Metrópolis | Calle O'Donnell

Un balcón para ver pasar ese gran teatro del tiempo

  • Intrahistoria. Une Velázquez con Murillo, unió el Corte Inglés con Galerías Preciados. En el 115 aniversario de la acción del ‘Ulises’ de Joyce, el escritor irlandés mencionaba en esta novela de culto a “O’Donnell, duque de Tetuán”

Calle O'Donnell, en el tramo que va de la Campana a la confluencia con Velázquez. Calle O'Donnell, en el tramo que va de la Campana a la confluencia con Velázquez.

Calle O'Donnell, en el tramo que va de la Campana a la confluencia con Velázquez. / Belén Vargas

EL balcón curvo del antiguo Bar Flor une O’Donnell con San Eloy. En Semana Santa funciona como palco oficioso de las cofradías. Ahora se vuelve a abrir para ver pasar el gran teatro del tiempo en un apellido que condensa los vaivenes de la historia. Sevilla es irlandesa en las camisas de O’Kean, en la Liga que el Betis ganó con O’Connell, en el medievalismo consorte de Mary O’Sullivan, irlandesa de Carmona, en el maestrante O’Neill. Y lo es por supuesto en la calle O’Donnell. Así rotulada desde 1860, siete años antes de que falleciera su titular, Leopoldo O’Donnell (1809-1867), cuatro veces presidente del Consejo de Ministros de 1856 a 1866 después de ser ministro de la Guerra con Espartero.

Hoy se cumplen 115 años del santo más laico de la literatura, el Ulises de Joyce. Hasta en la novela del irlandés se da cuenta de aquella égida de los irlandeses. Capítulo 12. Los Cíclopes. Transcurre en la taberna de Barney Kiernan. “Dimos nuestra más ilustre sangre a Francia y España, los gansos salvajes... Y Sansfield y O’Donnell, duque de Tetuán en España...”. Capítulo que contiene el gran alegato contra el Tratado de Utrecht, “... el Gibraltar hoy en manos del enemigo de la humanidad”. Habla incluso de la Pérfida Albión casi medio siglo antes de que se convirtiera en un espantajo balompédico.

O’Donnell es una calle potentísima en el corazón de la ciudad. Une las calles Velázquez y Murillo como en tiempos unió El Corte Inglés con Galerías Preciados, el bipartidismo añejo de los grandes almacenes. Desde que cerraron la Joyería Platería Félix Pozo, con puertas a San Eloy (hoy Tiger, franquicia danesa) y a O’Donnell (Bimba y Lola) y la Joyería Ruiz, la Farmacia Gaviño se ha convertido en la decana de los establecimiento de la calle.

La fundó en 1932 Leonardo Gaviño Canchado. Cogió el timón su hijo Leonardo Gaviño García; lo lleva en la actualidad su nieto, Francisco Gaviño Carabante y ya hay una cuarta generación estudiando cuarto de Farmacia. En la reforma del edificio, colocaron un rótulo insólito. Pocas calles tienen los tres nombres sucesivos: calle O’Donnell, antigua calle de La Muela, antiquísima de Martín Cerón, asistente del rey don Pedro. No aparece Doce y Once de Febrero, los nombres que tuvo en el efímero periodo de la Primera República.

En el despacho de Leonardo Gaviño, junto al molde del relieve de Antonio Susillo de Colón con los indígenas ante los Reyes Católicos en Barcelona, cuyo original está en el Museo de Bellas Artes, hay un cuadro que refleja uno de los grandes espisodios de la calle. En ese despacho dicen que se produjo el milagro por el que Juan Pablo II vino en noviembre de 1982 a beatificar a Sor Ángela de la Cruz. “Mi abuela estaba ya desahuciada. Le habían extirpado el riñón”, dice Francisco Gaviño, hijo, nieto y esposo de farmacéuticos. “Una amiga de la familia empezó a rezarle novenas a Sor Ángela. Mi abuela se despertó, pidió una taza de caldo y cuentan que el médico, que era agnóstico, se arrodilló”. Minutos después de oír esta historia, el periodista se cruza por O’Donnell con dos parejas de hermanas de la Cruz.

También atraviesa la calle en bicicleta José García Cebrián, ideólogo del carril-bici de Sevilla. “O’Donnell se peatonaliza en el tercer año del primer mandato de Monteseirín. Rojas-Marcos había hecho peatonales Tetuán y Velázquez y O’Donnell se utilizó de modelo para hacerlo después con San Fernando, con un tráfico diario de cuarenta y cinco mil vehículos, y con la Avenida”.

En la calle O’Donnell tiene su despacho el gran artífice de que esta vía se librara del tráfico rodado y sus estragos. Pero ésta es otra de las historias de la calle. Sofía del Castillo nació en Filipinas y se casó con Pedro Ruiz-Berdejo, señorito jerezano dueño de tierras y bodegas. Doña Sofía no quería eso para sus hijos Pedro y Antonio y se los trajo a los dos a Sevilla para que estudiaran Derecho. Cuando Pedro Ruiz-Berdejo del Castillo vio esta casa le recordó a la casa familiar de Jerez.

