Los Invisibles | Enrique Corona

“A mí me han interesado más las bienaventuranzas que los varales”

  • Vocacional de la enseñanza, ha formado a varias generaciones de alumnos, alguno muy conocido, con los principios salesianos por bandera pedagógica

Enrique Corona, en la cafetería Ochoa de la calle Sierpes. Enrique Corona, en la cafetería Ochoa de la calle Sierpes.

Enrique Corona, en la cafetería Ochoa de la calle Sierpes. / Juan Carlos Vázquez

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BIÓGRAFO de Santa Ángela de la Cruz y de Hernán Cortés, Enrique Corona (Sevilla, 1937) coincidió con Alfonso Guerra en el Mañara y le dio clase de Matemáticas a Juan Espadas en los Salesianos de la Trinidad.

–¿Se enseña por vocación?

–Hay un principio motor de Goethe, la facultad deseante. Si no te gusta lo que haces, no puedes conseguir absolutamente nada en la enseñanza ni en la vida.

–¿En qué Sevilla nació?

–En La Laboriosa, donde está la estación de Santa Justa.

–¿Dónde empezó a dar clases?

–Con 17 años, clases particulares. En el Miguel Mañara coincidí con Alfonso Guerra, aunque le di clase a su hermano Adolfo, más joven y más alto. Alfonso me regaló un libro, Tercera Residencia, donde Neruda mandaba a Franco al infierno. Qué quieres, le dije a Alfonso, ¿que me metan en la cárcel...?

–¿Cómo llega a Santa Ángela?

–Yo la sigo llamando Sor Ángela. El Ayuntamiento convocó un concurso de biografías de personajes sevillanos. Llamé al convento y hablé con la hermana Salvadores. También escribí las biografías de Hernán Cortés, de Álvaro Domecq y de Pedro Zaragoza Ors, que fue alcalde de Benidorm. El que hizo allí lo que Girón en la Costa del Sol.

–¿Salió del Mañara?

–Hice oposiciones y me mandaron a Guadalcanal. Allí me dio una encefalitis mortal de necesidad en el aniversario de la muerte de Hernán Cortés.

–Parece que le persigue...

–Soy la primera autoridad en el mundo sobre Hernán Cortés. Según el duque de Rivas, el mayor conquistador de la historia después de Alejandro Magno.

–¿Se le conoce en España?

–Si no conocen a Hernán Cortés, ya me dirá si le hablo de Corocotta, el héroe astur al que nunca consiguieron vencer los romanos. El emperador mandó emisarios a hablar con él. Como personas de honor lo resolvieron dialogando y no a testarazo limpio.

–Nueve cabezas embisten y una piensa, decía Antonio Machado.

–Le profeso más admiración poética que personal. La vida se ha hecho para vivirla. Es como Platón, que no inventó la democracia, como dicen por error, sino la aristocracia, el gobierno de los mejores. Prefiero a Aristóteles. Yo no soy caótico, que es la tristeza y el sinvivir. Soy geático, de la luz, la alegría de vivir, un principio universalmente aceptado.

–¿Suspendió a Juan Espadas?

–Yo suspendía muy poco. Un principio salesiano dice que la culpa no es del alumno, sino del profesor, que debe utilizar la dosis, la síntesis y la claridad. No me dio ningún problema, prefería los alumnos que me los daban.

–¿De qué dio clases?

–De todo, lo que más me gustaba eran las Matemáticas, es la ciencia que nos enseña a hablar. Es una pena el poco uso que se hace del diccionario. ¿Sabía usted que hipotiposis es excelencia?

–Son tiempos de ‘excelencia’...

–Más que la excelencia, yo busco la esencia y el accidente.

–¿Semana Santa o Feria?

–No soy acérrimo de ninguna. No me interesan los varales ni las inauguraciones. Me interesan más las buenaventuranzas, corregir al que yerra, enseñar al que no sabe, dar de comer al hambriento.

–¿Qué libro quedó por escribir?

–Aunque soy sevillista, Juan Mauduit me propuso escribir una historia del Betis, pero los papeles los tenía un periodista deportivo que murió y la viuda no daba muchas facilidades.

–¿Y no la escribió del Sevilla?

–Le di clase a los hijos de Juan Araujo Pina, delantero centro del Sevilla, que tenía un hermano constructor que me retó a una apuesta. El que fallara la pregunta invitaba al otro a comer. Yo le pregunté el sosias de un futbolista del Sevilla, Juanito Armet, al que decían Quinqué. Él me preguntó por el equipo juvenil del Sevilla que había ganado la Copa 25 años antes. Cormet; Carmona, Marín, Rico; Flores, Vergara; Aragón, Ramoncito, Castro, Díaz y Breval. Pagó la comida. El portero y el extremo izquierdo jugaron después en el Betis.

–¿De quién sabe más Espadas, de Sor Ángela o Hernán Cortés?

–De Sor Ángela. Es un sevillano sevillanísimo.

–¿Usted ‘conquistó’ México?

–Mentalmente, he estado allí toda mi vida. Un día Hernán Cortés se acercó al rey Carlos I y le dijo que había ganado más tierras que las que él le iba a dejar a su hijo. Saliendo de Sevilla no sé lo que me pasa que me pongo malo. Amo la Sevilla honda, trabajadora y humilde, la de los barrios. En esta época, el sol es la medicina de la farmacia del cielo.

–¿Conoció a otros alcaldes?

–Uruñuela nos cedió un local de la Policía en Escuelas Pías para las representaciones de Noches del Baratillo. No fue alcalde, pero recuerdo con especial cariño a Utrera Molina. Un niño de Corpus Christi tenía que atravesar todos los días un puente sobre el Guadaíra para venir a clase. Una vez salvó a otro niño de morir ahogado. Le mandé una carta a Utrera Molina para que le diera algún reconocimiento. Le dijo que qué quería y pidió “un piso para mi madre que tiene que ir muy lejos por agua”.

–¿Y la biografía de Álvaro Domecq?

–A mí me hubiera gustado ser Álvaro Domecq. Lo que ganaba lo daba a los pobres. Iba a los toros con mi padre. En Sevilla el que más sabía de toros era el dueño de la tienda de paraguas Rubio. Para el diluvio, paraguas de Casa Rubio, decía la publicidad.

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