Juan Ignacio Guijarro | Profesor de Filología Inglesa en la Universidad de Sevilla “La Sevilla de 1920 era más vanguardista que la actual”

  • Especialista en literatura norteamericana, este docente y amante del jazz es el responsable de la primera edición crítica en español de ‘El gran Gatsby’, la gran novela de F. Scott Fitzgerald

J. I. Guijarro, en la Gavidia

J. I. Guijarro, en la Gavidia / José Ángel García

La cita es en un velador de la Gavidia, durante una agradable mañana de primavera. Mientras charlamos sobre esto y aquello, pasan a peón por la plaza algunos selectos de las letras sevillanas: Javier González-Cotta, Paco Gallardo, Eduardo Osborne... En el banquillo de los interrogados se sienta Juan Ignacio Guijarro, un sevillano nacido en Barcelona en la década de los sesenta y responsable de la primera edición crítica en español de ‘El gran Gatsby’ (Cátedra), la gran novela de F. Scott Fitzgerald publicada en plena euforia jazzística antes del crack del 29 y los desastrosos años 30. De paso, según fuentes solventes, tiene la medalla de ser uno de los profesores mejor valorados por los alumnos de la Universidad de Sevilla, donde enseña Literatura Norteamericana. Además, es un especialista en las relaciones culturales entre España y EEUU y ha dedicado no pocos folios a temas como la presencia del jazz en la literatura en nuestro país. Prueba de lo dicho es su antología ‘Fruta extraña. Casi un siglo de poesía española del jazz’, editado por la Fundación José Manuel Lara. Quizás debido a su aspecto largo y enjuto, fue un consumado baloncestista que jugó de alero zurdo en el Natación Sevilla y presume de haberle dado la mano al mismísimo Michael Jordan en Chicago.

–¿Y esa afición por EEUU es muy antigua?

–Ya en verano de 1979 estuve un mes con un intercambio en el Estado de Iowa, que es lo menos glamuroso que existe. Como irte a Zamora o Palencia. Aun así la diferencia entre EEUU y España era tremenda. Veías un camión de bomberos y te parecía una nave espacial.

–Su tesis doctoral fue sobre la literatura de la ‘caza de brujas’ anticomunista en los años cuarenta y cincuenta. Un tema muy tratado por el cine.

–Sí, pero en España hay muy poco publicado sobre este asunto, aún hoy en día. Quizás lo que aquí todo el mundo conozca es la famosa obra de Arthur Miller, El crisol, que está escrita en 1953, aún en plena caza de brujas. Miller ya era una gran figura y estaba casado con Marilyn Monroe, por lo que se lo podía permitir. Para otra gente con menos fama sí hubo consecuencias. Incluso a Miller lo llamaron a declarar en el 56 ante el Comité de Actividades Antiamericanas.

–¿Era comunista?

–No, pero sí un izquierdista desde la crisis de los años treinta, como tantos. Nunca perdió esa mentalidad. Su padre, un comerciante con cierto nivel económico, sufrió especialmente el crack. Él contaba como un día, cuando volvió del colegio, ya no estaba su bicicleta. A su padre se lo habían embargado todo por las deudas.

Casinello no dejaba que nadie se acercarse a Arthur Miller. Lo tenía secuestrado

–Tuvo que ser un tipo listo para ligarse a la Monroe.

–Listo y apuesto. No era la alegría de la huerta, pero sí un judío muy culto y alto que medía 1,90. Fue el clásico encuentro entre el intelectual y la bella. Marilyn se había casado antes con el jugador de béisbol Joe DiMaggio, también alto y apuesto. Hasta el día de su muerte, DiMaggio estuvo llevando flores a la tumba de la actriz.

–¿Conoció usted a Miller?

–Me invitaron cuando le concedieron el Príncipe de Asturias, en 2002. Fue curioso porque también premiaron a Woody Allen. Los dos judíos neoyorkinos más famosos se conocieron en Oviedo. Intenté hablar con Miller personalmente, pero Emilio Casinello, el que estuvo en la Expo, no dejaba que nadie se acercase. Lo tenía secuestrado.

