Carlos Navarro Antolín
Ese ratito diario del cura del Porvenir
A la memoria de Carlos Mesa
En los columbarios de las hermandades se incumplen los versos becquerianos de la soledad de los muertos. Las cofradías tienen el poder de dar afecto a los enfermos y necesitados tanto como de mantener presentes a unos difuntos que cuentan como pocos con el calor de los vivos, el perpetuo recuerdo, el periódico homenaje, la lamparilla siempre encendida de las oraciones al término de la misa semanal de la hermandad, los crespones negros, las preces que rematan el final de los cabildos, las esquelas de noviembre, las fotografías enmarcadas en la casa de hermandad, las flores del paso de la Virgen dejadas en esa estancia donde se depositan las cenizas, donde se funden los años en la memoria agradecida, donde se forma esa otra cofradía, que el diputado mayor de gobierno y el secretario pasan lista de ese cortejo donde todos ven el rostro de su devoción con la misma cercanía, pues no hay ya antigüedades ni diferencias. La Iglesia está formada por los fieles vivos y por los fieles difuntos, todos en comunión, una unión que se cumple con precisión el día de la salida de la cofradía. Están todos, como ocurre cada Domingo de Ramos en el Porvenir. El párroco, don Isacio Siguero, entra en el columbario cada día para estar un "ratito" de oración, como desveló el viernes en un funeral en un templo abarrotado y al calor, tremendo calor, del fuego alto de la memoria. "Cada vez me suenan más nombres", confesó el cura. Ley de vida, certeza absoluta, verdad incontestable. Aquí nadie se queda. Cuántos padres de nazarenos de cordón azul en ese columbario, cuántos de cordón rojo, cuánta algarabía de domingo pleno en los jardines de la parroquia, cuánto gozo de vísperas en el atrio, de júbilo en las calles Brasil o en Montevideo, cuántas estampas nos devuelve el oleaje del mar de la memoria de un parque radiante de sol, o de refugios improvisados por los cielos metidos en negro. Y ahora, cuánto silencio quieto que se volverá dulce de manto blanco cuando cicatrice la herida de la ausencia, de reposo sereno, de oraciones bisbiseadas del cura que no olvida a tan especiales feligreses. Ellos siguen en la parroquia, en la cofradía, en los altares donde aguardan las imágenes a las que se encomendaron.
Bécquer nunca pudo hilvanar sus versos en el Porvenir, porque don Isacio desmiente al poeta. La estrofa se rompe porque nuestros muertos nunca están solos, que el cura ejerce de custodio, con sus oraciones que son el bálsamo de la esperanza verde de los naranjos del barrio. Siempre hay un codal encendido en la hornacina de esos columbarios, un azulejo con el rostro que ellos miraron. Cada día se reparten las papeletas de sitio a todos los fieles. Los vivos han de honrar a los muertos. Los muertos han de descansar en la paz de los justos. Claro que cada vez son más cercanos sus nombres, porque están en la película cotidiana de nuestra existencia. La vida es un hermoso jardín del Porvenir donde forma una cofradía de feligreses que hay que aprender a mirar para contemplar a todos sus nazarenos.
También te puede interesar