EMMA | CRÍTICA DE CINE Ejemplar fidelidad de De Wilde a Jane Austen y a sí misma

  • El regalo de la película es el de enfrentarnos a la novela como si la leyéramos por primera vez

Anya Taylor-Joy y Callum Turner en un fotograma de la cinta. Anya Taylor-Joy y Callum Turner en un fotograma de la cinta.

Anya Taylor-Joy y Callum Turner en un fotograma de la cinta.

Tengo como las mejores de las muchas adaptaciones que se han hecho de las novelas de Jane Austen las de Orgullo y prejuicio (en España titulada Más fuerte que el orgullo) de Robert Z. Leonard con Greer Garson y Laurence Olivier (1940) y Sentido y sensibilidad de Ang Lee con Emma Thompson y Kate Winslet (1995). Pongo junto a ellas esta Emma dirigida por la consagrada fotógrafa Autumn de Wilde, autora de célebres retratos de cantantes en una vocación que parece determinada por su lugar de nacimiento, Woodstock, y por el oficio de su padre, fotógrafo comercial que también retrató a referentes musicales de los 60 como Hendrix. Su mérito mayor es ser fiel a la vez al espíritu y la letra de la novela de Jane Austen y a su propio talento creativo demostrado en este debut en la dirección de largometrajes tras entrenarse con videos musicales.

Una tarea no fácil, dadas las muchas adaptaciones al cine y sobre todo la televisión de esta novela. La primera fue televisiva en 1948 siguiéndole otras adaptaciones televisivas en 1960, 1972, 1996, 2009 y 2013. A ellas hay que sumar la correcta versión cinematográfica de Douglas McGrath con Gwyneth Patrol (1996) y el aggiornamento hortera de Amy Heckerling Clueless (1995). Pero Autumn de Wilde va más allá de la corrección y por eso su mirada sobre Austen se iguala con las cumbres de Leonard y Lee.

Proporciona a la vez el placer de un fidelísimo reencuentro con el muy reconocible universo de Austen y del descubrimiento de una nueva forma de acercarse a él llena de inmediatez y frescura. El regalo que hace la película es, así, el de enfrentarnos a Emma como si la leyéramos por primera vez, quitándole las capas que el uso y hasta el abuso de la obra de esta gran escritora, esquivamente situada en una línea imprecisa entre la gran literatura inglesa del XVIII y el esplendor de la novela victoriana, entre el neoclasicismo y el romanticismo. Austen era una neoclásica que fundía el juicio racionalista y la sensibilidad (contenida en los límites de la razón) del coetáneo romanticismo: nació en 1775, poco después de que Fielding, Defoe y Richardson murieran, y falleció en 1817, cuando Gaskell, Trollope, Dickens, las Brontë o Thackeray eran aún niños, coetánea de Byron y de Shelley, pero situada en las antípodas de sus románticos excesos.

Importantísima, lógicamente, es la dirección de Autumn de Wilde. Pero también los instrumentos/cómplices creativos de los que se ha rodeado. La perfecta, inteligente y creativamente historicista banda sonora de Isobel Waller Bridge, multifacética compositora de cine, televisión, teatro y obras de concierto capaz de fundir lo contemporáneo y lo clásico, el jazz y la música electrónica, aquí componiendo para una formación clásica en un tono que funde la emoción y la ironía de Austen, la canción popular inglesa y la música de salón, con insertos de canciones de folk inglés interpretadas por The Watersons y Maddy Prior. La exacta dirección fotográfica de Christopher Blauvelt, capaz de crear los perfiles exactos y el tono frío de la pintura neoclásica pero también de matizar las luces cuando brota la emoción. El diseño de producción de Kave Quinn -tan versátil como para ir del realismo sucio de Trainspotting al victorianismo de Lejos del mundanal ruido o la recreación del universo Garland en Judy- y el vestuario de la oscarizada Alexandra Byrne (Hamlet de Branagh, El fantasma de la ópera de Schumacher, Descubriendo Nunca Jamás de Foster, Elizabeth de Kapur).

Y, por supuesto, las interpretaciones de Anya Taylor-Joy -la reconcentrada intérprete de la estupenda Gambito de dama cambiando por completo de registro al convertirse en la ambiciosa, arrogante y pícara Emma- y del cantante folk Johnny reconvertido en un muy convincente señor Knightley. Con estos elementos y su propio talento para ensamblarlos Autumn de Wilde logra lo más difícil: absoluta fidelidad a Austen, sin esos estúpidos aggiornamentos dictados a medias por el cálculo y la corrección política, y a la vez a sí misma, dándonos la que para mí es la tercera joya cinematográfica basada en Austen.

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