Cuando despedir al portavoz no es lo más conveniente
Opinión / Pisando área
Almeyda es el único que da la cara y el escudo de los que se esconden en un club en el que todos están mudos
Los nervios, el peor intruso posible
LA pregunta resuena en el ambiente como el badajo de una campana. ¿Y en estas situaciones qué se hace? Teniendo en cuenta que el Sevilla actual no es un club como todos los demás, la respuesta o respuestas correctas entran en una nebulosa de gas y se pierden en la niebla hasta una nueva humillación que levante las iras de los que, como diría Sabina, pierden la calma con la cocaína. La duda ahora mismo es si ocurrirá en el Sánchez-Pizjuán o en el aeropuerto. La anterior derrota precisamente ante el Celta motivó un asalto a la ciudad deportiva como el de la Casa Blanca que obligó al equipo –Caparrós incluido– a dormir en las habitaciones contiguas al campo de entrenamiento.
Si el Sevilla fuera un club normal, simplemente tendría que empezar a hacer los deberes para estar preparado. Los entrenadores dan dos tipos de mensaje, el lingüístico y el deportivo. Almeyda, como buen argentino y porque se intuye que es un tío cabal, en uno lo borda. De hecho, es el único portavoz del club y por ahí se ha ganado la mayor parte del respeto que le tiene la afición. En lo que verdaderamente importa demuestra que no está adaptado a un fútbol de la exigencia del español y con un modelo que sólo es posible –o así lo parece– con entrenamientos que no se veían por aquí desde Óscar Tosato.
Tampoco está el equipo en descenso y ahí el contrato tiene rebaja, pero de cualquier manera es el portavoz y el escudo de un presidente y un director deportivo mudos. Alguno entra en pánico sólo con pensarlo...
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