La vivienda había sido hotel en la Exposición de 1929 y hospital de requetés en la guerra. Pedro tuvo cuatro hijos: Pedro, Sofía, Manuel Antonio y Enriqueta. El pequeño de los varones, sevillano de 1935, preside la Asociación de Vecinos Museo-Entorno. Promovió manifestaciones hasta conseguir que O’Donnell fuera peatonal. “El tráfico que pasaba por Tetuán se vino para esta calle y la gente que iba a comprar prefería irse por San Eloy”.

Su hermano mayor, Pedro, del 29, se hizo abogado. Él, procurador. Fue marino de la promoción del rey Juan Carlos I y navegó en el Juan Sebastián Elcano desde Marín a Cádiz con el coronel médico Antonio Muñoz Cariñanos, asesinado por la ETA. De la casa recuerda la cantidad de teléfonos que tenía de su antiguo uso hotelero;el toro que se escapó y que vio desde su dormitorio, que daba a la calle Olavide. Increíble que hombre tan grande tenga una calle tan pequeña. Y tan coqueta, todo hay que decirlo. Que en tiempos, cuenta el líder vecinal, estuvo poblada de casas de lenocinio que clausuró el gobernador Altozano Moraleda. Galerías Preciados quiso comprar la casa. “Le pusieron a mi padre un cheque en blanco”.

De los descendientes de la filipina y el jerezano, el único que nació en la casa, hoy bufete de los Ruiz-Berdejo, fue José Carlos Ruiz Berdejo Sigurtà, presidente emérito del cuerpo consular de Sevilla, cónsul de Chipre, padre de los cónsules de Bélgica e Italia. Nació en esta casa el 13 de noviembre de 1942. “Recuerdo cuando mi abuela me sacaba para ver a los armaos de la Macarena”. Con cuatro años, su familia se marchó a Italia.

La calle tuvo dos casinos y el Palacio Central, pared con Pedro Caravaca. El pasaje Manuel Alonso Vicedo, rotulado en memoria del periodista de Radio Sevilla que falleció con tres compañeros en accidente de tráfico el 5 de mayo de 1972 en la flor de su vida profesional, une O’Donnell con San Eloy. “La manzana entera era la casa de Concha y Sierra”, dice Greta Ortega, óptica de Bovis, firma que se asentó en la calle en 1973. Todavía se conserva la puerta de la casa de la histórica ganadería, reliquia arquitectónica que separa el bar El Rincón de Antonio de la tienda de Play-Mobil. En el pasaje lleva dos décadas trabajando de portero Felipe Racca, filipino de nacimiento, como la abuela de los Ruiz-Berdejo. Lleva tres intercomunidades de vecinos y locales.

En el libro Más de cien años creando empresa aparecen tres firmas más que centenarias que nacieron en la calle O’Donnell. Catunambú data de 1897. Tan sevillano reclamo se refiere al nombre de una tribu de indios extinguida de la localidad de procedencia de Juan Ferrer, el cafetero colombiano que la fundó.La Imprenta Carmona, hoy en Méndez Núñez, se funda en O’Donnell en 1902. Fue taller de muchos aprendices y un clásico para invitaciones de boda y recuerdos de primera comunión. En esta calle funda Rafael Simón Méndez la que se considera primera cadena de hoteles de España. El hotel Simón, de finales del siglo XIX, el siglo de O’Donnell, está ahora en García de Vinuesa. En la nueva calle pernoctó Queipo de Llano la noche del 17 de julio de 1936.

Cuando los irlandeses quieren sacudirse el dominio inglés y piden la ayuda de España, los reyes rivales (Isabel I y Felipe II) se llamaban como los monarcas actuales. El contexto es bien diferente. Hugo O’Donnell, historiador y descendiente del político liberal que da apellido a la calle, dice que su familia fueron señores soberanos de Tyrconnell (hoy Donegal). A fines del siglo XVI Inglaterra los desposeyó de sus territorios y con la Reforma protestante de su religión. Emigran a España y forman parte de los regimientos Hibernia, Ultonia e Irlanda que combatieron con España en la Guerra de la Independencia. Sin tierra, subliman esa carencia “por las vocaciones guerreras y el espíritu romántico”. “Pocas familias”, dice Hugo O’Donnell, “han podido representar un papel tan señalado en la historia militar española del siglo XIX”. El 22 de julio de 1854, después de la Vicalvarada, el general O’Donnell llega a Sevilla “montado sobre un brioso cordel blanco”. “Sevillanos, habéis recibido al ejército constitucional como yo esperaba”, les arengó. Dos días después, parte para Madrid.

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