Ignacio Martínez | Periodista “El marketing le está haciendo mucho daño a la política”

  • Periodista de dilatada trayectoria, tanto en el extranjero como en España, actualmente sigue dejando prueba de su buen hacer como cronista y columnista en los diarios del Grupo Joly

Ignacio Martínez, en su domicilio Ignacio Martínez, en su domicilio

Ignacio Martínez, en su domicilio / Pilar Izquierdo

A Ignacio Martínez (Sevilla, 1950) era normal verlo entrar en la redacción del periódico a paso ligero, arrastrando un ‘trolley’ y saludando a todo el mundo con cierta ceremonia. Hombre extremadamente educado y evidentemente coqueto, este sevillano reasentado en Málaga (cuya casa, dicen algunos, tiene el porte de un château) es un senior del periodismo que sigue al pie del cañón con unas crónicas y columnas en las que hace valer todo el peso de su experiencia, conocimientos y talante. Tras unos tonteos juveniles con el mundo artístico y musical, Ignacio Martínez se decantó por el periodismo, uno oficio que, al igual que a Tintín (él lo pronuncia ‘tan-tan’, a lo belga), lo ha llevado a viajar por distintos países europeos como corresponsal sin despeinarse. Tras pasar por medios como ‘Cuadernos para el diálogo’, ‘ABC’, ‘El País’ o TVE, recaló en el Grupo Joly, una de sus dos “estaciones Termini”, como él mismo dice. La otra es la ciudad de Málaga. Pocos hombres han recorrido tantas veces el camino que hay entre ésta y Sevilla. Su trabajo ha sido merecedor de numerosos galardones, del que destacamos el Premio Andalucía de Periodismo por sus serie de entrevistas a empresarios de la comunidad. Actualmente, es también vicepresidente de la Fundación Persán.

–Como periodista siempre ha mostrado, y sigue mostrando, un evidente interés por las cuestiones internacionales.

–Mi padre vivió en Nueva York desde 1919 hasta 1927. Empezó los trámites para nacionalizarse, pero mis abuelos estaban mayores, lo reclamaron y volvió. Creo que siempre se arrepintió un poco. Aunque era un conservador que cuando llegó la democracia votaba a AP, desde muy niño y durante toda la dictadura le oí decir “de este país hay que irse”. Ahí empieza mi idea de salir fuera.

–¿Y la vocación periodística, de dónde le viene?

–También tiene origen en mi padre. Entre otros periódicos, era suscriptor del Informaciones de Madrid, que era un periódico sábana, casi más grande que yo… También estaba suscrito a Newsweek. Hablaba cinco idiomas, fue profesor de inglés en la universidad. Todas las páginas de su diccionario Cuyás de uso diario están llenas de anotaciones a mano. Era un tipo culto, buen conversador, estudioso del judaísmo español. Amigo de artistas, por ejemplo del poeta Juan Sierra y del pintor Antonio Arjona.

–¿Pero cuáles fueron sus estudios universitarios?

–Antes de ir a la universidad intenté irme a Madrid a la Escuela de Periodismo, donde a finales de los 60 sólo exigían Sexto y Reválida. Pero ante la resistencia familiar me quedé en Sevilla y me dispersé. Empecé a estudiar arquitectura, estuve en el grupo de rock Green Piano, pintaba e hice programas de música en la FM de Radio Sevilla. Poníamos música norteamericana; estábamos a la última con los discos que sacaban los hijos de los militares americanos de las bases de San Pablo, Morón o Rota. Después de una época de artista polifacético, finalmente me matriculé en Periodismo en la recién creada Facultad de la Complutense e hice la carrera mientras trabajaba sin vivir en Madrid.

–¿Y sus primeros pasos en el oficio?

