La tribuna

Fascistas todos

Fascistas todos
Rosell

Según lo veo, nada más fácil que acabar con la ola de fascismo que, de creer a algunos medios, asola el mundo y España. Recuerdo además, en nuestro caso, exactamente cuando comenzó: fue con el crecimiento de Ciudadanos, un partido de “extremo centro”, según se dijo con una expresión afortunadísima. Por vete a saber qué razón, para abaratar todas sus propuestas y desmantelar sus principios, los parlanchines voceros de la izquierda comenzaron a llamarlos fascistas. Luego les tocó a los propios socialistas que no estuvieran de acuerdo con los pactos y componendas que hicieran desde la dirección del Partido para mantenerse en el poder. Por supuesto, a la derecha del centro, no había más que fascistas. Lo que se ha logrado, por lo tanto, es un espejismo que, por pueril que sea aceptar que el lenguaje crea la realidad y si llamas fascista a alguien estarás agrandando el fascismo, parece haber colonizado la realidad, aunque sea por contagio. Al pronunciarse tantas veces el insulto, este ha dejado de serlo, como pasa siempre con las etiquetas que acaban por convertirse en motivo de orgullo. Vieja táctica expresada en un proverbio sufí que aconseja: “Las piedras que te arrojen no las devuelvas, guárdalas y constrúyete un castillo”. Ahora la muchachada ya no teme que se la llame fascista: procura ganarse el apelativo para lucirlo orgullosa. Con lo que, como digo, nada más fácil que acabar con esta supuesta ola: dejar de llamar fascista a todo el mundo... por lo menos, dejar de llamárselo a quien no tenga nada de fascista.

Ni Stanley Payne, en su espléndido libro sobre los fascismos –en plural, porque es imposible que esa ideología sea unánime, a pesar de lo cual el título del libro prefiere pedagógicamente el singular–, ni Eugen Weber en Varietes of fascism son capaces de llegar a una síntesis capaz de definir el cuerpo doctrinal de esa ideología. Depende de donde se dé, cobra unos tintes u otros. Parecería que al menos tienen dos cosas muy claras: la fuerza del Estado como factor principal –de donde aboguen por la nacionalización de la banca, de los recursos esenciales–, la verticalidad del trabajo –el famoso sindicato–, y la defensa a ultranza del concepto patriótico (definida como unidad de destino de una comunidad: o sea nacionalismo intachable). Si le quitamos la última de las condiciones, parece que sus ansias son idénticas a las de la extrema izquierda de toda la vida. Porque el fascismo y el bolchevismo han sido siempre hijo y padre. No hay movimiento fascista que no hundiera sus raíces en alguna forma de socialismo al que se le extraía un componente medular: el internacionalismo. De ahí que alguien como Putin pueda a la vez sentirse orgullosísimo de los crímenes de la CCCP y ser creyente ciego en la divinidad de la Madre Rusia.

A poco que examine uno los presupuestos ideológicos de los partidos a los que se tacha de fascistas con delirante facilidad, se encuentra con que su confianza en la economía de mercado, su orgullo capitalista, sus ansias de privatización ya chocan con la denominación con la que se pretende insultarlos y en cambio parece haberles dado alas. Mediante el progresivo vaciado de significado del insulto, lo único que se ha conseguido es que se extienda aquello que se pretendía combatir. Es una estrategia idiota, lo sabemos: algo así como si los médicos determinaran que para que alguien sea obeso patológico su índice de masa corporal ha de ser mayor o igual a 10, en vez de a 30, que es donde ahora mismo está el límite para que alguien sea considerado médicamente obeso. Con esa sencilla operación, el 90% de la población en España sería obeso. Eso es lo que empezaron a conseguir hace ya unos años los insultadores profesionales que llamaban fascista a cualquiera que no comulgara con sus disparates. Y esa es la táctica que nos ha traído a este momento en el que ya nadie teme decir nada que lo vaya a colocar en el lado de los fascistas, porque desde el Gobierno se ha alentado la sencilla idea de que no hay nada más fácil que definir a un fascista (por mucho que Stanley Payne y Eugen Weber no lo consiguieran en sus minuciosos estudios): fascista es todo aquel que no sea de los nuestros.

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