–¿Cómo han retratado los grandes escritores norteamericanos a Sevilla en sus obras?

–Sabemos que muchos pasaron por Sevilla, pero esto luego apenas se reflejó en sus obras. Sin embargo, en sus diarios y correspondencia sí hay rastro de sus estancias en la ciudad. El otro día supe que Allen Ginsberg, el gran poeta de la generación beat, estuvo por aquí camino de Tánger, que entonces era una Meca hippie. Hay un poeta muy prestigioso de los años 20, William Carlos Williams, hijo de una puertorriqueña, que pasó por Sevilla y en sus diarios habla de la ciudad y la Semana Santa. En general, no han escrito mucho de la ciudad, y cuando lo hacen se ciñen bastante al cliché: toros, flamenco… Aunque a los americanos lo que les gusta son los sanfermines y la tomatina, no la Feria, que ni la conocen.

–Usted ha trabajado sobre las relaciones culturales entre España y los EEUU. En realidad, son dos países que se conocen muy poco.

–Hace poco ha salido un magnífico libro sobre la migración española a los EEUU. Se titula Inmigrantes invisibles y está escrito por el catedrático de la Universidad de Nueva York James Fernández, que es muy amigo de Muñoz Molina. Nos creemos que los españoles sólo emigramos a Argentina o Cuba, pero hubo compatriotas que escogieron América del Norte. Como curiosidad, hubo mucha gente de Almería que fue a Hawai a trabajar en la caña de azúcar. Había barcos que hacían la ruta directa entre esta ciudad andaluza y la isla del pacífico.

–Ahí está el caso del padre de Rita Hayworth, el actor y bailarín Eduardo Cansino Reina, que era de Paradas. También es muy conocida la emigración de los pastores vascos a EEUU, cuyos descendientes aún conservan la lengua eusquérica. Incluso usted ha escrito algo sobre este asunto, ¿no?

–Sí, porque estoy en un proyecto de investigación del País Vasco que trabaja sobre esta emigración en el oeste americano. Los pastores vascos tuvieron allí muchos problemas, vivían muy aislados y nadie quería nada con ellos. Cuando aparecían los apedreaban.

–¿Y por qué?

–Tenían fama de ser muy rudos. En la Universidad de Nevada, donde estuvieron muchos de estos pastores, hay un programa de estudios vascos.

Lo que les gusta a los norteamericanos son los sanfermines y la tomatina, no la Feria, que ni la conocen

–Hace poco vi la última película de Tom Hanks, ‘Noticias del gran mundo’, en la que se refleja de una forma tangencial la fundación por canarios de San Antonio de Texas, aunque esos no fueron emigrantes, sino colonos dentro de los límites del entonces imperio español.

–En EEUU ha tenido un gran éxito esa película. Una de las cosas que descubrí preparando mi edición crítica de El gran Gatsby fue que el autor de la mítica cubierta de la primera edición, la de 1925, es Francis Cugat, hermano de Xavier, el músico. Ambos eran de Barcelona. Una vez lo comenté en un foro y me dijeron que eso no era cierto, que eran cubanos… Por esa primera edición de la novela de Fitzgerald se han llegado a pagar 100.000 dólares.

–Bueno, pues ya me ha dado usted pie para hablar de su libro, recién salido del horno: una edición crítica de ‘El gran Gatsby’ publicada por Cátedra.

–Es la primera que se hace en lengua española, lo cual no deja de ser sorprendente, porque la novela cumple cien años en 2025. Para muchos es la mejor novela del siglo XX, pero, en fin, eso son cosas un poco absurdas. Desde luego es una obra maestra incuestionable.

–¿Y qué tiene ‘El gran Gatsby’ para ser un clásico?

–Pese a ser bastante breve, y a que es una historia muy simple en la que pasan muy pocas cosas, sí consigue desentrañar las aspiraciones del ser humano, los sueños frustrados, las ambiciones, los amores que no se cumplen, el autoengaño. Gatsby ha construido toda su fortuna para conseguir a Daisy Buchanan, porque cree que aún le ama… pero cuando llega la hora de la verdad se da cuenta de que esto no es así. Que él es algo del pasado para ella. Como le dice su mejor amigo en una conversación, el pasado no se puede recuperar. Esa es la gran tragedia de Gatsby, un personaje con poca educación pero con mucha vida y dinero.

