Cómo apoyar emocionalmente a tu hijo durante la selectividad
Selectividad 2025
Muchas veces los adultos, sin darnos cuenta, podemos convertirnos en una fuente adicional de estrés
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La selectividad o prueba de acceso a la universidad (PAU) es, para muchos estudiantes, uno de los momentos más exigentes de su vida académica. Ayer dio comienzo en Sevilla y en muchos otros lugares la primera jornada de exámenes que forman parte de esta prueba que genera un ambiente más tenso entre los estudiantes, el ritmo de estudio se intensifica y las emociones están con más fuerza que nunca a flor de piel. Durante esta etapa, los jóvenes concentran todas sus expectativas en estas tres jornadas y a veces la presión aumenta cuando creen que tienen que no pueden defraudar a la opinión externa.
Más concretamente, a sus padres quienes tienen para ellos un papel crucial en toda esta historia. Más allá de las ayudas prácticas, como puede ser procurar que tengan un espacio adecuado para estudiar o garantizar una buena alimentación, su presencia emocional se vuelve fundamental para que sus hijos atraviesen esta etapa con el menor desgaste posible.
Aunque la intención siempre es buena, muchas veces los adultos, sin darnos cuenta, podemos convertirnos en una fuente adicional de estrés. Comentarios sobre el futuro, recordatorios constantes de lo que está en juego o comparaciones con otros estudiantes pueden afectar profundamente a la autoestima y al estado emocional del joven que debería tener puesto el foco en cada asignatura en el que momento en el que le toque. En lugar de ayudar, terminan reforzando la idea de que todo depende de un único examen. Por eso, es tan importante revisar el enfoque desde el que se acompaña este proceso. Vamos a ver dos claves esenciales con las que poder estar al lado de tu hijo con empatía, contención y, sobre todo, confianza.
Escuchar, comprender y confiar: pilares invisibles pero fundamentales
Durante la preparación de la selectividad, los jóvenes no solo enfrentan contenidos académicos, sino también una fuerte carga emocional que rara vez expresan abiertamente: miedo al fracaso, dudas sobre su vocación, inseguridades frente al futuro o simplemente un cansancio acumulado que no saben cómo gestionar. En estos momentos, lo que más necesitan no es un consejo ni una solución rápida, sino la posibilidad de expresarse en un entorno donde no se sientan juzgados ni presionados. Por lo que una herramienta poderosa que pueden usar los padres para ayudarles es simplemente escuchar de forma activa, sin interrumpir, ni imponer opiniones. A menudo, los adolescentes no buscan respuestas, sino alguien que los escuche con autenticidad, que legitime sus emociones y que les transmita que sentirse nervioso o bloqueado es completamente normal. Validar esas emociones, en lugar de minimizarlas o ignorarlas, les permite aceptar lo que sienten sin culpa.
Comprender implica también renunciar a las propias proyecciones. Muchas veces los padres, con la mejor intención, desean que sus hijos sigan ciertos caminos o alcancen objetivos que ellos mismos no lograron, pero esta etapa es exclusivamente de ellos y no debería ser una continuación de los sueños de los padres, sino una afirmación de los deseos y posibilidades del propio estudiante. La comprensión real nace cuando se logra poner a un lado las expectativas personales y se acompaña al hijo tal y como es, no como se espera que sea.
Por último, confiar no significa decir que todo irá bien sin más. Significa demostrar, a través de pequeñas acciones cotidianas, que se cree en la capacidad del hijo para enfrentar esta etapa con madurez, esfuerzo y compromiso. Un gesto de confianza puede ser tan simple como no exigir explicaciones constantes, no supervisar cada hora de estudio o simplemente recordarles que el valor de una persona no se mide por una calificación. Sentirse mirado con respeto y aceptación fortalece su autoestima y les permite afrontar el reto con mayor seguridad.
Equilibrio emocional en casa: acompañar sin controlar
La selectividad no debería vivirse como una prueba de supervivencia, aunque muchas veces lo parezca. Para el estudiante, es fácil caer en hábitos poco saludables como dormir mal, reducir la alimentación a lo mínimo, eliminar cualquier forma de descanso o desconexión y centrarse únicamente en el estudio con una exigencia extrema. Ante este escenario, los padres pueden (y deben) ayudar a equilibrar esa balanza para proteger la salud física y emocional de sus hijos.
Una de las formas más efectivas de acompañar es prestar atención al contexto general: cómo está el ambiente en casa, si hay espacios de calma, si se respeta el tiempo de descanso y, sobre todo, si se promueve la idea de que el bienestar es tan importante como el rendimiento académico. Es posible que el joven no pida ayuda explícitamente, pero el simple hecho de tener una rutina estable, comer bien y sentirse cuidado ya actúa como un amortiguador frente al estrés.
El exceso de estudio, lejos de ser siempre positivo, puede convertirse en un círculo vicioso. Por eso, es necesario recordarles (y recordarnos) que tomarse una pausa no es una pérdida de tiempo, sino una forma de cuidar la mente. Fomentar momentos de desconexión, como una salida breve al aire libre, una conversación ligera o una actividad que disfruten, ayuda a aliviar la tensión acumulada. También es importante abrir conversaciones sobre las diferentes opciones que existen si las cosas no salen como se espera. Hablar con naturalidad sobre posibles planes alternativos, sin dramatismos, ofrece una perspectiva más realista y reduce la ansiedad. El mensaje que los hijos necesitan oír no es "tienes que lograrlo a toda costa", sino "te apoyaré pase lo que pase".
Estar atentos a señales de malestar emocional persistente es parte de ese acompañamiento. Cambios de humor muy intensos, insomnio prolongado, aislamiento excesivo o comentarios negativos sobre sí mismos pueden indicar que algo más profundo está ocurriendo. En estos casos, buscar ayuda profesional no debe ser motivo de vergüenza, sino una muestra de responsabilidad y amor.
En definitiva, acompañar a un hijo durante la selectividad o la PAU no consiste en marcarle el ritmo, ni recordarle la importancia del examen. Consiste en estar presente con sensibilidad, generosidad y paciencia. Escuchar sin imponer, comprender sin juzgar y confiar sin condiciones son gestos que, aunque no siempre se vean, tienen un impacto enorme en su bienestar emocional. Más allá del resultado final, lo que realmente recordará tu hijo de esta etapa no será la nota, sino cómo se sintió acompañado. Y ahí es donde tu presencia, tu actitud y tu amor incondicional pueden hacer la mayor diferencia.
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