La ventana
Luis Carlos Peris
Las noticias, una a una
Primer viernes de marzo. Las tardes se alargan, pero las horas se acortan bajo sus pies y la sombra del Viernes definitivo se va acercando. Fuera, en el atrio de la ciudad, la luz adolescente juega a resbalarse despreocupada por lo pretiles y las tazas de las fuentes. Mientras, en el interior del templo, Jesús Nazareno derrama su mirada inacabable para saciar a los sedientos que quieran acercarse.
El cielo parece más cerca desde que no lo sujetan las azucenas, más encima, y su manto color noche recuerda a Belén, a Getsemaní, al litóstrotos de la madrugada del Viernes Santo, mientras hoy las horas se acortan bajo sus pies. Dulcísimo Señor del día y la noche, del tiempo y las estaciones, de tempestades y calmas, de panes y peces, del sábado y las espigas, de la Madrugada, de su origen y sus horas. Su cetro es la cruz abrazada, y en ella cada una de nuestras heridas, miedos y rostros queridos. Su sombra es un largo cortejo de afiladas siluetas negras, inmóviles, silentes, impávidas, como ausentes. Y una luz pura, brillante y azahar al final, siempre acompañando.
En este tiempo complejo, tan volátil y ambiguo, donde todo es relativo y nada permanece, Él es el mástil que se mantiene firme, al que asirse en la tormenta. La viga que sostiene nuestra vida en la zozobra, el cayado en el que apoyarse en el caminar del día a día. Así se cumple de nuevo el ciclo, y otra vez amanece el primer viernes de marzo. Despunta con sonido férreo de cerrojo que se descerraja, porque comienza a abrirse poco a poco el portón de una nueva Madrugada, mientras las horas se acortan bajo los pies de Jesús Nazareno.
También te puede interesar
La ventana
Luis Carlos Peris
Las noticias, una a una
El reto de la independencia energética
El parqué
Sesiones negativas
Dios, a la intemperie
Eduardo del Rey Tirado
Jesús Nazareno