–Un personaje algo oscuro.

–Como le suelo decir a mis alumnos, no hay que olvidar que Gatsby es un criminal, un mafioso con negocios que nunca se comentan en la novela, pero se dejan entrever. Es una novela en la que es casi más importante lo que no se dice que lo que se dice.

–Como se suele decir, detrás de toda gran fortuna se esconde un crimen. Ese tema, el de los orígenes siempre turbulentos del capitalismo, se ha tratado mucho en la literatura y el cine norteamericanos.

–Claro, porque es una sociedad muy volcada en el dinero. De alguna forma Gatsby es el reverso tenebroso del sueño americano.

Los primeros cuatro poemas sobre el jazz en España se publicaron en la revista sevillana ‘Grecia’, en 1919

–Sin embargo, sentimos simpatía por Gatsby. ¿Todos llevamos dentro un criminal?

–Eso se debe a que todos, en el fondo, tenemos sueños frustrados, un amor de juventud que se nos escapó… El final tiene algo de religioso, aunque Fitzgerald no era creyente, tanto que el párroco católico de su iglesia se negó a enterrarlo por su fama de disoluto y alcohólico. Hasta 1976 su hija no consiguió que le diesen sepultura en camposanto junto a su familia.

–Fitzgerald perteneció a la llamada Generación Perdida, un grupo legendario dentro de la literatura norteamericana.

–Son los escritores a los que, muy jóvenes, les pilló la Primera Guerra Mundial. Él tuvo la suerte de nunca pisar el campo de batalla, pero eso le daba cierto complejo de inferioridad con respecto a Hemingway.

–El que quizás es el pasaje más emocionante de ‘París era una fiesta’ es cuando ambos, Fitzgerald y Hemingway, entran en el servicio de un café para que el segundo le dé su opinión al primero sobre el tamaño de su pene, porque su mujer, Zelda Fitzgerald, le había dicho que era un picha corta. Hemingway le dice algo así: “no te preocupes, con eso se puede hacer feliz a cualquier mujer”. Es una escena soberbia

–Hemingway siempre tuvo fama de machote, una imagen que ahora está siendo revisada. Fitzgerald fue el que lo recomendó a su editor. Fueron amigos, pero tuvieron una relación compleja. Al autor de Fiesta le gustaba llamar la atención y Fitzgerald estaba muy acomplejado; la gente con fuerza física e intelectual le imponía. Hemingway no siempre reconoció la grandeza de Fitzgerald, incluso cuando publicó en la revista Esquire su relato Las nieves del Kilimanjaro hablaba de él como un “autor fracasado y alcohólico”. Posteriormente retiró la mención.

–Junto a Fitzgerald está su mujer, Zelda, que juega un poco el papel de la mujer-bruja.

–Sí, pero no era la Yoko Ono que nos han hecho ver. Esa imagen la creó Hemingway, que la odiaba. Zelda era una mujer con gran talento, que dibujaba y bailaba muy bien y que publicaba relatos, alguno incluso con el nombre de su marido.

–¿Zelda fue negra de F. Scott?

–No digo tanto, pero algún relato sí que le escribió, entre otras cosas porque así se pagaban mejor.

Lorca tuvo el mérito de estar nueve meses en Estados Unidos y no aprender ni una palabra de inglés

–Cambiemos de autor. También ha estudiado a Nabokov y su gran novela, ‘Lolita’, un libro que probablemente nadie se atrevería hoy a escribir.

–Es una novela problemática. Yo no estoy en contra de la corrección política, pero sí de los fundamentalismos. Nabokov es un maestro de la narración y consigue que el lector se identifique con la voz de Humbert Humbert. A no ser que se sea feminista radical o Laura Freixas, una escritora y crítica que tiene una campaña contra el libro, hay que reconocer que es una obra maestra, pero tampoco hay que ocultar sus aspectos polémicos, el hecho de que habla de una relación de un hombre de cincuenta años con una niña de doce, lo que es una aberración. Nabokov consigue que olvidemos esto.

