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"La Transición fue desagradable, la democracia llegó después del golpe"

Juan Antonio Rodríguez Tous, profesor de Filosofía

Durante una década enseñó pensamiento contemporáneo en la Pompeu Fabra, pero prefirió regresar definitivamente a Sevilla, donde reparte sus horas entre la Hispalense y un instituto

Luis Sánchez-Moliní

10 de febrero 2013 - 05:03

-Más de diez años como profesor en la Pompeu Fabra. Perdón por el chiste, pero ¿habla catalán en la intimidad?

-Hablo catalán con acento andaluz. Era el idioma que se usaba en casa de mis abuelos maternos, que vinieron a Sevilla durante la Exposición del 29. El catalán que hablaba mi abuela era genuino, no como el que se escucha ahora, que está totalmente parasitado por el vocabulario y las estructuras sintácticas del castellano, una lengua invencible.

-¿Fue la filosofía un imperativo?

-Yo iba a estudiar Biología, pero tuve a un profesor de Filosofía en el San Francisco de Paula, don Javier Fernández de Liencres, que determinó mi vocación. Comencé la carrera en un año complicado, el 77, el momento más difícil de la Transición, antes de aprobarse la Constitución. La Facultad de Filosofía y Letras era una feria, todo el día de manifestaciones.

-¿Participó en ellas?

-Yo me apuntaba a todas. La política me interesaba mucho entonces y me sigue interesando ahora. Creo que una de las herencias envenenadas del franquismo sociológico es el desinterés por la política. España, en ese sentido, es un país absurdo. Durante muchos años la gente sólo ha visto la política como algo de lo que se puede aprovechar o que no le incumbe. Nos hemos pasado 30 años pensando que la política no es algo que incumba a la gente normal. Ahora, por fin, nos hemos dado cuenta de que una decisión política te cambia la vida.

-¿Qué se puede hacer?

-Evitar las lamentaciones, las jeremiadas, y cultivar el interés por la política de una forma decidida. Hay que conseguir influir en los dos elementos fundamentales de la política: el gobierno y la legislación. Si no hacemos eso acabaremos como en la España del XVII, en el mundo del buscón, un mundo cutre, arruinado y sin salida.

-¿Qué le parece el 15-M?

-Me cae simpático, pero es un movimiento muy destartalado debido a su condición asamblearia. En ese sentido deberían aprender de los griegos y la obligación de ganarse el derecho a hablar en la asamblea: la isegoría. Es un movimiento poco eficaz, pero es verdad que ha creado una conciencia de la necesidad del cambio.

-Esa Facultad de Filosofía y Letras en estado de continua agitación estaría muy marcada por el marxismo...

-Había de todo. De hecho, había una gran presencia de profesores neotomistas, cercanos al Opus Dei, entre los que destacaba un profesor muy interesante, Jesús Arellano, un gran patriarca de la Obra que trataba algo difícil: acercar la filosofía cristiana a la contemporánea. Hubo profesores que marcaron mi trayectoria, como Patricio Peñalver; José Luis López, un notable hegeliano; José Luis Mancha, con el que descubrí la filosofía analítica a la vez que mi adversión a la filosofía analítica; Rodríguez Donis, en Filosofía Griega; Diego Romero de Solís... La verdad era que todo era un poco caótico, pero tengo buenos recuerdos, quizá porque la memoria edulcora los recuerdos.

-Usted se decanta por el idealismo alemán...

-Sí, y sobre todo por Hegel.

-De hecho fue becario en el Archivo Hegel de la Universidad del Ruhr.

-Fue una experiencia auténticamente paulina. Tomar contacto con el mundo universitario alemán te excita extraordinariamente, pero luego, cuando vuelves, te deprime bastante. El primer día que fui al archivo, la secretaria me dio las llaves por si tenía que ir a trabajar de madrugada. Lo único que estaba cerrado era el famoso Cuarto 8, donde estaba la reconstrucción libro por libro de la biblioteca de Hegel.

-Aquel año fue justo el de la caída del Muro: 1989.

-Una semana después de la caída, organizamos entre varios estudiantes una excursión a Berlín sólo para ver el ambiente. Estuvimos 48 horas y ya empezaban los problemas con los ossi [alemanes del este] porque se iban de los bares sin pagar. El ambiente era de crispación. Como todos estaban en el oeste, nosotros fuimos al Berlín oriental, donde no había nadie. Entramos en el parque donde está enterrado Hegel saltándonos la verja. Volvimos pensando que la épica de la caída del Muro se estaba convirtiendo rápidamente en la comedia de la caída del Muro.

-¿No se trajo a Sevilla ningún trozo de muro?

-No, porque no llevaba ninguna herramienta para arrancarlo. Luego me dio rabia no hacerlo. Da igual, fue una suerte estar allí. La gente se ha olvidado, pero fue el típico acontecimiento auroral que te pone de buen humor. Luego todo se jodió con la primera guerra de Iraq, que fue como un brusco despertar. El 89 y el 90 fueron años de euforia planetaria,

-¿Como la Transición a escala nacional?

