclamo de las luces, sin rumbo fijo, caminando según el criterio del famoso Vicente (donde va la gente). Se ven colas en los puestos de castañas y, lo que es más llamativo aún, en bares de tapas que aún no han abierto y tienen el palo de fregona atravesado en la puerta porque han limpiado el suelo después del turno de mediodía. Jamás habíamos apreciado estos hábitos. Hacer cola de espera por todo revela, cuando menos, una falta de criterio personal, un dejarse llevar por lo que hace el de delante como el nazareno disciplinado que levanta el cirio cuando lo hace el que le precede.
Cada vez quedan menos barras para consumir como se hacía toda la vida, como cada vez parece imperar con descaro el hacer las cosas según la masa. ¿Es bueno que se acabe el pan del desayuno? Claro que sí. Eso es economía, que diría el cursi. ¿Es bueno que haya turismo? Por supuesto, eso genera ingresos. ¿Es bueno que sea a costa de una transformación radical de nuestros establecimientos propios, horarios, costumbres y usos? Eso es peor a medio plazo. Mientras, el francés busca el bollo. Y si no queda pan, el español siempre puede pedir una tapa de jamón... con picos.
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