–Después de Radio Sevilla, estuve en la FM de LVG con Luis Baquero, Paco Sánchez, Rosa María Pinto, Antonio Lomas… Rosa ha definido aquella emisora como la voz de la movida sevillana, que fue anterior a la madrileña. En la onda media había gente valiosa, Joaquín Arbide, Miguel Acal, Pilar del Río... Allí empecé a hacer información, programas de arte.

Produje los primeros discos de Carlos Cano. La ‘Murga del currelante’ es una canción absolutamente actual

–¿De arte?

–Cuando empezó el Centro de Arte M-11 en la Casa de Velázquez, en 1974, hice muchas entrevistas, pero fue especial la de Luis Gordillo. Estuvimos hablando una hora. Me la preparé con Félix de Cárdenas y a Gordillo le encantó; la mandó trascribir y editar y me regaló un catálogo en el que hizo varios dibujos con una dedicatoria “en agradecimiento de una excelente entrevista”. Para un muchacho que empezaba fue impresionante.

–Y organizó exposiciones en esa época.

–En LVG organizábamos conciertos y exposiciones. En diciembre de 1974 monté, también con la ayuda de Félix, una en Casa Damas de la calle Asunción de 27 grabadores sevillanos. Estaban Cortijo, Paco Reina, Rolando, Maruja Manrique, Teresa Duclós, Cuadrado, Manuel Salinas, Félix…

–¿Algún maestro?

–Uno clarísimo, Antonio Burgos. Trabajé con él en Informaciones de Andalucía y en ABC. Era lo que en Francia llaman un director de la redacción. Magnífico. Es apreciado como articulista y creo que es el mejor escritor costumbrista andaluz del último medio siglo, pero dirigiendo una redacción era todavía mejor. Al menos siete de los redactores que hemos estado a sus órdenes hemos sido directores de periódico en Sevilla, Cádiz, Huelva, Málaga…

–Me interesa especialmente su paso por Cuadernos para el Diálogo.

–Fue Burgos quien le propuso a Eduardo Barrenechea, subdirector de Cuadernos cuando se convirtió en semanario en 1976, que la información de Andalucía la hiciéramos Fernando Álvarez Palacios, Juan Teba y yo. Durante dos años contamos la vuelta de exiliados, manifestaciones no autorizadas, ocupaciones de fincas y la constitución del Sindicato de Obreros del Campo, escándalos que coleaban del régimen anterior, la reaparición de viejos partidos y el nacimiento de otros, la música, literatura y arte que se hacía… Era un nuevo país que se construía. En su Crónica sentimental de la transición Vázquez Montalbán cita una crónica mía de Cuadernos.

Si alguien añora la Guerra Fría es que es un insensato. Putin intenta ahora reeditarla

–¿Ha perdido el periodismo ese espíritu constructivo de la Transición?

–Era también un periodismo muy militante de la democracia, de la transparenscia. En Cuadernos, Soledad Gallego, Federico Abascal y José Luis Martínez publicaron el borrador de la Constitución, un año antes de que se aprobase. Pero no creo que el periodismo actual sea peor que el de entonces, cuando veo trabajar a periodistas jóvenes como Inmaculada Carretero, Isabel Morillo o Carlos Rocha veo la misma pasión por el oficio que la de Pepe Aguilar, Lourdes Lucio o Charo Fernández-Cotta.

–Me llama mucho la atención que fuese el primer productor de Carlos Cano.

–Carlos pertenecía al grupo Manifiesto Canción del Sur que surgió en Granada de la mano de Juan de Loxa. Su primer contrato lo firmé yo con Movieplay, con un poder notarial que él me dio. Lo hicimos para publicar en el sello Gong que había creado Gonzalo García Pelayo, a quien yo conocía de antiguo, en contra de otra oferta de Pauta, que dirigía Caballero Bonald en Ariola. Así hicimos sus primeros seis discos entre el 76 y el 83. En LVG-FM organizábamos conciertos en el Lope de Vega y preparamos el primer recital de Carlos en Sevilla, con Benito Moreno. Estaba programado para el domingo 23 de noviembre de 1975, ¡tres días después de la muerte de Franco! Como se murió el dictador se tuvo que aplazar tres semanas. Carlos pidió la amnistía para los tres presos sevillanos del 1.001 y para Alejandro Rojas-Marcos. Guardo el permiso gubernativo y el alquiler del teatro…

–¿No está Carlos Cano un tanto canonizado?

