Tres nombres para una transformación

Torre, Centeno y El Gloria revisten por completo a la saeta de los ropajes flamencos que la trasladan a su Edad de Oro

Diego J. Geniz

17 de marzo 2014 - 05:03

EXISTE una fecha en la que la saeta deja de ser una oración cantada por el pueblo para meterse por los palos del flamenco? Resulta difícil contestar a esta pregunta, según los estudiosos del género. Algunos señalan un escrito de Fray Diego de Valencina, quien en su libro Historia documentada de la saeta, los campanilleros y el rosario de la aurora apunta a 1854 como el año en el que este cante pierde su anterior carácter popular -heredado de las coplas de los franciscanos y capuchinos- para aflamencarse. Actualmente no se puede concretar una fecha para dicho cambio. Lo que queda claro es que no sufrió una evolución, sino una transformación completa, proceso en el que tuvo mucho que ver la aparición de las primeras figuras reconocidas del cante jondo.

Así, mientras el flamenco dejaba de ser visto como la expresión musical de ambientes marginales, indigno de interpretarse en ciertos ámbitos y momentos, la saeta se convierte en un tipo de oración que pasan de cantarla personas anónimas a grandes profesionales del momento. Gaspar Prats, en su artículo La Saeta. Teología del Pueblo Andaluz, hace responsable al gaditano Enrique El Mellizo (1848-1906) de este cambio que populariza cuando las cofradías discurren por delante de su casa en el barrio de Santa María. Para este experto, el célebre cantaor constituye el punto de partida para la difusión de la nueva saeta, que antes de llegar a Sevilla sufre un decisivo tránsito por tierras jerezanas.

En esta ciudad Manuel Torre (1878-1933) se la lleva a la seguiriya, base indiscutible con la que ha llegado a nuestros días. Prats argumenta que el cantaor jerezano a la hora de interpretar la saeta bebe de El Mellizo, cuya casa quedaba muy cerca de los cuarteles de Santa Elena, donde hizo el servicio militar. Hay quienes cuestionan esta atribución y se decantan por Manuel Centeno, a quien hacen responsable del nuevo estilo. De lo que no hay duda es que Torre fue uno de los pilares de la nueva saeta y su contribución a la Semana Santa fue más allá de lo que aportó a este cante, puesto que su nombre se relaciona con la costumbre iniciada a principios del siglo XX de mecer los pasos. Ocurrió al alba de un Viernes Santo cuando la cofradía de la Macarena regresaba a su barrio. Mientras discurría por la Encarnación el palio de la Virgen de la Esperanza quedó detenido frente a la casa del ganadero Eduardo Miura. El cortejo iba con retraso, pero las prisas se acabaron al escuchar la voz del jerezano. El paso se levantó y empezó a moverse sin avanzar, sobre los pies, como queriendo retener ese instante que perdura para siempre cuando se escucha una buena saeta.

Para otros expertos fue Manuel Centeno (1885-1961) quien completó la saeta por seguiriya. Sobre esta cuestión, el flamencólogo Ricardo Rodríguez Cosano, en su artículo Evolución de la Saeta Jerezana, atribuye a esta ciudad andaluza el ropaje flamenco con el que se viste a la oración cantada. Para Rodríguez Cosano, La Serrana -que popularizó el cante por seguiriya- influyó definitivamente en Torre para que se decantara por una saeta que llega ya a Sevilla "incorporando los primeros ayes", esto es, los quejíos que delimitan los tercios. Se trata, sin embargo, de la "saeta por seguiriya incompleta", pues le faltan aún los versos 6 y 7. Será Centeno el que logra tal culminación. El escritor Hipólito Rossy llega a poner fecha: la Semana Santa de 1919. Este sevillano nació en la Puerta de la Carne, en el 29 de la calle Doncellas. Sobrino de torero, debutó como banderillero el 7 de octubre de 1907. Fue el intérprete de la saeta a la Cruz de Guía de la Hermandad del Silencio.

El triplete de cantaores que marcaron el inicio de la Edad de Oro de la saeta se completa con la figura de Rafael Ramos, El Gloria (1893-1954), otro jerezano -del barrio de Santiago-, quien hereda el flamenco de su padre, el cantaor Fernando Ramos El Cabeza. En las primeras décadas del siglo XX, con una Semana Santa marcada por la espontaneidad que actualmente tanto se echa en falta, El Gloria protagonizó otra de las anécdotas que han llegado a nuestros días. Al ser invitado a cantar en un balcón cuando pasaba el misterio de la Sentencia escuchó los elogios de todos los presentes al paso, a lo que el saetero jerezano añadió: "Yo entiendo poco de estas cosas. A mí lo único que me gustaría saber es cuántos kilos de albóndigas caben en la palangana donde se va a lavar las manos ese gachó".

La profundidad de su cante la puso de relieve el escritor Joaquín Romero Murube, quien ha reflejado como pocos hasta dónde puede llegar a estremecer una saeta al recordar la que interpretó una noche El Gloria: "A todos nos invadía un escalofrío de otro mundo. Un hombre rudo y basto, a través de una saeta de verdad, hablaba con Dios, y Dios le escuchaba en su agonía".

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