Fallece Antonio Romero, un clásico de Antonia Díaz
Hay diminutivos que en Sevilla tienen trato de superlativo. Es lo que ocurre con la palabra bodeguita, que encierra un cosmos, una manera de ver el mundo, de ver la vida y disfrutarla. Un poco de todo eso se ha ido con Antonio Romero Marín, segunda generación de una saga de taberneros, que ayer falleció rodeado de todos los suyos. Curiosamente, en las horas previas a las hogueras de San Juan, festividad que debía asociar con sus escapadas a Alicante, tierra de la que era muy partidario.
Su padre, Antonio Romero Hijón, llegó a Sevilla procedente de Manzanilla, pueblo de la provincia de Huelva y cantera de taberneros, montañeses del sur que esparcieron el oficio. La memoria familiar quedó en los locales de General Polavieja y Harinas. Antonio Romero Marín se independizó y eligió un camino distinto de su hermano Pedro, que se mantuvo en Harinas.
Se estableció en la calle Antonia Díaz, ya con el nombre de Bodeguita A. Romero. Aprendió el oficio siendo un niño. Por generación es de la quinta de ilustres clientes del negocio paterno: Felipe González, Manuel Chaves, José Rodríguez de la Borbolla. Chaves y Griñán sellaron el relevo de la Junta con copitas discretas en Antonia Díaz, donde Antonio Romero Marín contó con el apoyo de su esposa, María Sangiao, sevillana de ascendencia gallega, y, como hiciera su padre con él, fue transmitiéndole el oficio y la pasión por el oficio a su hijo Antonio, que se pone en primera línea de una casa con mucha solera.
El hijo del tabernero de Manzanilla extendió su demarcación a la calle Gamazo, donde encomendó las riendas a su hija Reyes. Los dos vástagos, ahora sus continuadores, le dieron sendos nietos, Antonio Romero (cuarta generación) y Fernando Fuster. Sus hijos políticos, Mónica y Fernando, también le acompañaron en el momento postrero.
Su abogado Joaquín Moeckel lo hizo hermano del Baratillo. Cerraba los lunes. Le encantaba escaparse a Cádiz.
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