Mirandés - Sevilla | Copa del Rey Fracaso sin paliativos, ni más ni menos

  • El Sevilla de Lopetegui protagoniza el primer traspié serio de la temporada, al estrellarse ante un buen Segunda, traicionando la Copa del Rey, que tanto le ha dado en el siglo XXI

Gudelj, Diego Carlos y De Jong, brazos en jarra mientras esperan a que los jugadores del Mirandés celebren un gol para sacar de centro. Gudelj, Diego Carlos y De Jong, brazos en jarra mientras esperan a que los jugadores del Mirandés celebren un gol para sacar de centro.

Gudelj, Diego Carlos y De Jong, brazos en jarra mientras esperan a que los jugadores del Mirandés celebren un gol para sacar de centro. / Santi Otero / efe

Fracaso es una palabra de la que huyen los gestores del fútbol profesional. Es casi un tabú que intenta solaparse con otros conceptos como accidente, traspié, decepción,... Pero lo que ha protagonizado en Anduva el Sevilla no puede tener otro calificativo. La meta fijada por el club era llegar lo más lejos posible en las tres competiciones. Y caer ante un equipo de Segunda División, pudiendo ser goleado y dando una imagen que no responde a la de un presupuesto de 215 millones de euros sólo debe ser calificado con ese sustantivo e incluso añadirle algún adjetivo. Lo acaecido en Miranda de Ebro es un fracaso rotundo, sin paliativos.

El Sevilla ha permitido que en el bombo de los cuartos de final de la Copa del Rey esté el único equipo que no es de Primera División. En realidad, en la fría noche burgalesa hubo fases en las que pareció que el equipo de superior categoría era el Mirandés de Iraola. Bien trabajado, intenso, más físico incluso que un Sevilla que salió al campo con un once más dado a la técnica que al choque, el conjunto rojinegro recordó por la presión que ejercía sobre los amanerados centrocampistas del Sevilla al Milan de aquellos años 80 ó 90 que atosigaba a los rivales hasta asfixiarlos. Y así terminó el Sevilla, ahogado y goleado. Sonrojante.

Ahogado e impotente, incapaz de generar ocasiones de gol de verdad pese a su incuestionable voluntad. Querer no es poder siempre y Lopetegui incluso corrigió su once inicial con tres cambios al descanso para intentar darle la vuelta a un marcador cuesta arriba desde el minuto 7. La salida contemplativa arruinó al Sevilla.

Vaclík evitó el tercer tanto al inicio de la segunda mitad, ya con 2-0 en el marcador. Le detuvo un penalti con una gran parada a Álvaro Peña, el mismo futbolista sobre el que cometió falta de forma imprudente, y absurda, Diego Carlos al sacar el brazo en la línea de fondo cuando ya se perdía el balón. El VAR se estrenó en los cuartos de final de esta Copa para recordarle, otra vez, a Diego Carlos que no se puede manejar así en el área.

Hubo varios jugadores que quedaron retratados. Koundé, Banega y Munir fueron los sacrificados al descanso. Los dos primeros se vieron señalados en los primeros goles del Mirandés. El tercer tanto fue un homenaje del Sevilla al jugador del Mirandés que profesa la fe sevillista, Álvaro Rey. Protagonizó una galopada tremenda y marcó en segunda instancia el 3-0, ante la pasividad de la defensa, desbaratada ante el fútbol vertical y de empuje de un Mirandés más animoso de principio a fin.

Los elogios de Iraola sobre el poderío físico del Sevilla se quedaron en la galería. Lopetegui optó ante un Mirandés que se hace fuerte en su casa por un once con poca pierna dura. Sin Fernando ni Ocampos, tampoco Joan Jordán. Salieron dos de ellos tras el intermedio. Y ahí, con más coraje, el equipo siguió evidenciando sus problemas con el gol. En-Nesyri tuvo la única ocasión clara de verdad y la mandó al limbo. Y Álvaro Rey podrá contar que un día eliminó en una fría noche burgalesa al equipo de sus amores. Un Sevilla que tiene mucho que mejorar para repartir esfuerzos entre la Liga y la Liga Europa que llega con febrero.

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