Calle Rioja

Dos instantáneas a caballo

  • Analogía. Dos estampas ecuestres, jugadoras del Barcelona saludan a jinetes de la Policía por la Avenida, contraste con la carga de la Guardia Civil en la huelga de Barcelona de 1902

Una jugadora del Sevilla intenta zafarse de dos azulgrana el pasado miércoles. Una jugadora del Sevilla intenta zafarse de dos azulgrana el pasado miércoles.

Una jugadora del Sevilla intenta zafarse de dos azulgrana el pasado miércoles. / Juan Carlos Muñoz

SEGÚN la ficha técnica, al partido de fútbol disputado entre el Sevilla y el Barcelona acudieron 712 espectadores. El matiz viene después, que diría la canción de Mecano. Era un partido de la Liga Iberdrola, Primera División, de fútbol femenino, donde las españolas sub-17 se acaban de proclamar campeonas del mundo en Montevideo, capital del país que ganó el primer Mundial de Fútbol, el de 1930.

El partido concluyó con un 0-2 para los vsitantes. Dos goles de la azulgrana Alexia a Noelia Ramos, cancerbera sevillista. La bigoleadora fue sustituida a cinco minutos del final por Andonova. El encuentro lo arbitró la colegiada gallega Beatriz Cuesta Arriba, que mostró tarjetas amarillas a las locales Jeni Morilla y Marta Carrasco, futbolista que se llama igual que la amiga periodista, una de las que más sabe de baile y danza en esta ciudad, que escribió con Eva Díaz Pérez una biografía de Salvador Távora.

El día del partido, víspera del cuadragésimo aniversario de la Carta Magna, vi pasear a la delegación del Barcelona femenino por la Avenida de la Constitución, todas uniformadas con atuendo deportivo, para asombro de quienes se cruzaban con ellas a la altura de la Catedral. El mismo día, el equipo masculino goleó en partido de trámite a la Cultural Leonesa.

El fútbol femenino ha llegado para quedarse. Hace un mes fui a mi pueblo, Puertollano, y vi a Chone que seguía entusiasmado un partido entre las juveniles del equipo local y las del Albacete. Chone en inglés se dice Bobby Charlton. Eso dije en el pregón de la Feria de mi patria chica para glosar las cualidades de aquel centrocampista con un aspecto físico muy parecido al jugador del Manchester United. Compañero de futbolistas que después vendrían al Betis, como Biosca y García Fernández, quien jugó en el Logroñés y trabajó en Sevilla de taxista, caso de Marín, o llegó al Calvo Sotelo desde el Betis, como Portilla, que había sido suplente de Gaínza en el Athletic de Bilbao. Chone seguía muy atentamente los movimientos de la central del Puertollano, su nieta Carla. Zaguera con futuro.

No sé si la goleadora Alexia formaba parte del grupo de cabeza de las paseantes del Barcelona. Se detuvieron ante dos policías a caballo y hubo quien les hizo algunas fotos. Uno de los policías les deseó suerte y les preguntó por la hora del partido. A la altura de Alemanes, me volví y se me quedó grabada la estampa. Unas deportistas de Barcelona departiendo amistosamente con dos miembros de la Policía a caballo.

Inconscientemente, comparé la escena con la portada de un libro que me acompaña en mi mesa de trabajo, porque lo voy paladeando con el regusto de los buenos manjares. Se titula La burguesía conservadora (1874-1931) y su autor es Miguel Martínez Cuadrado. Formaba parte de la impresionante colección que Alianza Universidad, con la coordinación de Miguel Artola, publicó en los albores de la Transición sobre la Historia de la España contemporánea. Manuales que para los estudiantes de mediados de la década de los setenta se convirtieron en libros de texto imprescindibles. Además del de Martínez Cuadrado, la colección se completaba con los que firmaban Ramón Tamames, Antonio Domínguez Ortiz y Gonzalo Anes. La delantera stuka de la historiografía hispana.

El libro de Martínez Cuadrado está de palpitante actualidad. Analiza el periodo de la Restauración, con las Constituciones moderada de 1845 y democrática de 1869. Cronológicamente, aborda desde el final de la Primera República al comienzo de la Segunda. En la portada se ve una carga de la Guardia Civil a caballo contra manifestantes. Es una reproducción del cuadro de Ramón Casas (1866-1932) que en unos sitios aparece como La Huelga y en otros como La carga. En ambos casos se refiere a la represión que tuvo lugar en las calles de Barcelona en 1902 a raíz de la huelga de febrero de ese año en demanda de la jornada laboral de nueve horas. El conflicto se inició el día de los Enamorados de 1902 con paros en los gremios de metalúrgicos, panaderos y carreteros y tres días después se extendió a toda la industria. En una Barcelona que era un polvorín, atracción de mano de obra procedente de las regiones menos desarrolladas y espoleada por la CNT, sindicato anarquista que gozaba de gran predicamento en la ciudad. El descontento social de Barcelona es el hilo argumental de novelas como La saga de los Rius, de Ignacio Agustí, y, en un tono más de comedia, La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza.

El cuadro de Ramón Casas pasó del Museo Municipal de Olot al Reina Sofía. Su factura es impecable. No he dejado de comparar las estampas de la huelga de 1902 y el paseo de 2018. De un libro donde aparecen las Constituciones del siglo XIX a un país que se acerca al primer cuarto de siglo del XXI, con los mismos números romanos pero en diferente orden de los factores, que en este caso altera profundamente el producto. Como metáfora de la por algunos denostada Transición, del cuadro de Ramón Casas a la estampa de la Avenida –de la Constitución– va lo que separa al conflicto del consenso, a la intransigencia de la convivencia. Alexia marcó los dos goles, pero el partido lo ganamos todos.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios