Detenido el ex papa del Palmar de Troya

La Mata Hari del Palmar

  • La juez de Utrera prorroga la detención de Nieves Triviño, la mujer del ex papa de los palmarianos

  • Gregorio XVIII fue detenido a primera hora tras pasar a planta en el hospital

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Salió del juzgado como llegó. Nada que ver con aquella mujer que decía ser la Mata Hari del Palmar de Troya mientras posaba desnuda para Interviú. Vestida de blanco y con la cabeza cubierta con una rebeca negra, que sólo le dejaba ver el pelo rubio recogido en una trenza, con cuatro guardias civiles que la custodiaban y la guiaban hasta un patrullero con los cristales traseros tintados, parecía más una condenada camino del cadalso que la mujer que hizo renunciar al papa de los palmarianos.

Nieves Triviño permaneció este martes en los juzgados de Utrera casi cinco horas, entre las diez y media de la mañana y las dos y veinte de la tarde. La juez titular del juzgado de Primera Instancia e Instrucción número 4 de Utrera ordenó una prórroga de su detención durante un día más. Este miércoles, por tanto, Triviño volverá a pasar otro mal trago ante la juez que investiga el robo con violencia e intimidación y el intento de homicidio que cometió presuntamente el pasado domingo.

Quizás lo haga, como en el asalto a la basílica, en compañía de su pareja, el ex papa del Palmar de Troya Gregorio XVIII, cuyo nombre real es Ginés Jesús Hernández, a quien presumiblemente le den el alta médica a lo largo de la mañana de hoy. No es extraño que la juez haya decidido prorrogar el arresto de Triviño –una medida que no es habitual cuando a los detenidos se les pone a disposición judicial– para esperar a tomarle declaración a los dos juntos, para comprobar así si incurren en alguna contradicción.

Mientras la Mata Hari del Palmar pasaba la mañana en los juzgados de Utrera tras dormir en los calabozos de la Guardia Civil, el ex papa de la orden de los carmelitas de la Santa Faz –que así se llama oficialmente la secta– era trasladado a planta en el Hospital Virgen del Rocío. Desde el domingo por la tarde hasta entonces había estado ingresado en Observación, con un neumotórax tras haber recibido una puñalada en el pecho cuando asaltó la basílicia en compañía de su pareja.

El cura herido, con la brecha en la sien. El cura herido, con la brecha en la sien.

El cura herido, con la brecha en la sien. / Antonio Pizarro

En el momento en que abandonó el área de Obsevación, Gregorio XVIII fue detenido por la Guardia Civil, que le imputa en principio los mismos delitos que a su mujer. Ambos accedieron al templo de los palmarianos saltando el muro perimetral por una zona baja próxima a los depósitos de agua, con intención de robar. Iban encapuchados, armados con al menos un cuchillo y equipados con bridas y otras herramientas para abrir cerraduras.

Aprovecharon la hora de la misa, cuando la mayoría de los frailes y monjas de la secta están rezando, para acceder de manera ilícita a la basílica. Pero fueron sorprendidos por el padre Silvestre, un cura joven que realizaba tareas de mantenimiento en el patio del recinto. El ex papa lo atacó con el cuchillo pero el sacerdote se rehízo, aunque recibió un fuerte golpe en la sien derecha, que le provocó una brecha importante, y alguna herida de arma blanca también. Silvestre desarmó al ex papa y en el forcejeo le clavó el cuchillo, mientras que también resultó herida, aunque leve, la mujer del ex pontífice.

La pelea originó un revuelo en el interior del templo, cuyos responsables salieron y llamaron a la Guardia Civil. El 061 trasladó a los tres heridos. El más grave, el ex papa, en helicóptero, y los otros dos en ambulancia. El lunes fue dada de alta Triviño y ayer martes el religioso que sorprendió a los intrusos. Nada más salir del hospital, Silvestre compareció ante la juez como denunciante de los hechos. Lo que declaró es un misterio porque el hombre no quiso decir una sola palabra cuando salió de los juzgados.

Iba vestido con el hábito de los carmelitas de la Santa Faz y acompañado por otro sacerdote. La brecha en la sien, suturada con varias grapas, era bien visible, al igual que los nudillos. Cuando la prensa se percató de su presencia, se tapaba la cara con una mano y parecía estar muy afectado, mareado o emocionado. “Oiga, por favor, ¿nos podría contar cómo fue la agresión que sufrió?”, “¿Llegaron a robarle algo?”, ¿Cómo se dio cuenta de que era el ex papa el que entró a robar en la basílica?”...

Los informadores no paraban de preguntar. El cura entrecerraba los ojos, alzaba la mano derecha, la que lleva el anillo, para intentar cubrir su rostro, y daba vueltas sobre sí mismo. Los dos sacerdotes intentaron meterse en un portal y dieron otra vuelta sin rumbo por las inmediaciones de los juzgados, hasta que el que acompañaba al herido hizo una llamada y apareció poco después una furgoneta blanca, en la que se subieron. El herido lo hizo con claros gestos de dolor.

Un patrullero de la Guardia Civil en la puerta de la basílica. Un patrullero de la Guardia Civil en la puerta de la basílica.

Un patrullero de la Guardia Civil en la puerta de la basílica. / Antonio Pizarro

Quedaba todavía más de una hora para que saliera Nieves Triviño de los juzgados. Lo hizo a las dos y veinte de la tarde, poco después de la salida de los niños del colegio que hay situado enfrente y ante la mirada de padres y alumnos picados por la curiosidad. “¿Qué pasa que hay tantas cámaras aquí?”, preguntaba una madre. “La Papisa, señora, que la han traído a declarar”, respondía otro lugareño. Alguno le dirigía algún insulto: “¡Palmareños, estafadores!”.

La Papisa, la Mata Hari del Palmar, la mujer por la que el papa lo dejó todo, la animadora sociocultural que trabajaba para el Ayuntamiento de Monachil (del que ella decía ser delegada de Fiestas) era sacada del juzgado por cuatro guardias civiles que, al menos, tuvieron el detalle de no llevarla esposada. Triviño guardó el mismo silencio que el cura herido, aunque a ella ni siquiera se le intuía el gesto por la rebeca negra que se lo cubría. A unos metros de la sobria puerta de chapa por la que salen los detenidos en el juzgado de Utrera, una discreta estatua de un verdadero Papa, Pío XII, preside la plaza.

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