El Sevilla de Quique Sánchez Flores es un tristísimo poema (1-1)

Sevilla-Osasuna | La crónica

El inconexo equipo evidencia que no tiene plan ni fútbol ni para explotar el factor campo y firma un empate ante Osasuna que lo mantiene cerca del fuego

Isaac puso la nota positiva con su gol y Suso vio una injusta roja, por consejo del VAR, en el minuto 86

El sevillismo protesta contra la gestión del club

Los sevillistas, contrariados tras encajar el gol del empate.
Los sevillistas, contrariados tras encajar el gol del empate. / Juan Carlos Vázquez

El semblante serio, grave, taciturno, por momentos semidepresivo de Quique Sánchez Flores en el banquillo es el semblante de todo el sevillismo cuando ve jugar, o intentarlo, a su actual equipo, que es un tristísimo poema, un canto a la impotencia. Una banda que va de despropósito en despropósito. Ante Osasuna firmó un raquítico empate (1-1) que, para el que se quiera consolar, corta la racha de cuatro derrotas consecutivas, es cierto, pero que conduce a una descorazonadora racha de un punto de los últimos quince en juego.

Con 16 jornadas por delante, los sevillistas suman un punto más que el Cádiz, que marca la frontera del descenso, e incluso adelantan al Celta por su mejor diferencia de goles. Para echarse a temblar el cometido que el lánguido equipo de Nervión tiene por delante. Y por lo pronto, afrontará a Rayo fuera, Atlético en casa, Valencia y Real Madrid fuera y Real Sociedad en casa. Luego vendrán las batallas con los rivales directos por la salvación, quién sabe si con Quique aún en el banquillo.

Por ahora, el entrenador sevillista no está haciendo valer su experiencia para armar un equipo ensamblado aun limitado, al menos incómodo en su mediocridad. Nada de eso. Su sistema 5-3-2 ni da solidez atrás, ni presencia y mando en la zona ancha, ni llegadas desde atrás. Juega, o trata, un equipo tan corto que no es capaz de explotar el factor campo. Es más lastre que palanca el Ramón Sánchez-Pizjuán. La presión les aplasta las cabezas a quienes defienden el escudo.

Mucho antes de la surrealista roja directa en el minuto 86 de Suso, que tocó balón aun enseñando taco y que incluso se giraba en el suelo para mitigar su impacto en Aimar –Isidro Díaz de Mera convenció a Cuadra Fernández– ya deambulaba sobre la yerba un equipo fracturado, sin continuidad, que perdía cada balón dividido, que empeoró con los cambios –Soumaré estuvo mejor con Agoumé por detrás, Pedrosa empeoró a Acuña, Juanlu no mejoró a Navas y Rafa Mir, que entró por Marcao para cambiar a defensa de cuatro, es como la letra pe de psicólogo– y que se defendía por pura acumulación de piezas en el área propia ante un Osasuna crecido.

Tan poco dio el Sevilla cuando los rojillos ya habían vuelto a sacar las vergüenzas del Sevilla a balón parado –minuto 55, córner desde la derecha, Budimir peina ante Soumaré, David García la mete con fuerza al área pequeña y el croata remacha–, que el punto, objetivamente feísimo, fue más guapo y más guapo a medida que se desgranaban los minutos. Y más con la roja a Suso.

Lo único bueno de otra tarde que ya empezó de puro plomo por el minuto se silencio en memoria de tres ejemplares sevillistas, fue el soplo de aire fresco de Isaac Romero. Su astucia y pólvora le abrió ese gris cielo al Sevilla. Avisó el lebrijano ya en el minuto cuatro con una acción preñada de mala intención, de buen delantero, al recibir en el área, recortar a Catena y dibujar un tiro raso, pero no lo suficientemente ajustado, que desvió Sergio herrera con agilidad.

Veintiún minutos después, Isaac ya se había aprendido la lección y en una segunda situación muy similar no perdonó. Recibió la pelota del saque de banda de Acuña y en su control con el pecho ya tenía el sevillista en la cabeza el regate a Catena en cuanto el cuero bajara al piso. Fue lo que hizo de nuevo ante el espigado central rojillo. Pero esta vez ajustó su tiro, que ejecutó con celeridad, casi sin armar la pierna, y por ahí le ganó el lebrijano a Sergio Herrera el tiempo necesario para que el portero ni siquiera se flexionra para lanzarse. La pelota, con una preciosa comba, fue a besar el lateral de la red por dentro. Un golazo que debía serenar a sus compañeros de blanco. O eso debía.

No obstante, el esquema 5-3-2 de Quique Sánchez Flores no procura en la zona ancha el control necesario para que al de enfrente le cueste asomarse al área de Nyland. Jesús Navas y Acuña se alineaban muy atrás, a la altura de los tres centrales, y a Agoumé –encima condicionado por su amonestación en el minuto 6– y Soumaré les costó imponerse en esa sorda lucha en la medular.

El Sevilla sólo respiraba cuando Acuña o Marcao soltaban un templado pelotazo a la espalda de la zaga de rojo, generalmente al que mejor se desmarcó, Isaac. Así, a la media hora, el delantero del filial ganó la línea de fondo dentro del área y asistió a Lucas Ocampos, que se incorporaba al área pequeña a su derecha. Juan Cruz falló al cerrar y el argentino se encontró con un regalo, pero Sergio Herrera le tapó el ángulo.

De ahí al final, dos tiros centrados, el primero de Acuña (49’) y el segundo de Ramos, ya en el 95. A punto estuvo de llegar Mir al rechace de Herrera. A puntito.

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