Doctor Sueño | Crítica La larga sombra de Kubrick

Ewan McGregor, en 'Doctor Sueño'. Ewan McGregor, en 'Doctor Sueño'.

Ewan McGregor, en 'Doctor Sueño'.

El resplandor, publicada en 1977, es para mí, junto a Cementerio de animales, la mejor obra de Stephen King. Lo que quiere decir que pasé mucho miedo leyéndolas. Y del bueno, es decir, producido con esas buenas maneras literarias que a veces se echan de menos en este extraordinario, pero en muchas ocasiones tosco, fabulador. Cementerio de animales no tuvo suerte en el cine en sus tres adaptaciones de 1989, 1992 y 2019. El resplandor, en cambio, tuvo la inmensa fortuna de que la filmara Kubrick en 1980. A muchos les costó digerirla entonces, sobre todo a King, que la aborreció, pero ha ido creciendo con el tiempo hasta convertirse en un clásico del cine de terror.

Los productores y el director de esta secuela debían saber que donde Kubrick ha puesto la mano nadie más debería ponerla. Le pasó a un correcto director, Peter Hyams, cuando se atrevió a rodar una secuela de 2001: una odisea del espacio. Y le pasó -en este caso con más fundamento porque es un hortera- a Adrian Lyne cuando se atrevió a hacer un remake de Lolita.

El aseado pegaplanos Mike Flanagan debía haber tenido en cuenta estos precedentes, saber quién es Kubrick y tener claro quién es él antes de meterse en el berenjenal de filmar una continuación de El resplandor. Sus películas anteriores –Absentia, Oculus, Somnia, Silencio, El juego de Gerald o la televisiva La maldición de Hill House- eran mediocres o directamente malas, pero por lo menos gozaban de la inmunidad de no tener puntos de comparación. Esta sí, para su desgracia.

Los autores del filme deberían saber que donde Kubrick pone la mano nadie más debería ponerla

Si la película de Kubrick no existiera esta sería otra mediocre adaptación (y van unas cuantas) de una novela de King. Porque Flanagan y su coguionista Akiva Goldsman, autor de los buenos guiones de El cliente y Tiempo de matar para Schumacher y de Una mente maravillosa y Cinderella Man para Howard, se basan en la secuela escrita por el novelista en 2013. Pero la película de Kubrick existe (al igual que la novela primera de King, muy superior a su secuela). Y la comparación daña tanto a la novela como a esta película, reduciéndola a poca cosa e incluso irritando por su atrevimiento pese a ser muy fiel a un Stephen King venido a menos.

Años después Danny Torrance está hecho polvo, perseguido tanto por lo que vivió en el hotel como por el recuerdo de la locura de su padre y el peso de su don. Pero he aquí que unos devoradores del don de los niños -que exprimen haciéndoles sufrir- le obligan a volver a la acción abandonando su eutanásico trabajo de ayudar a morir a ancianos. Hay que agradecerle a Flanagan que opte más por el terror psicológico y la sugestión que por lo explícito y el sobresalto. Ewan McGregor, como casi siempre, está muy bien; Rebecca Ferguson, tirando a ridícula (en gran medida a causa de su personaje). A King, que rechazó la película de Kubrick, le gustará esta. Y esto es lo peor que se puede decir de ella.

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