-No. La Transición fue más bien un proceso desagradable, porque no se cumplió ninguna de las expectativas creadas y se pasó rápidamente al desencanto. La democracia, verdaderamente, comienza en el 81, después del golpe.

-Además de Hegel, ¿qué otros grandes filósofos le han señalado el camino?

-Mis intereses comienzan en Kant y acaban en Derrida. También he sido gran lector de Nietzsche, de Heidegger y de autores de la Escuela de Fráncfort, como Adorno, que me resultó fascinante.

-De Derrida, incluso de Heidegger, algunos critican su concepción un tanto oscura y retorcida de la filosofía.

-Es verdad, pero siempre hay que distinguir a los maestros de los epígonos. Leer a Derrida no es fácil para aquel que no está en su mundo de referencias. Es una filosofía para gourmets, una vez que uno está en su mundo es alguien fascinante. Además, le ha pasado lo que a Foucault, que se ha convertido en un gurú de ciertas tendencias que se alejan mucho de la verdadera intención del maestro. Yo conocí a Derrida en París gracias a Patricio Peñalver hijo, que es el gran introductor en España de su obra. Fue algo fascinante, era de esos tipos que te dejan hablar y luego, en cuatro frases, sintetiza lo que has dicho y lo que deberías haber dicho. Además, lo hacía con humor. Era magnético.

-¿Por qué, en su opinión, es importante leer a Derrida?

-Es alguien que muestra que el discurso filosófico en sí mismo es abierto y nunca se acaba del todo. Derrida es un explorador de las posibilidades del lenguaje filosófico hasta el límite.

-Es decir, que todo texto es infinito...

-Es infinito y a través de él se puede abarcar una red inacabable de referencias. Derrida dice que leer filosofía es como trazar un rizoma a partir de un texto. Todo esto se puede ridiculizar y se puede criticar por excesivamente academicista.

-¿Y Heidegger?

-A él le debemos el rescate de la metafísica en nuestros días. Los escritos de su segunda parte son deliciosos y los puede leer cualquiera si se deja llevar. Recomiendo La pregunta por la técnica, En el camino del pensar, su introducción a la Metafísica o su monumental libro sobre Nietzsche. Él consigue tomar distancia respecto a su época para mostrar cómo está dominada por una razón técnica que no deja que nada quede oculto, una época que tiene como un imperativo la transparencia total en todo, lo cual es una falta, una pérdida. Nos propone distanciarnos de la propia época, retirarnos, aunque eso provoque esa imagen tan ridícula de Heidegger en su cabaña cultivando berzas... Pero no hay que reprochárselo demasiado. A Heidegger lo entendería mucha gente que se jubila y se va a vivir a un pueblo.

-Muchos reprochan a Heidegger su cercanía al nazismo.

-Es un reproche merecido, pero no hay que darle mucha importancia. El Heidegger nazi es un Heidegger básicamente ridículo. Es la misma actitud que hace que Ortega vuelva a España tras la guerra creyéndose que iba a ser su salvador intelectual, para luego quedar en una especie de limbo al darse cuenta de que ha sido timado por Franco. En la biografía de Gregorio Morán, El maestro en el erial, esa parte es cruel. Es esa vanidad del filósofo heredada de Platón... En su breve momento nazi, Heidegger hizo cosas verdaderamente ridículas, como llevarse al campo a hacer ejercicios gimnásticos -¡vamos, a hacer el gilipollas!- a profesores de 70 años con barba, notables eruditos en lenguas clásicas. También hay una parte muy desagradable de ese momento: la indiferencia ante la suerte de Husserl o de sus colaboradores judíos.

-Volvamos a su gran filósofo, Hegel.

-Hegel es un autor absolutamente inútil para los que conciben la filosofía como autoayuda. Nadie lee un texto de Hegel y lo encuentra fácil... Lo normal es que no se sobreponga al primer momento de horror ante su estilo enrevesado, pero una vez que te acostumbras no lo puedes dejar.

-Es curioso la cantidad de pensadores del siglo XXI que se declaran herederos de Hegel.

-Hegel ha sido un autor concienzudamente saqueado en nuestra época. Es una mina para los ensayistas, quienes suelen ocultar la fuente.

-¿Cuál es su gran enseñanza?

-Hegel es el último ilustrado. Su gran idea para mí es que todo lo que hacemos puede ser racionalizado, comprendido y abarcado desde la razón humana. Eso significa que nada de lo humano es irracional, lo cual dejaría fuera muchas tendencias contemporáneas que le dan una gran importancia a las actitudes irracionales del hombre. En nuestra época hay una especie de desconfianza hacia la racionalidad, algo que me irrita profundamente, porque cuando se habla de las emociones o de la voz del cuerpo lo hacemos desde el lenguaje y, por tanto, desde la razón. Otra idea que está muy de moda ahora es la parte hegeliana de Marx: la verdad de un proceso se descubre en su crisis. Es decir, sabemos lo que hemos hecho cuando todo se ha derrumbado.

