La octava puerta de Lineros

La octava puerta de Lineros
La octava puerta de Lineros

09 de agosto 2010 - 05:03

RICARDO Rivera López murió con 34 años en 1967 y todo cambió en el negocio. Josefina, su viuda, extremeña de Monesterio, cogió las riendas del bar El Comercio. Cerró el restaurante y el hostal y aportó su doble mano de comerciante y cocinera. Francisco Ricardo Rivera González, actual propietario, tenía cuatro años. Un año después, 28 de julio de 1968, se produjo el incendio de Vilima.

Cinco generaciones en El Comercio. El nombre lo dice todo. La vida que tenía esta calle. "Ni Tetuán ni Sierpes", dice Francisco, "la vida comercial estaba en Francos, Lineros y Puente y Pellón. Recuerdo de muy niño cuando llegaban aquí y hacían los tratos".

Las mismas calles que están en la nómina de bajas en el comercio de la zona. Cayeron la juguetería 0'95, el Oro Bar del que era propietario el padre de Francisco Pérez Gandul, autor de la novela Celda 211, famoso por sus palomitas y bollos de leche y en el que trabajó Manolo Gaitán, desde hace veinte años camarero de El Comercio. Se fueron Vilima, la Zapatería la Cubana, El Bucalito y el último ha sido Siete Puertas, unido al destino familiar de los dueños de El Comercio.

"Iglesias, Pérez y Soro eran los socios de Siete Puertas. Yo iba todos los meses a la tienda a pagarle la mensualidad a Manuel Pérez Solano, uno de los siete hermanos Pérez, dueño de la finca entera. Le compré el local en 1998". Donde nació, vive y trabaja.

El Bar El Comercio nace en 1904, coetáneo de la Cruzcampo y de la acción del Ulises de Joyce. "Francisco Rivera Pavón, el tío Paco, se fue en barco a Argentina huyendo de la ruina que había en Sevilla", relata su tataranieto. "Al mes y medio le tocó la lotería y se volvió. Lo abrió como hotel-restaurante-bar. Tenía 16 habitaciones y en tiempos había un sereno que abría y cerraba la puerta".

Venían tratantes catalanes que se quedaban por temporada. Todavía conserva la romana con la que pesaban el menudo recién llegado del matadero. Redujeron la oferta gastronómica a la ensaladilla y la tortilla paisana de Josefina que recomienda vivamente José Victor Rodríguez, diseñador de reputación internacional y de gustos muy locales.

Josefina, la viuda de Ricardo, contó con el apoyo de sus hijas Concha y Carmen, que por la noche estudiaban para sacar sus respectivos títulos de Derecho y Magisterio. Ricardo, su hermano, estudiaba en el San Francisco de Paula. "Tardaba un cuarto de hora en llegar a la Encarnación de la vida comercial que tenía la calle".

"El día más feliz de mi vida", recuerda el dueño de El Comercio, "fue cuando mi madre me dijo que dejara los estudios y me hiciera cargo del bar". No es hombre de lamentos. "Nosotros no nos podemos quejar, pero nos consta que hay comercios que están liquidando un cuarenta o un sesenta por ciento menos. Unos aguantan, otros cierran".

Se especializaron en desayunos y meriendas: "Nuestros churros vienen a tomarlos sevillanos de la periferia y madrileños de fin de semana en el AVE". El cierre de un comercio es una infidelidad no buscada. Por eso El Comercio tiene en la lealtad del cliente su mejor aval. El termómetro supera los cuarenta grados y Diego Naranjo, camino del trabajo, pinta con palabras un cuadro impresionista: "Me gusta el bar lloviendo en invierno, el serrín en el suelo, los veladores de mármol".

La tortilla paisana tiene derechos de autor de Josefina, viuda del penúltimo timonel. Su hijo mantiene la impronta femenina: le ayuda Toñi, su mujer, madre de sus hijas Paula y Andrea.

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