El café de Clavero

El ministro que descentralizó todo el país y acuñó la frase de "esto debe ser para todo el mundo" no se arrepiente: "Hay que adelgazar la Administración, todas, no sólo la autonómica, pero el modelo de Estado sirve"

30 de enero 2011 - 05:04

CUÁL es la alternativa? ¿Volver al Estado centralista? Parece que no. ¿Dejar sólo a Cataluña y al País Vasco con sus competencias y estatutos? Tampoco. ¿Hay que cambiar el modelo de Estado autonómico? Parece que hay que adelgazar a la Administración, pero no sólo a las comunidades autónomas, también a los ayuntamientos y al Estado. La Administración se debe adelgazar, pero el modelo autonómico sirve". Quien así se pronuncia, utilizando esta dialéctica de preguntas y respuestas, es el catedrático Manuel Clavero Arévalo, el hombre que, como ministro de las Regiones de la UCD de Adolfo Suárez, negoció las llamadas preautonomías antes de que la Constitución fuera aprobada; el hombre que, ya siendo ministro de Cultura, dimitió del cargo ante la oposición de su partido a que Andalucía no accediera a la autonomía plena a través del artículo 151 de la Constitución. Pero con el acierto con que se fraguan ciertas frases que se incrustan en la Historia, Clavero también acuñó una que resume la descentralización plena de España: el "café para todos".

El martes pasado, José Bono, presidente del Congreso, realizó unas sorprendentes declaraciones por su condición de socialista y de ex dirigente de una comunidad autónoma durante más de dos décadas. "El café para todos -dijo Bono- no fue una solución" y "sí un error", que "aún es corregible". Bono, que en su día pudo ser el secretario general del PSOE, se apuntaba así a la tesis de José María Aznar, que hace tres semanas declaró que el Estado autonómico era inviable, una postura que también sobrevuela en el informe sobre la situación económica de España que el ex ministro Eduardo Serra entregó hace unos meses al Rey.

¿Un modelo inviable? La opinión de Manuel Clavero es claramente contraria. Su fórmula pasa por una cura de austeridad y lo que él llama "una vuelta al Derecho administrativo", a un replanteamiento de ese sector público paralelo de empresas, agencias y fundaciones, que no es exclusivo de las comunidades. También del Gobierno central y de los ayuntamientos. Eso sí, Clavero, como otros expertos, han apuntado las dudas que sí se abren sobre el futuro de las diputaciones.

Incluso el PP, en la convención del fin de semana pasado en Sevilla, rebajó su posición, la elducoró hasta reducirla a un llamamiento a la austeridad. Es más: el presidente gallego, Alberto Núñez Feijóo, llegó a aconsejar al Gobierno que se fijase en lo que estaban realizando algunas comunidades autónomas. Algo parecido ha venido haciendo el líder del PP andaluz, Javier Arenas, en los últimos días.

Las declaraciones de Bono se produjeron, además, en un contexto muy a tono con su nueva creencia. Presentaba en un centro cultural de la Generalitat en la capital del España un libro autobiográfico del peneuvista Iñaki Anasagasti titulado Un extraño en Madrid. Es decir, un autor y un lugar como que ayudaban a entender que el aroma del café sólo debería haber sido para las llamadas comunidades históricas, aquellas a las que les dio tiempo aprobar sus estatutos autonómicos antes del golpe de Estado de 1936.

Sin embargo, a la hora de recordar el nacimiento de aquella frase, Manuel Clavero realiza dos matizaciones. Una, sobre el referido café. Más bien lo que él dijo a periodistas, ministros y miembros de su partido y de otras formaciones es que "esto debe ser para todos", y alguien introdujo lo del café. Magnífica aportación, por lo demás, porque dejaba redonda la intención en una España que venía un tanto harta de achicoria. Y el segundo apunte: aquello lo mantuvo Manuel Clavero cuando negociaba la extensión de las preautonomías, los entes embrionarios anteriores a la aprobación de la Constitución de diciembre de 1978.

