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Cuando el Guadalquivir casi destruye Sevilla

Sevilla Insólita

El pasado 19 de enero se cumplieron cuatrocientos años desde que en 1626 comenzara a llover sobre la ciudad como si el cielo hubiese decidido no cerrarse nunca

Historia del primer muelle de Sevilla

Recreación de la inundación de Sevilla hace ahora cuatro siglos. / Arturo Redondo Paz

El pasado 19 de enero se cumplieron cuatrocientos años desde que en 1626 comenzara a llover sobre Sevilla como si el cielo hubiese decidido no cerrarse nunca. Aquella jornada de invierno, aparentemente una más, marcó el inicio de una de las mayores catástrofes naturales que ha conocido la ciudad. Durante casi un mes las lluvias fueron constantes y el Guadalquivir, crecido y desbordado, acabó entrando en Sevilla hasta convertirla en un paisaje irreconocible. Cuatro siglos después, la memoria de aquella inundación sigue resonando como una advertencia sobre la fragilidad urbana frente a la naturaleza.

Las fuentes contemporáneas coinciden en subrayar la persistencia del temporal. No fue una riada súbita, sino un proceso lento y angustioso, día tras día, en el que el río fue ganando terreno a calles, casas, huertas y corrales. Un testigo anónimo, autor de una extensa relación manuscrita, describe cómo el agua avanzaba sin que nada pareciera detenerla, hasta el punto de que “al río no se le ha estorbado un solo dedo de lo que ha querido y podido encaramarse”. La sensación dominante era la de impotencia.

Sevilla estaba acostumbrada a las crecidas del Guadalquivir. Entre finales del siglo XVI y mediados del XVII la ciudad sufrió numerosas avenidas, pero la de 1626 destacó por su duración, extensión y consecuencias. La centuria del Siglo de Oro fue, además, un tiempo de climatología extrema, enmarcado en lo que hoy conocemos como la Pequeña Edad de Hielo: inviernos más fríos, lluvias prolongadas, malas cosechas y una población ya muy vulnerable. La riada no llegó, por tanto, a una ciudad próspera y confiada, sino a una sociedad sometida a tensiones económicas, fiscales y sanitarias.

El agua entró primero por los arrabales y las zonas más bajas del Arenal, pero pronto alcanzó el interior de la ciudad. Barrios enteros quedaron anegados, las comunicaciones con el Aljarafe, la vega y los Alcores se rompieron y muchas casas se vinieron abajo. Los testimonios hablan de vecinos desplazándose en barcas por calles que normalmente bullían actividad, de familias refugiadas en plantas altas o en edificios religiosos, y de cadáveres de animales flotando entre los escombros. La Sevilla portuaria y comercial quedó paralizada.

Las autoridades municipales reaccionaron con los medios de que disponían. El asistente de la ciudad, Fernando Ramírez Fariñas, recorrió las zonas inundadas, organizó auxilios y trató de garantizar el abastecimiento. Las fuentes, sin embargo, muestran una opinión pública dividida. Mientras algunos cronistas elogian su esfuerzo incansable, otros reflejan el creciente malestar popular y la sensación de que no se habían tomado las medidas preventivas necesarias. En coplas satíricas que circularon por la ciudad se le llegó a culpar directamente de haber “metido al río en Sevilla”.

Más allá de los daños materiales, la riada tuvo un impacto inmediato en la vida cotidiana. Muchos molinos quedaron destruidos, lo que provocó una brusca subida del precio del pan. Un testigo señala con crudeza que la hogaza que por la mañana costaba real y medio valía tres por la tarde, y aun así apenas se encontraba. El trigo se encareció de forma desorbitada y otros productos básicos, como la carne o el pescado, escasearon o desaparecieron del mercado. El hambre se convirtió en una amenaza real.

Durante casi un mes las lluvias fueron constantes. La ciudad quedó paralizada

Estas subidas de precios no solo agravaron la miseria de los más pobres, sino que alimentaron el descontento social. En una ciudad donde la mayoría de la población vivía al límite de la subsistencia, la carestía se percibía como una injusticia intolerable. Las relaciones de sucesos recogen escenas de tensión, rumores de motines y amenazas directas contra las autoridades locales. Sevilla estuvo, durante semanas, al borde del estallido.

La inundación también tuvo consecuencias sanitarias. El agua estancada, la acumulación de residuos y la descomposición de animales favorecieron la aparición de enfermedades. Fiebres e infecciones se extendieron entre una población debilitada, y el miedo a la peste –siempre latente en la mentalidad de la época– se sumó al terror provocado por el río. En ese contexto, la interpretación religiosa del desastre cobró una fuerza especial.

Como en otras catástrofes del Antiguo Régimen, la riada fue leída por muchos como un castigo divino o una llamada a la penitencia. Se organizaron rogativas, procesiones y actos públicos de súplica para que cesaran las lluvias y descendiera el nivel del agua. La ciudad, que ya había recurrido en otras ocasiones a este tipo de respuestas simbólicas, volvió a poner su esperanza en la intercesión divina cuando los recursos materiales resultaban insuficientes.

El impacto de la inundación no se limitó al corto plazo. La riada de 1626 dejó una huella profunda en la memoria colectiva y reforzó la conciencia del Guadalquivir como una amenaza recurrente, además de como fuente de riqueza. A partir de estas experiencias se intensificaron los debates sobre obras de defensa, encauzamientos y mejoras del sistema de desagüe urbano, aunque muchas de estas soluciones tardarían décadas en materializarse o resultarían insuficientes frente a nuevas avenidas.

También tuvo una notable repercusión cultural. La inundación fue narrada en múltiples relaciones impresas y manuscritas que circularon por Sevilla y fuera de ella, convirtiéndose en uno de los grandes «sucesos» del momento, como han puesto de relieve los investigadores Francisco Zamora, Manuel Bernal y Carmen Espejo. Estos textos, a medio camino entre la información y el sensacionalismo, describían con detalle los daños, el sufrimiento humano y los episodios más dramáticos, y contribuyeron a fijar una imagen duradera de la catástrofe.

Cuatro siglos después, aquella Sevilla inundada nos interpela desde el pasado. No solo como episodio histórico, sino como recordatorio de la vulnerabilidad de las ciudades frente a los fenómenos extremos y de la estrecha relación entre clima, sociedad y política. La riada de 1626 no fue únicamente un desastre natural: fue una crisis total que puso a prueba las estructuras económicas, el orden social y la capacidad de gobierno y que, junto con la epidemia de peste de 1648-49, sellaría fatalmente el destino americano de la ciudad.

Recordarla hoy, en un contexto marcado por el debate sobre el cambio climático y los riesgos ambientales, no es un ejercicio de nostalgia erudita. Es una forma de entender que la historia del Guadalquivir es también la historia de Sevilla, con sus beneficios y peligros, y que la memoria de aquellas aguas desbordadas sigue teniendo algo que decirnos cuatrocientos años después.

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