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Tribuna

Marcos Pacheco Morales-Padrón

Historiador

¿Por qué el Cid campeó por Sevilla?

El autor explica los detalles de esta escultura ecuestre que desde el principio contó con el reconocimiento y la admiración de los sevillanos y de los círculos artísticos de la época

¿Por qué el Cid campeó por Sevilla?

¿Por qué el Cid campeó por Sevilla? / Juan Carlos Vázquez

¿Nunca se han preguntado, por qué hay un monumento dedicado a el Cid en el Prado? No nos referimos al torero saltereño, sino al que probablemente es la figura heroica más célebre de toda la Edad Media española. Rodrigo Díaz de Vivar fue un guerrero burgalés, del siglo XI, que trabajó al servicio del reino de León, sufriendo sucesivos destierros tras los que pasó a luchar por su cuenta con lealtades y alianzas cambiantes en el convulso contexto de la “Reconquista”. En la fase final de su vida incluso llegó a constituirse en señor de la ciudad de Valencia, que mantuvo durante este período un estatus independiente (1094-1102).

En la narración de su biografía se entremezclan los relatos históricos con las fuentes literarias y legendarias. Sobre él se compuso el célebre Cantar de Mio Cid, epopeya anónima, datada hacia el 1200, que supone la primera obra poética extensa que se ha conservado en español, aunque los pasajes recogidos en ella tengan un carácter fabuloso.

Un hecho que sí sabemos cierto es el paso de Rodrigo Díaz por Sevilla en una de sus principales misiones al servicio del rey leonés Alfonso VI. Fue hacia 1079 y el Cid vino a la ciudad para cobrar las parias o tributos que el reino musulmán pagaba al de León. Por aquella época Isbiliya era un reino taifa independiente regido por Al-Mutámid, monarca andalusí más importante de la Península. No obstante, a pesar de haber conseguido una notable expansión de sus territorios, se vio hostigado por otros reinos cristianos, e incluso por sus vecinos islámicos, hasta el punto de comprometerse al pago de estos impuestos con León a cambio de evitar incursiones.

El momento en el que el Cid se encontraba en la capital del Guadalquivir coincidió con un episodio de enfrentamiento con Abdalá, señor de la vecina taifa de Granada. Las tropas granadinas se habían adentrado en los dominios del reino sevillano con la complicidad de Aragón, ante lo que Al-Mutámid solicitó la ayuda de Rodrigo con el fin de hacerles frente. El Cid, considerando al rey sevillano aliado de su señor, partió de la ciudad para enfrentarse al ejército granadino. Resultó vencedor en la batalla de Cabra (Córdoba). Las crónicas –incluidas las islámicas– se hicieron eco del resonante triunfo de Rodrigo y del clamor favorable que despertó en el pueblo.

En su periplo hacia el Real Alcázar nuestro protagonista fue elogiado y aclamado por los árabes y cristianos mozárabes al grito de “Sidi Rodrigo” (señor Rodrigo) y “Campi doctor” (sabio en batallas campales), respectivamente. De la unión de ambas locuciones nació el apodo del Cid Campeador, uno de los epítetos más conocidos de nuestra historia y que surgió en la ciudad de Sevilla. Ese éxito, sin embargo, a corto plazo le iba a resultar fatal.

Cumplida su misión, partió hacia León con los tributos cobrados, pero con algo más. En la citada batalla había participado otro señor al servicio del rey aragonés, el conde García Ordóñez, señor de La Rioja, pero este lo hizo del lado granadino, siendo uno de los apresados tras su derrota. Una vez liberado, el conde, primo segundo del monarca leonés, acusó a Rodrigo de quedarse con parte de los tributos cobrados, lo que supuso una primera caída en desgracia y destierro.

En Sevilla hay varios puntos en los que se recuerda la figura del Cid Campeador, como la plaza de España, pero el principal de ellos es el magnífico monumento ecuestre que se ubica en el sur de la avenida que lleva su nombre. Se trata de una obra realizada en 1927 en bronce por la escultora estadounidense Anna Hyatt Huntington, siendo colocada en su emplazamiento al año siguiente. Fue un regalo de la Hispanic Society neoyorquina a la ciudad de Sevilla con motivo de la exposición Iberoamericana de 1929.

Como curiosidad, en el pedestal de esta puede leerse, por un lado, “Sevilla / dorada corte del rey poeta Motamid / hospedó a Mio Cid embajador / de Alfonso VI y le vio volver / victorioso del rey de Granada”, mientras que por otro “El Campeador / terrible calamidad para el islam / fue por la viril firmeza de su carácter / y por su heroica energía uno de los / grandes milagros del creador Ben Bassam”.

En definitiva, se trata de un magnífico ejemplo de la escultura ecuestre que desde el principio contó con el reconocimiento y la admiración tanto de los sevillanos como de los círculos artísticos de la época. El éxito de nuestro monumento hizo que se realizaran diversas copias que se hallan repartidas por varios puntos de la geografía española y americana, como Nueva York, Buenos Aires, San Francisco o Valencia.

Hoy, sin embargo, muy pocos saben la historia que envuelve a «el Caballo», pues el bullicioso tráfico que le rodea nubla la historia que esconde, mientras la ciudad sigue sin poner en valor las más de 167 estatuas que posee en plazas y calles.

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