Su último hálito, de aire del Museo
Cruz y Guía
LUNES SANTO. Hasta la liturgia del año 1956 este día era el más joven de todos cuantos componían la Semana Santa de Sevilla y era en el señorial barrio de San Vicente donde tenía su punto neurálgico
HASTA la nueva liturgia, la de 1956, el Lunes Santo era el día más joven de la Semana Santa y tenía su centro neurálgico en San Vicente y en el Museo, que para ello sus creadores eran vecinos de la collación. Todo giraba en ese reino del azahar de la Sevilla eterna. Vera Cruz, Las Penas y el Museo como trípode donde se sustenta la fe de un barrio que es el corazón de la ciudad y aquí en este centro del centro es donde va a rematarse el lunes cuando ya es bien entrado el martes, el Martes Santo. Lunes de azahar del centro y de mucho pueblo en el Polígono de San Pablo, el Tiro de Línea, añoranza del señorío joven por Santiago por el dulce exilio al Valle, de duelo y rosa de sangre en Santa Marta, borrachera de trianerismo desde donde termina Triana y recuerdo de una trabajadera cuando por el Postigo la Virgen de Guadalupe parezca que no cabe por el Arco.
En este segundo acto de la gran celebración, todo empieza muy pronto en el Polígono y en Santa Genoveva, la parroquia del Tiro de Línea. Si la de San Gonzalo lleva ese nombre por Queipo de Llano, Santa Genoveva lleva el de la esposa del militón que cambió el destino de Sevilla cuando los tiros. Y la ciudad divide hoy muchas de sus fuerzas entre Santa Genoveva y San Gonzalo, entre el bullicio tempranero de mediodía y la alegría trianera en sus más apartados confines. Ropa nueva en el Tiro de Línea y ambiente grande por La Torrecilla, el santuario vinícola donde Juan Sierra departía con los jóvenes y no tan jóvenes que iban a su estela de poeta irrepetible y cantor como ninguno de la gran fiesta.
Arranca tan fuerte como temprano este Lunes Santo que ve cómo hoy ganan en número las del casco histórico a las de barrio, pero son tan fuertes las dos de barrio, las de esos barrios tan distantes, tan distintos, San Gonzalo como punto final de Triana y Santa Genoveva, corazón de un Tiro de Línea que lleva más de sesenta años viniendo a la Campana. Aquí todo empieza muy pronto y termina muy tarde, y con el cielo del Tiro de Línea cruzado por una suerte de saetas que no parecen tener fin. Saetas que también traspasan los cielos del Polígono ya Martes Santo.
Será todo casi a la misma hora en que Triana se vaya alejando en busca del Barrio León tras una Virgen de la Salud que se hermoseó como nunca a su salida junto a los ancianos de Carrere. Es la más joven cofradía de Triana, ¿o queda alguien que dude que el Barrio León es también Triana?, pero se ha ensolerado en progresión geométrica así que fueron pasando los años y el Lunes Santo ya no tenga nada que ver con la austeridad con que lo crearon en 1923,hace casi un siglo muy largo y muy intenso. De Santa Genoveva a San Gonzalo, barrios obreros en sus proyectos que van solapándose con la modernidad, pero que se echan a la calle tras sus jóvenes cofradías.
Pero el centro es mayoría en esta segunda singladura de la gran fiesta. Del centro es el más impresionante duelo de la Semana Santa de Sevilla, ese paso de Santa Marta que Luis Ortega Bru talló sin irse de compás nunca y en el que la sangre de Cristo muerto cae en la vertical de una rosa roja, muy roja que jamás falta a lista. Y se funde con las negruras de Santa Marta el gozo de la Virgen del Rocío yendo y viniendo este año por territorios propios de la gente del bronce.
Y del centro, al centro del centro, a San Vicente. Austeridad de la Vera Cruz y alegría por la resurrección de la Pajarita, especie de cabo fronterizo entre Baños y Teodosio donde cada día del año se corregía en una pizarra lo que faltaba para el Lunes Santo. Pasa el Cristo de la Vera Cruz y ya ponía en esa minúscula pizarra que para el Lunes Santo quedaban tantos días.
No habrá cantado el gallo aún, pero el momento será indescriptible. Se acercará de forma inexorable la madrugada y la Plaza Nueva echará de menos a la Virgen de las Aguas por el Andén, lo que ganan Castelar y Molviedro. Será todo sobre la medianoche, que a esa hora es cuando la Virgen de las Aguas surcaba el Andén del Ayuntamiento al son de Amarguras.
Un lunes en que el protagonismo recae sobre la espléndida hermandad del Museo, sobre ese puñado de hermanos que mantiene todo el año la llama viva de su fe en torno al Cristo de la Expiración y a la Virgen de las Aguas, dos pasos llenos de mesura, que a ver qué palio se mueve con el temple, la fijeza y el ritmo como se mueve el de la Virgen de las Aguas. Es un cortejo en el que no hay bajones. Desde que sale, ya de noche, al aroma inconfundible del azahar que rodea la estatua de Murillo hasta que entra, la cofradía del Museo camina sin prisas y sin pausas, gustando y gustándose desde el Museo hasta el Museo, por Alfonso XII a la ida y por San Pablo a la vuelta, moviéndose el palio a los sones de Virgen de las Aguas, esa marcha que Santiago Ramos Castro parió en La Caleta gaditana.
La vuelta de la hermandad del Museo a su casa es cita de obligado cumplimiento, quizá la cita más obligada de todas las del Lunes Santo. Ahí se nos romperán los adentros viendo cómo Cristo expira tomando del Museo el último hálito de vida. Para entonces ya es martes, Martes Santo.
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