Sevilla - Espanyol

Un triunfo para exagerar y mucho

  • Un excelente gol de Ben Yedder en los instantes finales le da al Sevilla tres puntos que cobran valor a la vista del nivel mostrado por el Espanyol

  • La pelea sin desmayo y con calidad obtuvo el premio de la remontada

Franco Vázquez y Carriço celebran junto a Mercado el tanto del empate para el Sevilla. Franco Vázquez y Carriço celebran junto a Mercado el tanto del empate para el Sevilla.

Franco Vázquez y Carriço celebran junto a Mercado el tanto del empate para el Sevilla. / Antonio Pizarro

El Sevilla tiene motivos de sobras para irse al parón con una sonrisa de oreja a oreja. El cuadro de Pablo Machín le dio la vuelta al marcador en un partido que enfrentaba al segundo, el Espanyol, y al tercer clasificado de la competición liguera y, que nadie se llame a engaño, las dos escuadras justificaron sobre el césped la posición en la que arribaban a este choque de trenes. Eso le otorga aún más valor a la victoria de los anfitriones, que tuvieron que hacer una infinidad de cosas bien para voltear la situación desde que llegara ese tanto de Borja Iglesias hasta que Ben Yedder con su sutileza de fútbol sala hiciera explotar a todo el Ramón Sánchez-Pizjuán. Las mejores imágenes del partido

Había motivos para ese estallido postrero. Está claro que no era una final, que nada tendrá que ver con aquella cita entre los mismos contendientes en Glasgow, pero el fútbol no entiende de situaciones pasadas y sí se instala en el día a día. Por tanto, todos los sevillistas, como el resto de las aficiones que en el mundo haya, tienen el derecho a exagerar y a disfrutar como les venga en gana de los triunfos. Y éste, en concreto, les dio motivos más que suficientes para hacerlo por todo lo alto.

Porque el Sevilla-Espanyol no estaba anunciado en la cartelería con ninguno de los tres grandes dominadores del fútbol patrio presentes, pero sí fue un litigio con todos su avíos y los condimentos necesarios para que se cocinase un guiso exquisito. Fue un enfrentamiento entre dos escuadras que no se guardaron nada y que atacaron sin cesar cada vez que el balón les caía en su poder. Allí no se ahorraba ninguna carrera y no había ni un solo momento para la especulación, todo era ir y venir, arriesgar para ganar.

La moneda, pues, estuvo en el aire durante la mayor parte del tiempo y a cualquiera que le hubiera salido cara tendría todo el derecho a sentirse como un triunfador. Al final, después de un extraordinario pelotazo con la derecha de Ben Yedder que rozó con la yema de los dedos Diego López antes de estrellarse con virulencia en el larguero, en un paradón escalofriante del guardameta que defendiera durante medio año la camiseta sevillista, llegaría el momento cumbre de todo.

Minuto 89, en pleno éxtasis atacante de los dos equipos, Andre Silva derrama hasta la última gota de sudor a pesar de sus problemas físicos. El portugués no da por perdida una pelota que parecía que se le escapaba ya, y con ella una nueva oportunidad. La toca lo justo para que el esférico caiga en los pies de Banega, ya en su nueva posición de interior tras la permuta de Gonalons por Franco Vázquez. El argentino se para, mira, otea el horizonte y ve que llega un pequeño diablo desde la derecha hacia la izquierda para buscar el espacio y desordenar a esos dos magníficos centrales que responden por David López y Mario Hermoso.

El pase de Banega, como no podía ser de otra forma, es propio de Banega y la ejecución del pequeño diablo, al que su musculatura resentida no le impedía pegarse ese sprint casi con el tiempo cumplido, es sublime. Ben Yedder recuerda en ese momento sus tiempos de internacional de fútbol sala para darle al balón casi con la uña del dedo. Es una mezcla de pelota picadita o sencillamente de ponérsela imposible a un Diego López al que, en su salida ya desesperada, casi le afeita la barba para entrar junto a su rostro.

Es la narración del momento decisivo de la contienda, pero la realidad es que ésta estuvo cargada de contenido desde el minuto uno al 96, si se suman los añadidos de cada periodo. El Sevilla no lo tuvo fácil, en absoluto, para seguir demostrando que cada vez es mejor equipo bajo las órdenes de Machín. Los blancos se dispusieron con el mismo sistema que tan buenos resultados les viene dando, refrescaron el once con respecto a la cita con Turquía e introdujeron la principal novedad de Promes en el lugar del renqueante Ben Yedder.

Con semejantes mimbres, a los 59 segundos ya habían creado la primera ocasión de gol a través de presionar la salida del Espanyol, recuperar la pelota y disparar con celeridad a través de Sarabia. Pero esta acción no iba a suponer un monólogo de los blanquirrojos, para nada iba a ser así, porque los visitantes también se plantaban con orden y acumulaban piezas por el centro para hostigar a Banega e impedir que éste conectara con el Mudo y Sarabia.

El pulso fue apasionante, ambos equipos ofrecía un fútbol de verdad y de mucho contenido. Las llegadas eran continuas, aunque tal vez las más peligrosas pertenecieran al Sevilla. Por ello, fue aún más frustrante para Machín y los suyos que quien acertara fuera Borja Iglesias. Pero ni esto siquiera provocó la dimisión de los locales, que apretaron con más fuerza aún si cabe en el tramo final del primer acto.

Diego López tenía el día inspirado y fue quien impidió la restitución de la igualada, algo que volvería a repetir en la reanudación hasta que un saque de esquina botado por Banega fue rematado casi sobre la raya de gol por Mercado. Paradójicamente, se había producido un cambio del Espanyol en ese momento, algo que dicen los clásicos está terminantemente prohibido en un córner en contra.

Restaban aún 20 minutos por delante para que todo se convirtiera aún en más trepidante. Atacaba el Sevilla, replicaba el Espanyol, entraba Gonalons al campo y aún más se incrementaban las salidas al ataque. Diego López le hacía un paradón a Andre Silva, otro a Carriço y Vaclik lo imitaba con una gran intervención ante Sergio García. El tiro de Ben Yedder que desviaba Diego López a su travesaño...

Era una vorágine de fútbol espectacular hasta que llegó esa picadita de Ben Yedder para que todo el Ramón Sánchez-Pizjuán estallara al unísono de júbilo. El éxtasis fue total y había motivos más que sobrados, incluido el segundo puesto liguero, para que así fuera.

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