-Inquietante...

-Sí. Hay otra idea suya que me encanta: cuando una cultura ha llegado a su cima, estamos en el prólogo de su acabamiento. Es una idea muy biológica: no puedes superarte a ti mismo, tienes que desaparecer. Me gustaría destacar que Hegel era alguien muy interesado en lo que ocurría en su época, muy alejado de la figura del filósofo en su torre de marfil, léase la universidad. Otra idea: no es nada fácil ser contemporáneo a un mismo, es muy difícil saber cuál es el signo de tu época.

-Usted ha sido discípulo de Eugenio Trías, quizás el único filósofo español actual que ha tenido el aliento de levantar todo un sistema filosófico.

-Es, junto a Ramón Carande y Félix Duque, uno de mis grandes maestros. A Eugenio Trías lo conozco desde los inicios de la revista Er. Desde un principio, junto a Fernando Savater, apoyó el proyecto como si fuésemos colegas de toda la vida, cuando no éramos más que unos principiantes. El problema de la filosofía de Eugenio es que está escrita en español, una lengua que no cuenta en la filosofía mundial. Félix de Azúa le decía: "Ser filósofo en España es como ser torero en Oslo". Además, la meta de su filosofía es muy chirriante en el panorama actual, muy dominado por discursos que renuncian a la voluntad de crear un sistema. Su gran aportación es una nueva idea de racionalidad. Él cree que el ser no es algo dado, sino que se crea en el límite. El ser lo constituimos nosotros en las experiencias límites.

-Usted fue fundador de la que ha sido una de las grandes revistas españolas de pensamiento de los últimos 50 años, Er, un proyecto pensado y ejecutado desde Sevilla.

-La revista Er nació en 1985 e hiberna -nunca diré que ha muerto- en 2005. Son 20 años. Ahora, en esta época de las redes, veo la importancia de Er, cuyos contenidos están vaciados en innumerables bases de datos. Se ha convertido en una revista de referencia. Nuestra idea fue hacer una publicación que recogiera la vitalidad del pensamiento contemporáneo, si existía tal cosa. En los inicios fue fundamental el apoyo de don Ramón Carande y de Alfonso Guerra, que entonces era vicepresidente del Gobierno, al que le pareció fantástica la idea. El gran legado de Er es el mensaje de que una revista de filosofía no puede ser ni estrictamente académica ni tampoco divulgativa. Debe ser un mixtolobo entre esos dos formatos.

-Eran los locos 80...

-Sí, era la época de la movida y la posmodernidad. De los filósofos se esperaban discursos divertidos y desenfadados, con títulos alucinantes como Elogio de la pereza o Meditaciones con mi almohada... [risas]. Fue una época graciosa que no dejó mucha huella en el aspecto filosófico, pero que fue muy divertida.

-Uno de los momentos importantes en su vida es su paso por la Universidad Pompeu Fabra.

-Once años en los que fui profesor de Pensamiento Moderno y Contemporáneo. A la Pompeu me llevan Eugenio Trías y Amador Vega. Su Facultad de Humanidades es un ejemplo de funcionamiento y de colaboración con la sociedad civil. Yo estaba acostumbrado a ver a mis estudiantes en altos cargos tanto en las potentes librerías de Barcelona como en las principales editoriales.

-¿Por qué se marchó?

-Por motivos personales. Tenía aquí en Sevilla a mi mujer. Me llegó la hora del charnego: o me quedaba en Barcelona o me volvía definitivamente. Entonces era vicedecano de la Facultad de Humanidades, pero decidí lo segundo. No me arrepiento.

-¿Cómo ve el problema catalán?

-Lo veo muy mal. Yo participé en los 90 en el Foro Babel, un momento dulce en el que parecía posible un cambio en la orientación nacionalista de la política catalana. Todavía se vivía el sueño de que el PSC no era lo que, finalmente, se ha revelado que es. Se creía que era una alternativa al discurso nacionalista dominante. En el Foro estábamos toda la Barcelona que yo quería encontrar cuando me fui allí: Azúa, Terenci Moix, Mendoza, Trías... El PSC es un partido repugnante. Lo puedo repetir varias veces, repugnante... Y el PSOE nacional ha hecho poco por cambiar esa situación.

-¿Por qué es repugnante?

-Porque ha traicionado su misión histórica y lo ha hecho de una manera hipócrita, manteniendo el doble discurso de que tenía dos almas. La única alma que puede tener el PSC es el alma constitucionalista en una época en la que hay un ataque continuo al marco constitucional. Lo demás son imbecilidades.

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