La tribuna

Adela Muñoz

El león del Panshir

EL Panshir es un hermoso valle situado al norte de Kabul, la capital de Afganistán. Como todas las elecciones que se celebran a comienzos del siglo XXI, en las afganas ha habido candidatos presidenciales, una campaña electoral con debate televiso, colegios electorales, urnas. Pero ahí terminan las similitudes con las elecciones que nosotros conocemos. Para empezar, no hay un censo de votantes y los que se atrevan a ir a votar no tienen garantía de salir vivos del intento.

¿Quiénes son los candidatos que se han presentado en estas elecciones? El primero y favorito es el actual presidente, el elegante Hamid Karzai, la cara amable de un país feroz, que hasta ahora ha tenido todas las bendiciones de Occidente. Fue elegido hace ahora cinco años, durante los cuales su principal mérito ha sido mantenerse con vida. No ha conseguido la escolarización de una mínima parte de las niñas, ni el desarrollo de la más básica red de asistencia sanitaria, ni siquiera hacer un censo de la población. Desacreditado por la ineficacia de su Gobierno y el aumento espectacular de la corrupción durante el mismo, Karzai ha buscado aliados que le garanticen una nueva victoria. Afganistán es un puzzle complejo, en el cual la sociedad se articula en torno a las distintas etnias: los pastunes, los más numerosos y belicosos que desde siempre han detentado el poder; los tayikos, funcionarios e intelectuales; los hazara, en su mayoría campesinos; los uzbekos y otras etnias minoritarias como los turcomanos. Karzai es pastún, hecho decisivo para su designación como presidente en funciones previa a las primeras elecciones, por lo se ha buscado colaboradores entre miembros de las otras etnias, el tayiko Fahim y el hazara Jalili. Esta estrategia electoral sería impecable si no fuera porque ambos son antiguos señores de la guerra, forma eufemística de llamar a los asesinos que arrasaron el país en beneficio propio, pero fueron recompensados con ministerios porque habían ayudado a las tropas norteamericanas a echar a los talibanes del gobierno. Por si esta ayuda no fuera suficiente, para contentar la sección más retrógrada de la etnia hazara, Karzai ha hecho aprobar en el Parlamento una ley que permite dejar sin comer a las mujeres chiíes, religión mayoritaria entre los hazaras (el resto de las etnias son suníes), que no satisfagan sexualmente a sus maridos. Bravas mujeres esas hazaras, con las que no pueden ni los afganos. Por último, Karzai ha hecho venir del exilio al uzbeko general Dostum, uno de los más sanguinarios señores de la guerra cuyas víctimas se cuentan por miles, y lo ha presentado como su colaborador. Entre otros muchos crímenes está acusado de ser el responsable directo de la matanza de entre 300 y 2000 prisioneros talibán.

Pero esto de la democracia tiene el problema de que pueden presentarse candidatos inesperados. En Afganistán se han presentado varias decenas y han sido aprobados 41, pero sólo uno ha conseguido arrastrar a las masas e inquietar a Karzai: Abdulá Abdulá, que fue ministro de Asuntos Exteriores con Karzai. Este candidato tiene pocas posibilidades, pues aunque su padre era pastún, a él se le ha considerado siempre tayiko, como su madre. Por lo demás, también tiene un pasado notable como señor de la guerra -allí parece que no hay más categorías que los señores de la guerra o sus víctimas- pero los apoyos que se ha buscado son diferentes a los de Karzai. El más llamativo es el de Farida Tarana, una chica famosa por haber sido la vencedora de una especie de Operación Triunfo a la afgana. Pero la principal bandera que ha usado Abdulá durante la campaña ha sido el León del Panshir, apodo del comandante Ahmad Shah Masud, personaje legendario que habitaba en este valle, asesinado dos días antes del ataque a las Torres Gemelas en un atentado suicida, supuestamente ordenado por Osama bin Laden. Un guerrillero que nunca fue vencido ni por los soviéticos ni por los talibanes y se mantuvo fiel a sus ideales hasta el día de su muerte. Era una especie de Che Guevara a la asiática, con el que guardaba un cierto parecido físico, declarado héroe nacional por Karzai. El revuelo que ha levantado Abdulá, indica que los ciudadanos afganos, a pesar de ser analfabetos en su mayoría, son capaces de apreciar los valores que representa el León del Panshir.

Según Abdulá nada está perdido, todo es posible. Esperemos que se equivoque y que haya unos grandes derrotados: los que a lo largo de la campaña no han dejado de usar el Kalashnikov.

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