Nieva en Benidorm | Crítica Poesía de neón y chiringuito

Tengo curiosidad por saber lo que opinará de Nieva en Benidorm Iñaki Uriarte, el escritor neoyorquino-guipuzcoano que ha hecho precisamente de la ciudad de vacaciones valenciana su hogar adoptivo y el que mejor ha defendido sus bondades escondidas en esos maravillosos Diarios que ha ido publicando a regañadientes en Pepitas de Calabaza.

Al fin y al cabo, el nuevo filme de nuestro último Premio Nacional de Cinematografía intenta hacer de la ciudad de los rascacielos, los chiringuitos ruidosos y la invasión turística británica de garrafón un escenario poético, onírico y casi fantasmal en el que cruzar almas perdidas y tipos excéntricos en una (falsa) trama detectivesca con capítulos meteorológicos y apuntes sobre la corrupción que tiene más de pretexto o morcilla que otra cosa. Nieva en Benidorm redunda así en esa vocación coixetiana de convertir lo cotidiano en algo cargado de posibilidades líricas, un proyecto que no siempre coge el tono y el vuelo adecuados y en ocasiones se escora peligrosamente hacia la cursilería o la impostura.

Pero hay también otra cuestión que nos distancia de su propuesta más allá del extrañamiento ambiental y melancólico de un paisaje urbano conocido, y esa es, fundamentalmente, la sensación de arbitrariedad estilística que atraviesa la película, y que nos hace preguntarnos siempre el porqué de un plano, un movimiento de cámara, un travelling o una determinada decisión de montaje y no otros. Con Coixet uno siempre sospecha que la búsqueda de un estilo es siempre una cuestión de malas decisiones o de decisiones caprichosas. Tal vez por eso suele ser más efectiva cuanto más invisible o transparente su puesta en escena.

No es el caso de Nieva en Benidorm, cuya sucesión de estampas, encuentros románticos (entre un desmejorado Timothy Spall y una hermosa Sarita Choudhury), misteriosos personajes satélite, risibles atracos a mano armada y recuerdos postizos del paso de Sylvia Plath por sus playas se nos antoja tan dilatada como carente de intensidad o, ya puestos, de poesía y emoción.