Un rockero en el Mercantil
Calle Rioja
Bajé con las cuatro señoras en el ascensor del Círculo Mercantil. Bajaban, pero en realidad estaban levitando. Pepe Gómez, militar en la reserva, poeta yeyé, las había convertido en ragazzas del elevatore. Fue un ejercicio de mágica transgresión que tan singular ponente tituló Silvio para Bajo Solo.
El público no era de Fun Club o Malandar. Mayoría abrumadora de señoras, empezando por Luisa Valles, esposa de Pepe Gómez, con quien se casó en 1973 en la iglesia del Cerro del Águila. Esta rockera consorte preside el Grupo Literario San Fernando y la Asociación Teatral La Platea. Editan una revista trimestral en cuyo último número viene en portada una foto de Pepe Gómez del primer plano de la veleta de la Fábrica de Artillería, donde este sevillano entró a trabajar con 14 años.
Preámbulo cronológico de su conversión en rockero. Pepe Gómez formó parte de los grupos Los Duendes y Yo & Los Demás. En sus visitas a las bases aéreas de Rota y Morón no acudía como militar, sino como músico. "Los americanos pagaban muy bien". Incondicional de Silvio, coincidió con él en una ocasión. "En el estadio de la Macarena íbamos de teloneros de los Smash".
Elvis Presley y la Virgen María. Los dos pilares de la formación espiritual de Silvio Fernández Melgarejo, nacido en La Roda de Andalucía, casado en el Cachorro con una millonaria inglesa, la madre de Sammy, el eslabón perdido y recuperado. Pepe Gómez y Luisa Valles también tienen un hijo. Se llama Patricio y como el de Silvio es un artista. Patricio Gómez es sacerdote, notario de la Curia y coadjutor en Utrera, ha escrito óperas y hasta un Miserere que se estrenó en la Catedral.
La transgresión fue relativa. Cuando el público vio a ese rockero que bebía y fumaba en el escenario fotografiado con Juanita Reina y con Curro Romero, empezó a vencer las tentaciones del rechazo y la indiferencia para entender mejor la fascinación de este militar que vivió los felices sesenta del rock sevillano. Tiempos de "tercios de Cruzcampo y chochos en los cines de verano". Cuando cada barrio tenía su grupo de rock -foto de Los Físicos, conjunto del Cerro-, y ellos mismos le compraron los instrumentos a un italiano que tocaba en la Banda Municipal y vivía en el barrio de Santa Cecilia, patrona de la música.
Utilizó como guión de su charla el libro de Alfredo Valenzuela y Pive Amador, al que algunas de las mujeres reconocieron como el martillo de herejes de Se llama copla. Una biografía con un título de campaña electoral -Vengo buscando pelea- y foto de portada de Gloria Rodríguez, que mezcló con las que le hicieron Pablo Juliá, Paco Cazalla y don Curro, el barbero y su principal exégeta.
En Rezaré nombra Silvio a todas las Vírgenes, como en un pregón. Voz de capataz, costalero de sí mismo, su legado musical y místico (le cantó a San Juan de la Cruz) se encarnó en una carrera oficial de imágenes por Sierpes. En algunas de las canciones, Pepe Gómez cogió el bajo y acompañó esas estampas de una Sevilla menos grandilocuente, grandiosa. Sevilla no existe. Así tituló el ponente su particular visión del Tenorio. La Sevilla de Silvio queda en su música, su actitud ante la vida, la pasión por su madre, Eva, por su tía, Narcisa, los dos nombres propios que aparecen en su esquela. Ese adiós impreso del hijo de periodista, que ya profetizó cuando cantó Tres pasos hacia el cielo con su jerga de caballero medieval, casi veinticuatro: "Me voy junto a Vos".
El militar que se casó en el Cerro recordó a los grupos de entonces, la delantera stuka del rock sevillano: Antoñito, Matito, Silvio y Gualberto. Glosó las paradojas del hombre de ciudad que nació en un pueblo, del sevillista que le cantó el himno más hermoso al Betis, que en la era de los melenudos se encomendó a la benevolencia de un barbero. El Mercantil se había convertido en una sucursal del Rock-Ola. Las castañas que anuncian el invierno le daban la vuelta al calendario para ofrecer una selecta nevería. El auditorio aplaudió al rockero Pepe Gómez.
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