Lluis Llach y Serrat en el tanatorio de la SE-30
Calle Rioja
Sus hijas Lara y Nora junto a su hermana Espino dedicaron una emotiva despedida a Antonio Diéguez, que cambió su vocación de arquitecto por el diseño de periódicos
Lo recordaron en diferentes momentos y escenarios de su vida: en la Escuela de Arquitectura, en las manifestaciones contra la dictadura en sus años de adolescente, regalándole a su hermana Espino un disco de Luis Llach una de cuyas canciones ella leyó en castellano y su hija Nora, que vive en Barcelona y es una joven eminencia en la lucha contra el cáncer, lo hizo en catalán. Su hija mayor, Lara, de la generación de niñas que aprendieron a andar y a caerse en la Expo, fue la primera que tomó la palabra. Lara Diéguez recordando a su padre, Diéguez Lara, apellidos reproducidos tanto en el directorio del Tanatorio de la SE-30 como en la Sala 4 donde lo velaban sus llegados y allegados y en la capilla donde una fría mañana de enero le rindieron tributo. Lara recordó al cinéfilo que le hablaba de Bergman, Woody Allen y Pasolini. Ella no había nacido cuando con uno de sus mejores amigos cogieron el coche y se fueron a Madrid para ver Paris-Texas de Win Wenders, devotos de Nastassia Kinski, la hija del histriónico actor que encarnó a Fitzcarraldo, Lope de Aguirre y Nosferatu en la trilogía de Werner Herzog.
En todos esos sitios, el fallido arquitecto, el cinéfilo, el melómano, el rojo impenitente, estuvo, también en los momentos fundacionales de dos periódicos, el Diario 16 Andalucía y este Diario de Sevilla que vio la luz el 28 de febrero de 1999. Pero yo lo recuerdo en un lugar muy cutre que sin embargo fue una de las sucursales del paraíso, los campos de fútbol de san Benito, el nombre de la iglesia donde celebraron el funeral de la madre de los Diéguez. Unos campos de un suelo inhóspito para las piernas y los requiebros, dos terrenos de juego separados por una alambrada carcelaria junto a un campo más grande donde jugaban equipos federados, uno de ellos entrenado por Pili Vargas, la primera mujer que sacó en España el título de entrenadora de fútbol, de la promoción de Camacho y Valdano. Los vestuarios eran parecidos a los de Evasión o Victoria, pero nunca fuimos más felices que esos madrugones de sabatina o de domingos de precepto, después de noches largas en el Be Bop de la calle Sol.
El día que llevaron sus restos al tanatorio de la SE-30 podíamos haber saltado al campo para enfrentarnos con los rivales de antaño: La Tahona, Bar Martín, Bar Neve, Fontanería Pazos, o los amistosos de fogueo contra el equipo de visitadores médicos en el que jugaba Emilio Soto y un danés al que le llamaban Lenin. Estábamos para salir algunos fijos de entonces: su hermano Pepe, su sobrino Alberto, su cuñado Manuel, que marcaba goles con la mirada, como Bogart en Casablanca. Y encima llegó para compartir la pérdida un futbolista de élite, su vecino Juan Ureña. El canterano de Montilla que con su gol en Copenhague con el Betis eliminó al equipo danés y evitó la guasa de una prórroga que para mí habría sido un suplicio la primera vez en mi vida que me veía en la tesitura de enviar a El País una crónica por un móvil que era como el zapato del Superagente 86.
Pero faltaba Antonio. El ataúd lo cubría una tela y encima una foto elegida por él mismo con Lara y Nora muy pequeñas. Sus hijas que habían venido desde Madrid y Barcelona, donde ejercen sus respectivos oficios en el periodismo y la medicina, para pasar las navidades con su padre. Sonaba Serrat como fondo de las imágenes que seleccionaron. Un acto a la medida de quien se consideraba “profundamente ateo” en palabras de una de sus hijas, aunque la otra, leyendo el retrato de Campos de Castilla que empieza con el limonero que madura en el Palacio de Dueñas, leería con palabras de Antonio Machado “Converso con el hombre que siempre va conmigo / quien habla solo espera hablar a Dios un día”.
Nació el 10 de junio de 1955, aniversario de la muerte de Antonio Gaudí. Un buen patrono para esos arranques de arquitectura en los que coincidió con su amigo y mi paisano José Ramón Pizarro. Ha muerto un 4 de enero de 2026. ¡Qué funesto regalo de Reyes para sus hijas! Las dos realizaron hermosas semblanzas de su progenitor. Manolo González, compañero suyo en la mesa de diseño, recordaba que fue precisamente un 4 de enero de 1998 el día que dejó de salir Diario 16 Andalucía, aquel sueño ochentero del Polígono Calonge.
Los campos de san Benito estaban en la curva de Kansas City, junto al cuartel de la Guardia Civil de la Calzada que fue construido para otros fines por José Espiau, uno de los padres de la Sevilla del 29. Dos hijos de la Sevilla del 92, los arquitectos Antonio Cruz y Antonio Ortiz, levantaron sobre la necrópolis balompédica de san Benito la estación de santa Justa. En el tanatorio me recordaban al reportaje que saqué en Diario 16 Andalucía cuando nos obligaron a abandonar aquellas instalaciones denunciando que no iban a hacer nada, que era una simple operación especulativa. Menos mal que no iban a hacer nada, varios millones de viajeros después.
Con Serrat y con Lluis Llach, con Woody Allen y con Bergman, ha llegado Antonio a un lugar sin definir donde le esperarán para hacer el mejor de los periódicos: Juan Tapia, al frente de los talleres, con Antonio Navarro en los materiales; Atín Aya, con la fotografía; Antonio Mozo Vargas escribiendo los editoriales; Rafael Marín, sacándole publicidad a los ángeles y a los diablos, que los dos llevan alas; Ignacio González, colombiano de cuna, sevillano de adopción con la túnica de la hermandad de san Gonzalo, compartiendo con Antonio esa portada que han decidido en la reunión de primera con el director; y todo de la mano de Carmina, redactora-jefe de los periódicos con alma.
Era un bético que vivía en el barrio de Nervión. De la asociación de Amigos de la Ópera, nombre del bar que montó su amigo Toni, Antonio Gómez Olivares, de Úbeda, mucho antes de que los fígaros y traviatas llegaran al teatro de la Maestranza. Una vez le di un pase de gol que celebró con una alegría indescriptible. En mi siguiente jugada, gritó desaforado: “¡como antes, Paquiño, como antes!”, tal que el fútbol fuera una ciencia exacta, yo Cardeñosa y él Rubén Cano en el Maracaná de Belgrado. A la capilla del Tanatorio llegaron Guti y Juan Luis, refuerzos para Rataplán, el nombre de nuestro equipo de fútbol. Allí quedaba el eco de los versos de Machado recitados por Nora Diéguez: “Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar”. Y de guardián Ruperto de Salteras.
También te puede interesar