Una nueva oda a la congoja

El Sevilla pone a prueba otra vez el corazón de sus hinchas ante un Alavés que amenaza con aminorar el crédito de Almeyda

Almeyda: "Tenemos que sacarnos de la cabeza que aquí el balón es una bola de fuego"

Una imagen del grupo en un entrenamiento.
Una imagen del grupo en un entrenamiento. / Ismael Rubio

El sevillismo se ha curtido la piel en el sufrimiento, el drama y en la permanente tortura a un corazón maltratado. No encuentra consuelo una afición que ya ve normal el engaño por parte de sus dirigentes. Se ha tomado a risa la exposición de su presidente en un medio de comunicación en la que pocos o ningún mensaje resultó creíble. Habrá opiniones para todos los gustos –sin duda–, pero quizá lo que sí habrá que agradecerle es la decisión que se apropió de que Sergio Ramos, con 40 años, no vaya a ponerse (al menos de momento) la camiseta del Sevilla sobre el césped del Sánchez-Pizjuán.

Cuando aún están frescas las fatiguitas para sacar un puntito ante el Girona en este mismo escenario, para lo que los guantes de Vlachodimos fueron providenciales, otra oda a la congoja generalizada amenaza con aparecer por el vetusto y descolorido coliseo nervionense. La visita del Alavés es otro trago para el equipo de Matías Almeyda, un técnico aún con el crédito de color verde aunque cada jornada adquiere tonos más parduzcos. El argentino en estas semanas lo que ha podido comprobar es que ninguna confianza es eterna por mucho que se grite a los cuatro vientos que no se cuestiona el trabajo del entrenador. Sin victorias ya se sabe qué es lo siguiente en llegar, aunque en el Sevilla haya que hacer una colecta entre los consejeros delegados y otros miembros de la cúpula, que ya se embolsan demasiado dinero como para no rascarse el bolsillo para evitar un descenso que a ellos mismo perjudicaría si es que de verdad están dispuestos a vender.

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Aunque, a decir verdad, no esperen nada de ellos y lo mejor que puede hacer el sufridor sevillista de a pie es confiar y apoyar a muerte al grupo de jugadores que el bonaerense trata de mantener con la máxima intensidad de la que es posible tirar para que no se note la calidad que escasea y que está rayando el mínimo que se requiere en Primera División, una categoría a la que se agarra un equipo que tiene en este mes duelos que pueden marcar su futuro. El primero es ante un rival que siempre le resultó incómodo, que lo eliminó de la Copa y que, aunque ha perdido a su mejor hombre, Carlos Vicente, practica un fútbol que el Sevilla nunca ha sabido dominar.

Lo normal es que a estas alturas no cambie, pero seguir apostando a muerte por los duelos individuales y los seguimientos por todo el campo es entrar en el castillo de Drácula con el cuello al desnudo. Todos los rivales huelen sangre y el equipo se entrega con facilidad al vampírico ataque ante tanto desorden y espacios libres.

De esta forma, si no hay acierto arriba, que la congoja vaya entrando por los vomitorios a la grada está asegurado.

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