EDITORIAL
Groenlandia y la debilidad de Europa
La decisión del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de mantener en el poder en Venezuela al Gobierno que presidía el capturado Nicolás Maduro es un hecho de la máxima relevancia que ha sorprendido a todos los analistas internacionales. Los sucesos de la madrugada del pasado sábado constituyen, por encima de cualquier otra consideración, una agresión armada contra la soberanía de un país independiente. El hecho de que conseguido su primer objetivo de arrestar a Maduro no se haya forzado un cambio de régimen sugiere, sin embargo, que, de alguna forma, Trump contó con complicidades dentro del aparato de poder chavista y confirma la impresión que ya se tenía de la falta de consistencia de la oposición encabezada por María Corina Machado y Edmundo Gonzáles. De lo que no cabe duda es de que la política que a partir de ahora se haga en Caracas va a estar tutelada y teledirigida desde Washington. En ese sentido, Trump y su entorno de máxima confianza, encabezado por el secretario de Estado, Marco Rubio, no han dejado lugar a la más mínima duda. Lo que se pretendía con la intervención en Venezuela, y que en primera instancia parece conseguido, era, además de apartar a Maduro, asegurar un control efectivo sobre las enormes reservas de petróleo que atesora la república sudamericana. Con ello se consigue un doble objetivo: proporcionar un negocio de muchos millones de dólares a las grandes compañías petrolíferas estadounidenses y apartar a China de un espacio político que Estados Unidos considera propio, según la nueva doctrina de la Casa Blanca. Para conseguir esos fines era más eficaz conservar, sometidas a estrecha vigilancia, las estructuras de poder que ya existían, sobre todo el control de las fuerzas armadas, que dejar paso a la oposición con el peligro de abrir una espiral de tensión interna de muy inciertos resultados. La maniobra no está exenta de riesgos, pero probablemente es la única que se podía permitir Trump en estos momentos.
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