–Creo que es al revés. Entonces no nos dábamos cuenta de hasta qué punto era un creador excepcional. Repase la Murga de los currelantes; es una canción absolutamente actual. Por cierto, cuando nos separasmos, porque me quería dedicar en exclusiva al periodismo, le sugerí que le pidiera una letra a Antonio Burgos, que era muy amigo suyo. Tardó en pedírsela, pero valió la pena, las Habaneras de Cádiz son una maravilla.

–Le concedieron el Premio Andalucía de Periodismo por una serie de entrevistas a empresarios.

–La idea de la serie no fue mía, sino de Pepe Joly, que no sólo es presidente de una empresa familiar de cinco generaciones, sino un editor que ejerce. Confirmé algo que ya sabía: tenemos pocos empresarios, pero algunos muy buenos.

–¿Algún empresario que le sorprendiese especialmente?

–Muchos. Pero por citar a algunos: Pepe Moya de Sevilla; Ignacio Osborne de El Puerto, Paco Cosentino de Almería, Ángeles Orantes-Zurita de Granada, José Luis Sánchez Domínguez de Málaga, o Antonio Luque de Antequera.

–Lo normal es decir que Andalucía no tiene grandes empresarios. ¿Qué hay de verdad y de tópico en esto?

–Hombre, Cosentino, Ebro Foods y DCOOP son líderes mundiales. Persán tiene cada vez más mercado por toda Europa y Osborne es una marca internacional. Hay grandes empresas, pero pocas. Andalucía ha dado artistas y trabajadores excelentes y hay poca tradición empresarial. Pero esta generación de la serie, publicada entre 2006 y 2007, era la primera de la historia que tenía empresarios punteros en todos los sectores y en todas las provincias que además cooperaban entre ellos.

Los políticos tienen demasiado protagonismo en la vida pública. Quizá por inasistencia de otros

–Como corresponsal narró la caída del muro. ¿Dónde estaba cuando el batacazo?–En Budapest. Los alemanes de la RDA se estaban escapando por centenares en trenes de Hungría a Austria, con el beneplácito del régimen comunista de Németh y Pozsgay. Por ahí se fisuró el Muro. En Berlín este, cuando llegué, me encontré gente muy ilusionada, pero también algún joven que pensaba que se le acababa el mundo.

–Algunos añoran ahora el antiguo orden, creen que era un mundo más seguro.

–Si alguien añora la Guerra fría es que es un insensato. Putin intenta reeditarla.

– Cubrió también la caída de Ceausescu.

–Había euforia en Bucarest por la caída de Ceausescu y su esposa Elena Petrescu, que era viceprimera ministra. Era un régimen personalista cada vez más cruel, hasta en los pequeños detalles. En un pueblo cerca de la capital estuve en un edificio a medio construir, habitado por campesinos que contaban cómo se habían resistido a dejar su pequeño huerto en el campo, hasta que un día vinieron con un camión y un buldócer, les echaron la casa abajo y los mudaron a la fuerza; colectivismo frente al individualismo rural.

–¿Cómo fue el proceso?

–Seguí el juicio por la televisión francesa. Estaban condenados de antemano. Y los ejecutaron sobre la marcha.

–También siguió el golpe frustrado que estuvo a punto de acabar con la Perestroika.

–Pasé tres meses de 1991 en la URSS, en varios viajes. En junio entrevisté a Viktor Alknis, un halcón conocido como el coronel negro, que era diputado en el Parlamento de la URSS, y también a Jasbolatov, que entonces era aliado de Yeltsin al frente del Soviet de la Federación rusa. A lo que decían, aquí lo llamábamos “ruido de sables”. Y en agosto se produjo el golpe que, aunque fracasó, acabó con Gorbachov y con la URSS.

