En la pandemia del covid estuvimos en casa confinados, que no es lo mismo que “retenidos”, que es como le llama el Gobierno de España a los presos políticos encarcelados y torturados en Venezuela. Después ya nada fue igual. En Sevilla perdimos la mayoría de las barras para tapear y socializar, peregrinando de una a otra como se hacía antes, probando una conchita de menudo en un sitio, otra de riñones al jerez en otro o unas espinacas con garbanzos, según las especialidades de cada sitio y los gustos de cada cual. Ahora todo son mesas altas, restricciones, tapas que son medias raciones y precios acordes con los alquileres de las viviendas. La mezcla se vuelve explosiva cuando a todo ello unimos la ola turística que nos invade, que para algunos es gloria bendita y para otros es una plaga a soportar. Y conste que los que escribimos del tema tenemos mucha culpa de ello, porque ahora con la difusión en redes todo el mundo se entera de todo, hasta la última tasca de culto de aquella esquina de Ciudad Jardín, qué le vamos a hacer, a eso creo que le llaman democratización de la información.
Es que ahora todo es muy democrático, tanto que el personal puede elegir si pone el intermitente de su coche o no, si espera la cola del bus o se sube el primero, si escucha música o conversa con el manos libres donde le dé la gana o si se va al gourmet de El Corte Inglés con su chucho para que el animalito escoja el foie que más le guste, digo yo. Tan demócratas somos que hemos superado el clasismo de que el dependiente o el camarero nos hablen de usted. Ahora todos con el tuteo falangista, quién lo iba a decir. Todos somos camaradas, eso sí, guardando las distancias, no me llames por teléfono que es una intromisión en mi intimidad, mándame un wasap y ya veré yo. Lo malo es que te mandan mensajes de voz, jolín, pero si WhatsApp es para leer cuando estás en un sitio que no puedes hablar, pues no podrás escuchar el mensaje. Nada, mensaje va y mensaje viene, hasta que a uno se le ocurre llamar y decir: “¿Oye y no es más fácil que hablemos?”.
Pero con todo esto qué quieren que les diga, para mí lo peor es lo de las páginas web, las gestiones on line, las citas previas… He tenido la desdicha en las últimas semanas, por no decir meses, de tener que resolver numerosas gestiones tanto con empresas privadas como con organismos públicos, da lo mismo, son todos igual de enrevesados y liantes. Cuando en alguna ocasión ya estás harto de dar vueltas por la página de atención al cliente volviendo siempre al punto de partida, intentas localizar un teléfono de contacto, si tienes la dicha de encontrarlo y llamar, en los más de los casos te atiende un robot que ¡oh sorpresa! te remite a la web para que soluciones el problema. Y vuelta a empezar. Quién nos iba a decir que íbamos a echar de menos aquellas ventanillas de los chistes de Mingote y Forges, con esos funcionarios sádicos que siempre te pedían un timbre fiscal más. Vuelva usted mañana. Ahora que hemos conseguido unos funcionarios la mayoría de las veces más cercanos y amables, resulta que han aprovechado la pandemia para que los ciudadanos no los molesten.