ANTONIO CANALES I CRÍTICA

Canales marca el compás a Sevilla

El artista, este jueves en el Lope de Vega. El artista, este jueves en el Lope de Vega.

El artista, este jueves en el Lope de Vega. / Juan Carlos Muñoz (Sevilla)

Antonio Canales apareció en escena sólo en la segunda obra de este reencuentro con la Bienal donde el bailaor conmemoraba su carrera poniendo sobre las tablas su obra más emblemática y su última creación. Aquí, encarnando a Machado, recitó los conocidos versos del poeta y le bastó bailar una soleá por bulerías y poco más para que el público se pusiera a sus pies.

Claro que esta devoción que la ciudad le profesa no nace sino de un agradecimiento. Porque los espectadores sabían que, más allá de en su personalísimo baile, la esencia de Canales estaba esparcida en cada una de las fértiles coreografías, de las poderosas imágenes y de las plásticas composiciones que respiraban las propuestas.

Es decir, si Canales es maestro en Sevilla es porque pocos como él han sabido ponerle baile a la ciudad recreando, desde lo emocional, los claroscuros de una tierra que convive sus tradiciones de una forma tan visceral. Por eso, a pesar de que la temática de Torero resulte ahora anacrónica, sobrevive a sus más de 25 años de historia gracias a la solidez de su planteamiento y, más aún, a su vinculación con los sentimientos universales.

Pocos como él han sabido ponerle baile a la ciudad recreando, desde lo emocional, los claroscuros de una tierra que convive con sus tradiciones de forma tan visceral

Además, aunque todo lo que en su momento resultó innovador seguramente no genere ahora esa promesa, el excelente ritmo teatral de las piezas, la tensión dramática que genera, la riqueza de la música y del baile y el excelente elenco que la sostiene –con una soberbia Mónica Fernández en el papel de toro a la que sólo le faltó que la piel le sangrara– sirven para refrendar el trascendente papel del sevillano como creador. Al fin y al cabo dónde, sino es en sus trabajos y en sus enseñanzas (que conservan tantos jóvenes que le han seguido y le siguen sus paso), se guarda el verdadero legado de un artista.

Era difícil, eso sí, olvidar la energía de esta parte y adentrarse en el guion

de otra propuesta después ya de una hora, pero había tantas ganas de verle que rápidamente se acercaron las miradas. Así, pasamos a un formato más íntimo en el que el baile iba ligado a Aquellas pequeñas cosas, como cantó un pletórico David el Galli en la preciosa versión del tema de Serrat.

En este ambiente, Canales le dio el sitio a quienes le acompañaban presumiendo también de su papel como descubridor de talentos y queriendo decir que hasta los más grandes deben conservar la ilusión de seguir aprendiendo de quienes vienen detrás. Disfrutó, por tanto, de la fuerza y el arrojo de Carmen la Talegona y del gusto y la sensibilidad de un prometedor David Cerreduela y, entre tanto, se dejó llevar por la inspiración regalando ese juego de muñecas, esa caída de hombro, ese golpe de cadera, ese zapateado que habla o ese guiño con el que sigue jugando a marcar el compás de Sevilla.

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