–Como actual cronista parlamentario. ¿Los políticos se merecen la fama que tienen?

–Tienen demasiado protagonismo en la vida pública. Quizá por inasistencia de otros. Es estimulante ver a profesores de universidad, intelectuales o dirigentes de colectivos profesionales, sindicales o vecinales pronunciarse sobre asuntos generales. Pero hace falta más sociedad civil organizada. Y si es por mala fama, creo que hay políticos de todas clases, como en cualquier otra profesión.

El presidente Moreno Bonilla tiene buen talante. Me gusta bastante menos el de Bendodo

–¿El gobierno del cambio está siendo un fiasco?

–No lo creo. De momento, este gobierno ni ha cambiado muchas cosas, ni es peor que el anterior; es pronto para ponerle nota. El presidente Moreno Bonilla tiene buen talante. Me gusta bastante menos el de Bendodo, que es el Gaspar Zarrías del nuevo régimen. Y Marín parece buena persona, pero le viene ancho el traje de vicepresidente. No me gustan los eslóganes machacones. Ni el de gobierno del cambio, ni el “haremos lo que sea necesario, cuando sea necesario y donde sea necesario”. Acaban siendo huecos de tanto repetirlos. El marketing le está haciendo mucho daño a la política.

–¿Qué le dice su olfato de periodista veterano? ¿La crisis del Covid-19 es una mera emergencia sanitaria o estamos ante algo mucho más profundo?

–No me fiaría mucho de mi olfato veterano: pensaba que esta epidemia era como la de la gripe aviar, y me equivoqué. O sea, que no sólo ha estado desatinado el Gobierno... Pero confío en que la ciencia y la medicina nos libren pronto de esta plaga, que parece irreal, de película.

–Un apunte sobre España. ¿Vamos hacia un modelo asimétrico? ¿Andalucía debe seguir jugando el papel de garante de la igualdad?

–Vamos a ver qué pasa tras la crisis del coronavirus. Esta iba a ser la legislatura territorial y va a acabar siendo la del Covid-19 y la defensa de los servicios públicos. Lo mismo que la crueldad del terrorismo islamista terminó por desnudar a ETA, confío que la España y la Europa de después de la crisis sanitaria desnudará al ultranacionalismo egoísta. Que los virus no tienen nacionalidad se entiende; pero los Trump, Ortega Smith o Torra lo comprenderán mucho mejor con las vacunas: cuando estén, no tendrán nacionalidad alguna.

–Sevilla y Málaga, dos ciudades que conoce bien. A qué se debe la rivalidad.

–No lo sé muy bien, pero Andalucía es muy tribal. Nuestro colega Ramón Ramos sostiene que Andalucía no existe porque no existen los andaluces, sino los gaditanos, los sevillanos, los malagueños, los granaínos… Y Domínguez Ortiz ya acuñó que los andaluces son muy españoles y muy de su patria chica. Esa presunta rivalidad es muy de patrias chicas.

–Me da la sensación que es más de Málaga a Sevilla que viceversa.

–Los fundamentalistas de ambas ciudades, que tampoco son tantos, siempre le echan la culpa a la otra. Pero son dos ciudades complementarias, bastante cercanas y con dos buenos alcaldes que han hecho mucho y pueden seguir haciéndolo por la especialización y la cooperación, que es el futuro del sistema de ciudades en Andalucía.

–¿Es superable esta rivalidad?

–Soy un buen ejemplo. Soy sevillano y Málaga es mi ciudad de adopción, mi estación término. Ejerzo de las dos cosas con naturalidad, como ejerzo de andaluz, español y europeo sin el más mínimo apuro. Nada me sobra. Y para desmentir a Ramón, me siento andaluz antes que sevillano o malagueño.

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