La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

Los 350 montaditos del bar La Candelaria

Hay tabernas que también hacen hermandad como también hacen ciudad. Sufren y se alegran como las cofradías

Los 350 montaditos del bar La Candelaria

Los 350 montaditos del bar La Candelaria / Juan Carlos Muñoz (Sevilla)

Siempre he mantenido que lo mejor de un paso en la calle es apreciar ese mundillo itinerante que lo rodea. Las imágenes están todo el año para recibir oraciones en sus altares, incluso en los azulejos donde también nos aguardan a deshoras. Pero el paso es fugaz y tiene el poder de generar ambientes que retrata Antonio Sánchez y miradas para ser captadas por la cámara de José Antonio Zamora.

Con la salida extraordinaria de la Virgen de la Candelaria ocurrió cuanto llevábamos dos años sin disfrutar. Estábamos todos... dos años después. Los aguadores con vasos de plástico por imperativos de la pandemia, el tío del carro con los cirios y las varas de repuesto, la sevillana que recién retorna a la ciudad y se planta en un plisplás del aeropuerto a San Nicolás, los niños chicos que abren el cortejo y que antes de ayer dormían en el carrito, el que avanza en sentido contrario a la comitiva y se harta de pedir paso y atravesar de perfil por donde no se puede, el precioso techo de palio azul candelario, Herrera creyendo que va de incógnito con la mascarilla y las gafas de sol, pero todos lo reconocemos; las tertulias de los señores con vara, algunos con el abrigo en el antebrazo en previsión del frío nocturno de diciembre; el zumbido del vehículo de Lipasam en cuanto pasó el último músico de la Cruz Roja...

De pronto recuperamos esa cantidad de detalles que sólo son posibles con un paso en la calle. Y el bar de referencia de cada cofradía. Nunca puede faltar. En el tajo estaban Antonio y Santiago, que apagaron las luces de la taberna cuando la Virgen regresaba por la plaza Ramón Ybarra (hay que nombrar a Ramón cuando de la Candelaria se habla) para no interferir en la estética de la procesión. El bar sirvió 350 montaditos, siete barriles de cerveza y nueve kilos de ensaladilla en un domingo de diciembre que, ya lo ven, resultó ser un Martes Santo. Tantos meses de desánimo sin perder la alegría, tantos días cerrados o sirviendo desayunos para llevar en la misma puerta y tantas limitaciones tuvieron unas horas de recuperación. No hace falta consultar los estudios de impacto económico que se han realizado sobre la Semana Santa, sobre todo porque son fríos como lo son siempre los números.

Hay bares que también hacen hermandad al igual que, en el fondo, contribuyen a hacer ciudad. Si llueve el día de la salida, esas tabernas que son prolongaciones de las parroquias sufren con la cofradía. Si hay explosión de júbilo, cambian los barriles como los relevos de la cuadrilla. En esos 350 montaditos de un domingo de diciembre hay mucha pena aliviada, mucha lágrima enjugada y mucha tensión liberada. Que la Virgen siga bendiciendo a dos buenos taberneros.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios