La tribuna

José Cevallos, un sabio que pide memoria

José Cevallos, un sabio que pide memoria
Guillermo Valencia Solano
- Historiador

Sevilla tiene una relación ambigua con su pasado ilustrado. Lo invoca con orgullo, pero rara vez se detiene a revisar a fondo a quienes lo hicieron posible. Entre estos destaca una figura tan relevante como injustamente relegada: José Cevallos Ruiz de Vargas, uno de los intelectuales más activos del siglo XVIII sevillano y, sin embargo, casi ausente del imaginario cultural de la ciudad. Erudito infatigable, canónigo de la Catedral, rector de la Universidad Hispalense y miembro fundador de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, Cevallos fue también estrecho colaborador de Pablo de Olavide en su intento de modernización de la ciudad desde la razón y el conocimiento.

Nacido en Cantillana en 1724 y fallecido en Sevilla en 1776, encarnó como pocos el espíritu de la ilustración: curiosidad sin descanso, pasión por el debate y confianza en el saber como herramienta de progreso. Su correspondencia con figuras como Feijoo, Mayans o Campomanes revela una mente inquieta, exigente, a veces incómoda, siempre dispuesta a preguntar y a discutir. Una erudición viva, no decorativa.

Y, sin embargo, Sevilla se aproxima al 250 aniversario de su muerte, que se cumplirá en mayo de 2026, sin que hasta ahora se haya articulado un homenaje acorde con su talla intelectual. Una omisión difícil de comprender si se recuerda su decisiva aportación a obras clave del reformismo ilustrado en Sevilla.

La reciente publicación en la revista académica Huelva en su historia (2025) (https://www.uhu.es/publicaciones/ojs/index.php/huelvahistoria/article/view/9299) de nuevos documentos sobre la colaboración de Cevallos con Juan A. de Mora Garrocho –autor de Huelva Ilustrada (1762)– constituye tan solo un ejemplo de esa aportación. El extenso Dictamen que Cevallos antepuso a la obra no es un mero prólogo, sino una pieza historiográfica de primer orden. Cevallos no fue un ilustrado cómodo. Su defensa del origen natural de los terremotos lo enfrentó en 1755 al obispo de Guadix, y su impulso reformista –que cuestionaba el papel de las órdenes religiosas en la docencia universitaria– le granjeó enemigos poderosos.

Inquieto por naturaleza, dejó obras inacabadas y manuscritos dispersos entre archivos y papeles personales. Prefirió abrir caminos: consultó innumerables bibliotecas –desde la Colombina a la de su amigo el conde del Águila–, transcribió documentos de Colón, cotejó manuscritos del marqués de Santillana y corrigió leyendas con la solvencia de quien conocía a fondo sus fuentes. Mayans lo elogiaba; la Universidad lo proclamó “modelo de catedrático”.

Resulta paradójico que una ciudad que presume de tradición universitaria y patrimonio intelectual no haya sabido aún integrar a Cevallos en su relato público. No se trata de llevar a cabo un acto nostálgico, sino de reconocer qué tipo de pensamiento queremos reivindicar como propio y qué valores culturales estamos dispuestos a defender.

Hoy, en tiempos de tanta memoria selectiva, convendría también ejercitar una memoria cultural activa capaz de reconocer a quienes dieron a la ciudad herramientas para pensar y discutir. Las instituciones que se beneficiaron de su talento –la Academia de Buenas Letras, la Catedral, la Universidad– tienen ante sí una ocasión inmejorable para saldar esa deuda. Entre los ilustrados que hicieron avanzar Sevilla desde la discreción del estudio, José Cevallos ocupa un lugar que merece ser recordado.

También te puede interesar

Lo último

stats