París bien vale una misa

Calle Rioja

Cultura. Siempre hay libros de París en las librerías de Sevilla. Ciudad de escapadas románticas.

Dos hermanas de la Cruz cruzan por la calle San Luis.
Francisco Correal, Sevilla

05 de noviembre 2012 - 05:03

Hagan la prueba. En las librerías de Sevilla siempre se puede encontrar en lugar visible un libro con la palabra París. En Repiso, calle Cerrajería: El beso de París, novela de Stephanie Perkins. En Reguera, junto al Tremendo, Noche y niebla en el París ocupado, de Fernando Castillo, un ensayo, se dice en el subtítulo, donde hay traficantes, espías y mercado negro. París no se acaba nunca. Así tituló una de sus novelas Enrique Vila-Matas. Y es verdad. "Instalado en París…". Son las primeras palabras de la novela de Juan Goytisolo Señas de identidad.

La calle San Luis de Sevilla acoge la iglesia de San Luis de los Franceses. Un guiño histórico a los Cien Mil Hijos de San Luis de los que llegó a Sevilla el apellido Raynaud, diputado autonómico que quiso ser alcalde de la ciudad, y puede que también fuera el origen de Bourrelier, apellido del, por accidente, nuevo presidente del Consejo de Hermandades y Cofradías. "París bien vale una misa". Antonio Domínguez Ortiz, en su maravilloso testamento Tres milenios de historia, pormenoriza los detalles de una frase atribuida a Enrique IV y que al abjurar del protestantismo le valió el trono de Francia.

París es mucho París. El 12 de octubre de este año, cuando la ciudad conmemoraba los veinte años de la clausura de la Expo, Víctor y Pilar estaban en París contando los 25 años que habían pasado desde su primera visita a la ciudad del Sena y la torre Eiffel. Bodas de plata de una escapada parisina. Elena, profesora de Violín del Conservatorio, viajó con Jorge, su marido, profesor de Piano, hace cinco años a la capital francesa. Fue embarazada de Alejandro y ahora con la complicidad de los abuelos para hacer de canguros de Alejandro y su hermano Gonzalo ha vuelto a la Ciudad de la Luz nuevamente en estado de nueva esperanza. Para que alguien ponga en duda que los niños vienen de París. Con la alianza entre el piano y el violín, a los sones de Saint-Saens o Debussy.

Sevillanos a París y parisinos a Sevilla, a probar las excelencias de la cocina patria y visitar los monumentos de la ciudad que fue un tiempo napoleónica, epíteto que acompaña al libro de Manuel Moreno Alonso. La ciudad ha aprovechado el tirón del puente, y el cronista se cruzaba en cuestión de minutos por la Campana con exponentes de una segunda generación de restauradores: Jesús Becerra, de Becerrita, y Pedro Robles hablando por el móvil. En el videoclub de la Alameda se puede conseguir la película De Nicolás a Sarkozy, cosas que le pueden pasar a un ex presidente cuando se casa con una actriz. Sevilla está llena de rincones afrancesados, romántico tardío en el hotel Inglaterra que históricamente fue D'Anglaterre y que ha retomado sus orígenes acogiendo en su edificio la boulangerie Colette.

Sevilla tiene ese halo incorpóreo de París, trigonometría de un Sena coseno, tangente turgente. La síntesis de una Carmen Bovary que encarna la pasión, palabra civil y religiosa íntimamente unida a la sensibilidad de las dos ciudades. París bien vale un escaparate de librería frente a la hemeroteca. No importa que sea una capital que nunca levantó una Copa de Europa. Ciudad políticamente interesantísima para un español. Uno la asocia con Eugenia de Montijo, la esposa de Napoleón III, cuando piensa en Anne Hidalgo, la primera andaluza que aspira a ser alcaldesa de París. La ciudad donde murieron exiliados personajes históricos tan dispares como Isabel II, Godoy o Diego Martínez Barrio, el sevillano que presidió las Cortes, el Gobierno y la República.

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