Tribuna

El puente de piedra que Sevilla pudo tener

  • Desde 1586 se barajaba un proyecto descartado para construirse el puente de Triana

Proyecto de un puente entre Sevilla y Triana.

Proyecto de un puente entre Sevilla y Triana. / Archivo Municipal de Sevilla.

Uno de los problemas crónicos que siempre adoleció Sevilla fue la dificultad de disponer de un paso seguro y estable sobre el Guadalquivir. Hasta que en 1852 el puente de Triana, en gran medida, solventó este asunto, desde la inauguración del puente de barcas, allá por 1171, no se construyó ninguno otro.

Es decir, entre 1171 y 1852 tan sólo existió este insuficiente puente, cuyas continuas reparaciones, unidas a las crecidas del río que lo arruinaban, entorpecían de sobremanera las comunicaciones entre ambas orillas. Sorprende ver cómo una ciudad tan rica y populosa como era la Sevilla de aquellos siglos, no tuviera un puente de piedra acorde con su importancia como ya lo tenían otras ciudades como Córdoba, Toledo o Mérida.

El por qué a tan dilatada vida operativa de esta infraestructura islámica tenemos que encontrarla en la técnica de aquella época. A pesar de la imperiosa necesidad que había, los avances humanos no daban de sí para construir un gran puente de piedra en esta zona. El suelo inestable y limoso del lecho fluvial, sumado a la fuerte corriente que en el meandro de Triana el río adquiría, impedía una construcción de tal envergadura. De esta manera, durante 681 años el puente de barcas, junto con una flotilla de lanchas y barquillas, suplió esta carencia yendo y viniendo de una orilla a otra.

Como remedio definitivo a los problemas de comunicación y comercio que ocasionaba el puente, don Juan Hurtado de Mendoza, asistente de Sevilla, estableció contactos en 1586 para solicitar del rey Felipe II la licencia necesaria para construir un puente de piedra a la altura de lo que hoy es el puente del Cachorro. La ciudad estaba dispuesta a aventurarse en esta obra si tenía la certidumbre. A pesar del empeño puesto por las autoridades hispalenses, parece ser que el monarca hizo oídos sordos a esta petición y el proyecto se postergó por 43 años.

Sin embargo, los planos se volvieron a rescatar en 1629 tras una desastrosa riada que en 1626 azotó a Sevilla. Viendo que casi cada invierno el puente quedada roto y que los problemas ligados al Guadalquivir iban a más, don Diego Hurtado de Mendoza, asistente de la ciudad, hizo el intento que más posibilidades tuvo de levantar un puente de piedra.

A iniciativa suya, le pidió a su amigo el conde-duque de Olivares apoyo en la Corte para llevar a buen puerto la obra. Con la colaboración de Andrés de Oviedo, maestro mayor de obras, se trazó la planta y montea del puente proyectándose también su entorno. Se pensó construirlo en los alrededores de Plaza de Armas, que anteriormente hemos mencionado, por tener en dicha zona el río menos profundidad, pero más anchura que frente a la Torre del Oro.

El puente planeado era de sillería almohadillada con más de 25 arcos. Tenía fuertes estribos para cortar las crecidas del Guadalquivir y dos rampas de acceso por la margen de Triana. Para que se hagan una idea de sus dimensiones, solo el puente romano de Córdoba tiene 16 arcos, que suman 331 metros. El resultado sevillano hubiera sido un puente de casi 450 metros de largo. Para su construcción se redactó un presupuesto para recaudar los 50.000 ducados que se suponía tendría de coste.

El proyecto definitivo, aunque resolvía los problemas técnicos (poca profundidad del cauce, corrientes suaves y cimentación adecuada), fue rechazado por Madrid. Lo impopular de sufragar la obra con impuestos o gravando las mercancías de consumo, dejaba a la ciudad con su antiguo puente, que 37 años después, en 1671, ¡cumpliría los 500 años!

Sin embargo, Sevilla no abandonó la idea de unir ambas orillas a través de un puente hecho y derecho; nunca mejor dicho. Los proyectos siguieron sucediéndose hasta que, en 1844, los ingenieros franceses Gustavo Steinacher y Ferdinand Bernadet le presentaron al Ayuntamiento tres proyectos de puentes: uno de piedra, otro colgante y uno de hierro colado con dos pilastras centrales. Finalmente, este último resultó ser el elegido para formalizar nuestro primer puente: el de Triana o Isabel II.

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