A finales de octubre de 1977, Josep Tarradellas volvió del exilio, y antes de asomarse al balcón barcelonés al grito de Ja sòc aquí, otra frase para la Historia de España, mantuvo una entrevista con Adolfo Suárez en Moncloa que no fue tan bien como él mismo declaró a la salida del palacio. Clavero recuerda, hoy, que la negociación con Tarradellas se llevó a cabo en Francia, donde el líder catalanista estaba exiliado. De hecho, antes de aterrizar en Barajas, un mes antes, el Consejo de Ministros había restablecido la Generalitat mediante decreto, un hecho insólito, pues un país aún sin la Constitución democrática recuperaba una institución cuya legitimidad provenía de la República. Clavero cerró también los acuerdos con los vascos y con los navarros.

Y, a partir de entonces, se produce uno de los momentos claves del proceso de descentralización: su extensión al resto del país. Andalucía conseguiría su preautonomía en la primavera de 1978, y en junio ya lo habían conseguido 10 regiones.

España comenzó a descentralizarse, a pesar -recuerda Clavero- de la oposición de algunos políticos y de "otras personas que no son políticos, pero siempre están en el entorno del poder". Eso sí: Adolfo Suárez apoyó todo el proceso. Y, así, se llegó a la Constitución. En ese momento, todas las regiones contaban con estructuras regionales de poder a excepción de Madrid, Cantabria y La Rioja.

Pero ya en el segundo artículo de la Carta Magna se intuye cuál sería el otro problema de la descentralización -el su asimetría territorial- cuando distingue entre "regiones y nacionalidades". Todo indicaba que España avanzaba hacia un Estado asimétrico. Unos -posiblemente, vascos y catalanes, porque a los gallegos se les iba a descafeinar su estatuto al no existir allí una fuerza nacionalista- irían hacia una autonomía plena, mientras los demás andarían por otro camino no ya más lento, el del artículo 143, sino además de fin incierto.

Manuel Clavero participó en la redacción del artículo 151 con Miguel Herrero de Miñón, uno de los padres de la Constitución. "Ese artículo lo hice pensando en Andalucía", recuerda el catedrático ahora. El tiempo le daría la razón: sólo nuestra comunidad autónoma tuvo que utilizar este artículo que concedía la autonomía inmediata y plena porque Cataluña, el País Vasco y Galicia la obtuvieron sin referéndum gracias a una disposición que les otorgaba ese derecho al contar con los Estatutos de la República. Las demás fueron por un lento y no tan provechoso 143. Ahora bien, la redacción el artículo 151 extremaba los requisitos para acceder a esa vía: debían solicitarlo las diputaciones, dos tercios de los municipios y ser aprobado en referéndum no por la mayoría absoluta de los votantes de cada una de las provincia, sino del censo.

Clavero dimitió en enero de 1980. Era ministro de Cultura, y su partido, la UCD, propuso a los andaluces que no votarán en ese referéndum. Alguna prensa madrileña llegó a tacharle de "abertzale andaluz". Fuera de UCD, se quedó como diputado en el grupo mixto. El 28 de febrero, Andalucía votó a favor del artículo 151, pero en Almería no se alcanzó el porcentaje del censo. La participación y la voluntad del 28-F fue, sin embargo, tan fuerte que obligó al Gobierno de la UCD a ceder, y el problema almeriense se resolvió mediante una votación en el Congreso de los Diputados que se ganó "por un solo voto", tal como recuerda hoy Clavero. Pero para llegar a lo que hoy conocemos como el café para todos se hubo de dar un paso más. El revés que la UCD de Adolfo Suárez recibió en Andalucía y la marcha atrás que hubo de dar en Galicia desembocaron en los llamados Acuerdos Autonómicos firmados por el Gobierno de la Nación y el PSOE el 31 de julio de 1981. La consecuencia fue que las comunidades que no tenía estatutos -se las llegó a llamar "los 13 del patíbulo"- irían por el 143, más lento, pero alcanzarían al final una autonomía plena. Los Acuerdos incluyeron, no obstante, ciertas restricciones, en especial al funcionamiento de los Parlamentos, aunque con el tiempo éstas se fueron diluyendo. Hubo una segunda ronda igualatoria en los Acuerdos de 1992, ya con el PP incorporado a ellos. Nació otra España que, posiblemente, ninguno de los constituyentes llegó a escribir con anterioridad en una pizarra, un camino plural, pero, efectivamente, abierto a otras tensiones: la primera, que a catalanes y vascos no les gustó, siempre quisieron ir un poco más allá, y la segunda, la tendencia a la elefantiasis de la Administración.

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