Año Nuevo, viuda nueva
Calle Rioja
La ciudad lleva el luto de viudedad de los negocios que ya no entrarán en 2026. El contrapunto son las colas en los puestos de castañas.
Hace unos años, el ex concejal, arquitecto y poeta Francisco Barrionuevo me hizo una observación muy interesante: de todas las actividades que habían existido desde su juventud en el entorno de la Campana, excluida la centenaria pastelería de ese nombre y la papelería Ferrer, lo único que se mantenía era el puesto de palodú, palabra que casi convirtió en best-seller de la picaresca rancia y en éxito teatral Julio Muñoz Gijón. Sigue el quiosco de Curro, pero ni periódicos vende.
Algo parecido puede decirse de los puestos de castañas, que empiezan a florecer cuando bajan las temperaturas y le dan a la ciudad un ambiente de incienso campestre. La Expo 92 puso de moda las colas para ver los distintos pabellones: legendarias fueron las de Mónaco, Canadá o Chile. Ahora se ven colas por todos sitios: para ver el Alcázar o la Catedral (más de dos millones de visitas registran los datos del Cabildo en el último y jubilar ejercicio), para subir a la Giralda, incluso en días de lluvia. A partir de primeros de diciembre, se veían las colas de la fortuna para conseguir un décimo en El Gato Negro de la Avenida o en Sagasta de la calle del mismo nombre (pobre Cánovas del Castillo, apostar por la alternancia para quedarse fuera del callejero). Colas en La Canasta, la batalla que Málaga le ganó a Sevilla en el Horno de San Buenaventura, esquina con García de Vinuesa. Colas para conseguir una mesa en la pizzería de moda de las Setas, junto a Regina, o una pizza en La Tradizionale, junto a la iglesia de Ómnium Sanctórum. Colas en el casi centenario puesto de churros de la Macarena de la familia Alfonso.
Ha habido colas interminables en el besamanos de la Macarena después de su regreso a casa. Colas en la casa de Trifón de la calle Tomás de Ibarra, a dos pasos de la vivienda del Pali, para ver un Nacimiento baratillero donde están Paco Palacios, el juglar de Sevilla, y Santa Ángela de la Cruz. Colas laicas y religiosas, de pago y de gañote, comerciales y culturales. Una de las novedades ha sido la cola en un puesto de castañas. Se formó espontáneamente en la Campana, en el territorio del palodú que según Barrionuevo marca la frontera entre la Edad Moderna y la Contemporánea en la ciudad de Sevilla.
Mi magdalena de Proust son las castañas que el año pasado le compramos a una anciana en un puesto de Sintra. Eran deliciosas y cada vez que veo a un vendedor de castañas, que suele asarlas en familia, el humo y el olor me trasladan a la bella ciudad portuguesa. La cola es una moda equívoca: hay quien huye espantado con tal de no perder ni un minuto sin hacer nada y quien se siente atraído por esa expectación. Igual que un cartel es un grito en la pared, una cola es una campaña publicitaria.
Otros compañeros han hecho el inventario de los negocios que han echado o están a punto de hacerlo el cierre en Sevilla. El puesto de castañas es como un antídoto, un negocio itinerante en una ciudad que, como tantas otras, está perdiendo sus señas de identidad sin tener que leer a Juan Goytisolo. ¿Quién encuentra en la calle Francos los negocios que la poblaban durante la infancia de José Manuel Macarro, que nació en esa calle y vivió en ella hasta los siete años como deja constancia el historiador y ex diputado socialista en unas hermosas Memorias editadas por Renacimiento? Sólo en Semana Santa recupera su espíritu de calle señera, fenicia y catedralicia, convirtiéndose en circuito de cofradías cuya nómina conoce de memoria Fernando Gabardón. Quedan últimos mohicanos como Casa Rodríguez o Cordonería Alba, los dos de artículos religiosos. Pero el aliento de Peyré ha sido sustituido por unas tiendas de souvenirs que podrían estar en Vancouver o en Hamburgo, con una estética de salón recreativo a lo Blade Runner.
Año nuevo, viuda nueva. Sevilla enviuda de negocios que la hicieron más auténtica, también más cosmopolita en el sentido hedonista de la palabra. Algunos llevan el RIP puesto en sus escaparates. En la Cervecería Internacional se repite hasta tres veces Cerrado por Jubilación. En el Año Jubilar. Cerró la víspera del día de los Difuntos. El grupo Artefactum, en el concierto de Navidad que dio en la Fundación Cajasol la semana pasada, le dedicó uno de los temas a Antonia y a su marido, que pusieron en marcha la Cervecería Internacional en 1987, y que estaban en el patio de butacas acompañados por su nieta.
Joao Cabral de Melo Neto, un escritor brasileño que fue cónsul de su país en Barcelona y en Sevilla, autor de obras de teatro que representó el grupo Tabanque que dirigía Joaquín Arbide, publicó un libro de poemas titulado Ingeniero de cuchillos. A esa ingeniería se ha dedicado la Cuchillería Regina, que también tira la toalla generacional y lanza el cuchillo como Guzmán el Bueno. En el escaparate, dos mensajes. Uno de esquela: Cierre por Jubilación. Otro de gratitud: Gracias por 95 años de fidelidad. Se han quedado en puertas del siglo, como la empresa Pagés en la Maestranza. Durante un tiempo, estos cuchillos y navajas de Albacete contaron con el mejor de los agentes promocionales: tenían junto a la fachada un cartel de Andrés Iniesta, hijo de Fuentealbilla, autor del gol a un portero holandés de apellido impronunciable que le dio a España el Mundial de Sudáfrica en 2010.
En la ciudad de las Setas, crecerán hoteles como champiñones, pero van a tener que llamar al espectro de Samuel Bronston para que recree lo que fue la ciudad de Sevilla, ésa por la que se paseó Brigitte Bardot cuando vino a rodar la versión cinematográfica de La mujer y el pelele, obra de Pierre Louÿs, escritor francés que disfrutó de la ciudad que hoy es pura arqueología, necrópolis de sí misma. El autor de Afrodita y Bilitis de quien el pasado 6 de junio, aniversario del desembarco de Normandía y cumpleaños de Luis Carlos Peris, se cumplió un siglo de su muerte.
Ni cervezas ni navajas en la nueva ciudad de los prodigios. La cola de las castañas en el puesto de la Campana es una parábola de esta metamorfosis de la ciudad. Una media aritmética entre Nueva York y Castaño del Robledo. En el baile por sevillanas tendrán que inventar un quinto pase: el de la música de réquiem para esta muerte incruenta pero salvaje, indolora pero letal.
Nunca debimos dejar el Mississipi.
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