Dado mi convencimiento en su veracidad, no es la primera vez que comparto la tesis de aquellos que defienden que, desde un punto de vista ideológico, la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial fueron –por encima de otros matices– los dos hitos bélicos fundamentales del conflicto entre antifascismo y anticomunismo.
Efectivamente, y conforme a esta interpretación de la historia de la primera mitad del siglo anterior, el principal factor de movilización ajeno a motivaciones patrióticas fue el miedo recíproco de dos sectores de opinión a la corriente política que consideraban como mayor amenaza para el orden civilizatorio hasta entonces conocido. Un pánico que, paradójicamente, atrajo a muchos de quienes así sentían a las filas del totalitarismo opuesto.
Con este telón de fondo, España se convirtió en 1939 en un lugar en el que los comunistas eran piezas a batir, tanto por el bando triunfante como por los seguidores de la rebelión de Casado que dio el golpe de gracia a la República. Y posteriormente, en 1945, en último reducto para los admiradores de los fascismos derrotados en el resto del Viejo Continente. De la lista de medios de huida o llegada usados por unos y otros, el avión sólo estuvo al alcance de los pocos privilegiados que gracias a sus contactos se vieron en disposición de utilizarlo, minimizando así los peligros de la fuga.
Al análisis de estas travesías aéreas con despegue o aterrizaje en nuestro país, está dedicada una de las mejores novedades editoriales del pasado año en el campo de la divulgación histórica. Nos referimos a la obra de Fernando Castillo El último vuelo. Fugitivos de la República y la Colaboración (1939-1945). Respaldado por una amplia bibliografía, el voluminoso ensayo se hace liviano en su lectura, debido a su buena prosa y originalidad en su temática y estructura narrativa.
Sin necesidad de ocupar el centro del relato, despiertan atención las personalidades femeninas que en él aparecen. Las comunistas españolas, representadas por Dolores Ibárruri, María Teresa León, Irene Falcón o Carmen Parga, con un marcado perfil militante dentro de la apología de su causa. Mientras que, entre las emigradas desde el vencido mundo de fascistas italianos y colaboracionistas galos, figuras como Maud Sacquard, Maria Petacci o Corinne Luchaire se vinculan a su destino por amor familiar o de pareja, para distanciarse del mismo buscando fortuna como actrices o escritoras, al tiempo que su identidad se difuminaba por los cambios de apellido derivados de matrimonios o de la adopción de distintos nombres artísticos en su carrera.
Especialmente difícil fue la situación vivida por las francesas, expuestas no sólo a una persecución legal, sino a la eventualidad de ser víctimas de pública vejación por la Resistencia, para diversión de masas resentidas, bajo la acusación de haber ejercido supuestamente la llamada “colaboración horizontal” con algún alemán. Infame atropello del que miles de sus paisanas no consiguieron sustraerse.