–Pero creo que Nabokov quiere ir un punto más allá y hablar también del lado tenebroso y manipulador de la infancia.

–Sí, es una visión interesante, pero al final es una historia de pedofilia, de un señor mayor con fijación por las niñas. Las actuales lecturas feministas son enriquecedoras. Yo, sobre todo, reivindico la cuestión formal. Lolita es una celebración de la lengua inglesa. Es increíble que un hombre nacido en Rusia y criado en Europa escribiese la que se considera, junto a El gran Gatsby, la gran novela americana del siglo XX. El primer y famoso párrafo, con ese juego con las eles –“Lolita, light of my life, fire of my loins…”– es pura poesía.

–Lo-lee-ta…

–Precisamente, él escogió ese nombre para hacer ese juego musical, porque Nabokov le tenía mucha manía a España y odiaba El Quijote. Decía que era una defensa de la crueldad. En general, a Nabokov le gustaba mucho provocar. En su libro de entrevistas Opiniones contundentes se mete con todo el mundo: Tolstoi, Borges, Dostoyevski, Hemingway…

–No podemos dejar de hablar de su antología ‘Fruta extraña. Casi un siglo de poesía española del jazz’. ¿Fue el 27 el primer grupo que reivindicó esta música?

–Un poco antes, las llamadas vanguardias ya asumieron como propios el jazz y el cine. Ellos rechazaban todo lo decimonónico y músicas como el vals le parecían una aberración. El jazz, sin embargo, lo consideraban frívolo y divertido, con ese punto de irreverencia que tanto les gustaba. Como sabe, estas vanguardias tuvieron mucha presencia en Sevilla. Los cuatro primeros poemas españoles sobre jazz se publicaron en la revista sevillana Grecia, en 1919. No fue en Barcelona ni en Madrid. La Sevilla de 1920 era más vanguardista que la actual. Hoy es una ciudad más clásica.

–Pero al hablar de jazz y poesía es imposible no acordarse de Lorca.

–Es el gran autor español que conoció al jazz en sus fuentes neoyorquinas. Lorca tuvo el mérito de estar nueve meses en Nueva York y no aprender ni una palabra de inglés. Aun así trabó amistad con muchos autores negros que pertenecían al movimiento Renacimiento de Harlem, en especial la novelista Nella Larsen, que lo lleva a los clubs y fiestas privadas de jazz. Lorca quedó fascinado. En Harlem estaba el Cotton Club que, curiosamente, pese a estar en Harlem, no dejaba entrar a los negros. Su fundador fue un gánster blanco que quería forrarse vendiendo alcohol en plena ley seca. Lorca iba al Smalls Paradise, donde sí entraban los negros que iban con él. En Poeta en Nueva York, incluyó un poema titulado Norma y paraíso de los negros, que muchos estamos convencidos de que hace referencia a ese club. Además de Lorca, Pedro Salinas también tiene varios poemas al jazz y Nueva York.

–Sevilla ha perdido algunas de sus salas históricas de jazz…

–La última que cerró fue el Naima. Además, Monteseirín mandó a la sala Jazz Corner a un polígono de la periferia, lo que dificulta mucho la asistencia. Pero si hablamos de músicos podemos decir que hay una magnífica generación. También se ha creado la Asociación Sevillana del Jazz, Assejaz, que está haciendo una magnífica labor.

–El gran novelista del jazz en castellano es Cortázar, pero ¿y en España?

–Fundamentalmente Antonio Muñoz Molina y José María Guelbenzu. A Muñoz Molina lo llevé al club Green Mills de Chicago, cuando estuvo en la Northwestern University. También le presenté al cervantista E. C. Riley. En su novela El jinete polaco reflejó este viaje. En poesía, hay que destacar también a Joan Margarit, recientemente fallecido. Cataluña siempre ha sido el gran centro del jazz en España, con clubs como el Jamboree de Barcelona.

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