Muérase, pero no del todo
Del cartel de servicios mínimos de la funeraria al dueño de la panadería que tomaron por un piquete
TRAS los dolores del Jueves, Viernes de Dolores. Pasadas las doce de la noche, hora H, aparecían los primeros inspectores: serenos reciclados con ondear de banderas. El fútbol marca los ritmos de lo simbólico. En los piropos y en los insultos. El día amanece con división de opiniones. Unos bares abren, otros no. "Quería abrir, hemos cerrado por miedo", admite la dueña de un restaurante de la Alameda. Algunos han abierto, pero no se atreven a sacar los veladores. Libertad, ¿para qué?
Calle Amor de Dios. Funeraria Santa Teresa. Un cartel en el escaparate: Servicios Mínimos. ¿Mande? Muérase, pero poco a poco. Luz que agoniza, película de Charles Boyer e Ingrid Bergman que se anuncia en un cartel de la Encarnación. En la cera del bar Olalla, que suena a excelente chacina, un joven operario de Martín Casillas hace una faena de asfaltado rodeado de una valla protectora además de la protección de cuatro policías. A su lado, Parasol con la camisa nueva, van pasando los manifestantes con banderas y pancartas. Le dicen de todo al tiempo que le invitan a abandonar su lugar de trabajo. Solo, perplejo, debe preguntarse qué fue de la dictadura del proletariado.
En la calle Feria el Jueves estaba como cualquier jueves. Luis Andújar vendía sus libros; Federico, las monedas; Gálvez Casanova, los azulejos personalizados; y Guillermo el Negro, el amigo de Rafa Gordillo, algunos fetiches de coleccionista. Suenan las campanas del Ángelus. Una pareja de policías se acercaron al hombre que maniobraba con la puerta de la panadería San Bruno. Lo debieron tomar por miembro de un piquete que colocaba silicona para impedir su apertura. Les explicó que era el jefe del negocio, panadero de Alcalá para más señas.
En las calles del centro no había grandes diferencias con un día normal. Entre otras cosas, porque la crisis y la peatonalización sin alternativas de acceso cerró tantas tiendas que todos los días son días de huelga en esos locales habitados por espectros.
Unos turistas portugueses preguntan en el Altozano por la Torre del Oro. El paseo de Sevilla, el que marca el monumento a la tolerancia de Chillida, es una fiesta campestre. Igual que en la Alameda el epílogo de la reivindicación ha devenido en botellón con sentada masiva de jóvenes acompañados de guitarras, perros, litronas y myflowers. Los que cerraron los bares los iban abriendo.
La vida no sabe de servicios mínimos y seguía su curso. En la clínica Infanta Isabel, calle San Jacinto, hubo huelga en el servicio de lavandería, por lo que los enfermos que entraban en quirófano tenían que llevar su propio pijama al carecer el centro de ropa limpia para esos menesteres.
En algunos centros educativos, eran los propios escolares los que se apostaron en la puerta para disuadir a sus compañeros de que entraran a clase. Canto del cisne de la Educación para la Ciudadanía. Ante dos de los conflictos que se avecinan, está claro que afea mucho más la ciudad una huelga de barrenderos y basureros que una huelga de pilotos de Iberia. La mezcla de ambas para el turismo es explosiva. Y hay turistas en la ciudad, a dos días se su semana mayor. Los cocheros de caballos no hicieron huelga.
En Reyes Católicos, a primera hora de la tarde estaba abierto casi todo. Los helados de Rayas. El Cairo en la esquina con Pastor y Landero. Se anunciaba flamenco en directo en El Priorato. Los taurinos con posibles ya habrán empezado a hacer las reservas en los hoteles Bécquer y Colón, a nueve días del Domingo de Resurrección, comienzo de la temporada que homenajea a Joselito en el centenario de su alternativa. El año del hundimiento del Titanic y el asesinato de Canalejas.
La normalidad volvía a la ciudad. Y los servicios máximos a la funeraria. Una de las dos que había en la calle Amor de Dios. La de la acera de enfrente es actualmente el local El Hombre y el Oso. La huelga fue el tema de conversación en todos los corrillos. Marcelo Culasso abrió su negocio de enmarcación. "La huelga es una parte más del sistema", dice paseando a Apache, su galgo. También abrió Armando Vega, el farmacéutico de Peris Mencheta que prepara su primera novela.
La basura se acumulaba junto a los contenedores. Trabajo extra para el azahar. A todos los Gobiernos a los cien días se les hace un balance, una especie de reválida. El de Rajoy es el primero que en ese periodo recibe una huelga. Entre su viaje a Seúl y el consejo de Ministros de los presupuestos. Viernes de Dolores. Secuelas del jet lag. El apellido del político pontevedrés estaba en las bocas de los manifestantes que le daban la vuelta al Metropol Parasol mientras el joven empleado de Martín Casillas seguía pegado al asfalto como el personaje de Narciso Ibáñez Serrador.
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