Sorry we missed you | Crítica Loach y Laverty: una escena, un problema

Una imagen de la familia protagonista de 'Sorry we miss you', de Ken Loach. Una imagen de la familia protagonista de 'Sorry we miss you', de Ken Loach.

Una imagen de la familia protagonista de 'Sorry we miss you', de Ken Loach.

Pocas veces el modelo de Ken Loach y Paul Laverty había estado tan apretado y resultado tan ineficaz como en esta Sorry we miss you, enésima entrega de ese cine de denuncia social en clave realista que ambos llevan practicando conjuntamente desde La canción de Carla (1996) y que ha sido seña de identidad del primero prácticamente desde su debut en 1967 con Poor cow.

Un modelo adaptado ahora a la precarización laboral en tiempos de Amazon y otras franquicias que ha arrasado con los derechos laborales y convertido en nuevos esclavos del siglo XXI a los trabajadores que, abatidos previamente por la crisis económica, no encuentran otra opción de llevar un sueldo a casa que vendiendo su alma al demonio neocapitalista.

El problema con Loach y Laverty no suele ser nunca de fondo como de forma, y esta película evidencia esa tendencia, tan didáctica como explícita, a encorsetar la historia en un esquema que equipara sistemáticamente la unidad de acción de la escena con el conflicto, a veces con varios, en una auténtica saturación por asfixia de toda posible respiración propia de las situaciones planteadas en aras de exposición didáctica, maniquea y conceptual de los asuntos.

Para entendernos, no hay escena sin problema: la cosa empieza mal, sigue peor y termina fatal, con el agravante aquí de que el humor ha saltado por la ventana y en el horizonte no se atisban ya ni tan siquiera esas dosis de justicia poética o pataleta proletaria que han salvado o redimido a sus personajes (y de paso al espectador) en ocasiones anteriores.

Sorry we miss you vuelve a confundir la realidad más denunciable con el cuento moral apretado hasta la náusea, la denuncia social con el drama sensacionalista, la historia concreta con la enmienda a la totalidad del sistema, casi hasta el punto en que los personajes no son tales sino meras marionetas para la función teórica. Y es que tanto sufrimiento, tantas desgracias, tantos palos en las ruedas y contrariedades no pueden concentrarse en una misma familia y en una misma hora y media.