Qué más da si fue penalti o no a Ocampos...

Real Madrid - Sevilla | Contracrónica

El Sevilla acentúa su estigma de perdedor en el Bernabéu, donde jugó más de una hora muy dignamente y terminó entregándose cual corderito a un Madrid que lo esperó afilando el cuchillo

Monchi: "Es un penalti clarísimo, cualquier persona obejtiva lo ve"

Bono se seca el sudor mientras los madridistas celebran el gol letal de Vinicius.
Bono se seca el sudor mientras los madridistas celebran el gol letal de Vinicius. / Afp7 / Europa Press

Que borren del calendario el Real Madrid-Sevilla. O que no se presente el equipo y se ahorre esfuerzos y acumulación de amonestaciones y disgustos. Ni porque fuera el decimotercer año sin ganar en el Santiago Bernabéu, ni por la pista para los supersticiosos que podría dar el 13 como el año para acabar con la maldición. El estigma de perdedor le aflora en la piel al Sevilla cada vez que acude al coliseo de la Castellana, por una razón o por otra, o por un cúmulo de razones.

Ni siquiera jugar 70 minutos muy dignamente, con fases de juego esperanzadoras, con un Madrid como acomodado a esperar taimado su ocasión. Esta vez tuvo más ocasiones, mejor juego, el típico penalti no pitado... Pero se acabó entregando al sacrificio.

El Sevilla se fue solito al ara de la inmolación y el Madrid se consolidó como líder en solitario de la Liga. Como el matarife que afila su cuchillo con la chaira sobre el mármol del martirio mientras espera que le traigan el cordero para degollarlo, el equipo de Ancelotti esperó su momento, después de ver cómo el de Lopetegui mandaba sobre el césped, con posesiones larguísimas, con presión alta y con escasas pero afiladas llegadas.

La doble ocasión de Rafa Mir que sacaron Alaba entre los palos y Courtois con la manopla, el tiro a la cruceta de Ocampos... y el penalti del central austríaco sobre el extremo argentino. Razones para la lamentación existen si el Sevilla se quita la piel de cordero para travestirse en plañidera por este luto de 13 años.

Pero, qué más da si fue penalti el derribo de Alaba a Ocampos. Monchi mostró su indignación tras el partido, haciendo de altavoz de un sevillismo que se preguntaba cuánto habría tardado el VAR en corregir a Sánchez Martínez de haberse producido en la otra área. Pero, en serio, ¿qué más da? Habría sido como engordar al cerdo, antes de que llegase su San Martín en el ritual anual de Chamartín, valga el cacofónico pareado.

La impresión después de 14 derrotas ligueras más otras dos coperas y un empate, el de la temporada pasada, que viene a ser como el puntito del honor en la goleada merengue de este periodo negro, es que al Sevilla le falta maldad, veneno, oficio o valor para quitarle el cuchillo al matarife merengue y asestarle el golpe mortal.

Le falta bizarría. Obviemos el nuevo uso espurio de bizarro por raro o extraño, porque lo verdaderamente raro o extraño es que el Sevilla sea bizarro y remate la faena en el Bernabéu con un estoconazo. Él solito se fue aculando con los cambios. Qué lejos quedaba ya el gol y la doble ocasión de Rafa Mir, nuevo en esta plaza. De pronto, el Sevilla le cogió asco al partido y se imaginó ya con el pescuezo sobre el frío mármol. Y Vinicius hizo de matarife para solaz de las tribunas capitalinas, que miraron de soslayo la zancadilla de Alaba. Qué mas da si fue penalti o no...

El yerro de Bono, prólogo de una crónica archileída

El error de Bono en la gran primera parte del Sevilla fue un anuncio de lo que estaba por venir. Como el prólogo de la Crónica de una muerte anunciada, tomando prestado el título de la novela de Gabriel García Márquez. ¿Cómo se le ocurrió al meta marroquí intentar blocar el duro disparo de Militao –desde 33 metros– en lugar de despejarlo? Pues porque debía aflorar el estigma de perdedor... Oalgo así. Su yerro es parte del maleficio, como que rozara a mano cambiada el chutazo de Vinicius, bien controlado casi todo el partido salvo en esa diagonal en la que dejó atrás a Ocampos y Montiel. El estigma deseaba aflorar.

stats