Un pabellón de las muñecas desde el año 92
Calle Rioja
Rosa Martínez, que hizo la tesis sobre el traje de flamenca, intenta sin fortuna donar o exponer su colección de muñecas
Tiene más de trescientas, incluidas las exclusivas de Francia y Alemania
Una de las muchas cosas que ha hecho en esta vida Rosa Martínez (Cáceres, 1949) es trabajar en el vestuario teatral, una faceta que descubrió con el grupo Esperpento. No imaginaba que iba a terminar viviendo en una Casa de muñecas, como la célebre obra teatral del dramaturgo Henrik Ibsen. Es literal. Rosa convive con más de trescientas muñecas. Es mucho más que un simple coleccionismo. “Es mi refugio para los reveses que me ha dado la vida. En Antropología, que es lo que yo hice, a ese lugar se le llama no-lugar de un tiempo donde el tiempo no existe. Donde tampoco existen el mal, la angustia o la edad”.
No son simples juguetes. Es una lección de historia con un hándicap personal. “Soy especialista en interesarme por cosas que no le interesan a nadie, ésa se puede decir que es mi especialidad”. No le interesan ni siquiera a los que debería interesar. Ha intentado en varias ocasiones mostrar, exponer, incluso donar su impresionante colección de muñecas. En el Museo de Artes y Costumbres Populares, donde colaboró de forma altruista contextualizando una colección de carteles de la Exposición de 1929, ni se dignaron visitarla para ver esta ciudad de muñecas. En la Casa Fabiola, “se supone que es un museo del Romanticismo”, le dijeron que tenía que rellenar unas instancias; en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid le dieron el no con muy buenas palabras.
Empezó haciéndolas, pasó a coleccionarlas y ahora simplemente convive con ellas. Las primeras fueron francesas, “de boca cerrada”; les siguieron las alemanas, que le añadían un realismo a la figura. Las muñecas de Famosa, un clásico de nuestras Navidades, han llegado a su fin. “La muñeca española yo no la he trabajado”. En la planta baja de su casa tiene una sala en la que todo son muñecas perfectamente alineadas. Seis de ellas, que figuran entre sus favoritas, están en un carro infantil de un niño gigante, todo hay que decirlo. Hay una mesa que parece un escritorio de muñecas. “Es donde yo me pongo a coser”. “Antes me traía las muñecas de mis viajes. Con el tiempo, sólo compraba las telas y los encajes”.
Se ha dado de bruces con la indiferencia o el desdén. “Unos amigos gays son los únicos que se han interesado, los únicos que han sabido valorar lo que esto significa”. Si se hiciera una exposición, Rosa dice que no haría falta ni comisario. “Yo misma me encargué de escribir detrás de cada muñeca una pequeña historia. Tengo un texto que titulé ‘La mirada prestada’. Muchas de estas muñecas han vivido revoluciones, guerras, posguerras, periodos de riqueza y de esplendor y otros de ruina y miseria. Habría familias que se arruinaron y las venderían a un nuevo rico”.
Francia y Alemania, los contendientes de la guerra francoprusiana de 1870, son los países hegemónicos de la muñeca. “En el periodo de entreguerras, aparecieron nuevos materiales, se abarataron las muñecas y el sector se democratizó”. Ha vestido muñecas después de hacerlo a tamaño natural con los actores de las obras teatrales y con las mujeres que han lucido los trajes de flamenca a los que dedicó su tesis de Antropología. “Yo los diseñaba y Esperanza Flores los cosía. Cuando ella muere, yo me olvido del traje de flamenca”. No es muy diferente del mundo de las muñecas. “A la mujer el traje de flamenca la embellece, la realza, dicen que no hay mujer fea vestida de lunares y es verdad”. Le llama “el efecto de confluencia; la persona adquiere la cualidad de la ropa que lleva, no al revés”.
En el 92 se vino a vivir al Trastévere de la Alameda, donde el mundo de Fellini se quedaba muy corto. Apasionada por la cerámica, tuvo que dejarla porque “entre la vecindad (en aquel 92, zona de drogadictos y proxenetas), el trabajo y el horno, no tenía tiempo”. Ha sido una de las tres que en España ha tenido el título de artesana muñequera. “Además estaban un señor de Barcelona y una mexicana, Lupe, que ya murió, que estaba casada con un cónsul”.
Nunca les ha puesto nombre a sus muñecas. “Las personalizo, que es diferente”. No hay nombres, pero sí apellidos de las diferentes marcas: Rabery Delphieu, “es como una Virgen del Rocío”, Carrier Belleuze, Gaultier o Armand Marseille, marca alemana de apellido francés. Recuerda el anticuario que tenía una muñeca sin cabeza, una especie de María Antonietta que decapitada y todo valía un potosí. El museo lo tiene en su casa, con muchas sorpresas. Un muñeco que parece un bebé, “un amigo pediatra le toca la cabeza y dice que tiene hasta el hueso de la fontanela”; una muñeca llamada ‘la pequeña mendiga’ inspirada en Lewis Carroll y el país de las maravillas, lo más parecido a su noción antropológica del no-lugar y el no-tiempo; y un ejemplar que a más de uno le ha suscitado tensión por no decir efecto de pánico. “Es una muñeca autómata que llora y se queja”.
El mundo de las muñecas lo asocia con su pasión por los viajes, “cuando viajar era una aventura y no una rutina”. Un hábito del que cuenta en su casa con máscaras de África o sutilezas de Bali o Birmania; donde cuelgan como en una pinacoteca huipiles, los atuendos que usan las indígenas en Guatemala. Su amigo Fernando Ortiz le dedicó un hermoso poema en el que ponderaba este coleccionismo. Tiene varias muñecas a la venta “pero ahora no compra nadie”. Empezó a adquirirlas de medio mundo por internet, “de Australia, de Canadá, de México, las más baratas eran las de Estados Unidos, pero entre los aranceles de Trump y el Iva de aquí la cosa se ha puesto muy complicada”.
Es una pinacoteca de muñecas “con su biblioteca, he escrito mucho del tema”. En la planta alta, entre huipiles, un muñeco émulo de Tintín. “Lo compré en el Rastro de Madrid y lo salvé de un viaje en el que el tren descarriló”. Esta casa de muñecas está pidiendo a gritos un museo. La antropóloga de los trajes de flamenca no le ha hecho ninguno a sus muñecas. A una le está haciendo la peluca; a otro le falta el gorro que mientras tanto simula una mantilla rosa de una Pasión muñequil. La muñeca de la que más se habla ahora es la de Carlos Alcaraz. En otros idiomas, hay una palabra distinta para cada cosa: doll y wrist en inglés; poupée y poignet en francés; bambola y polso en italiano. Rosa Martínez llegó en el 92 y en su casa permanece el pabellón de las Muñecas.
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