Mi vecino Totoro - 30º Aniversario | crítica Regreso al bosque encantado

Una de las muchas imágenes emblemáticas del ya clásico 'anime' de Miyazaki. Una de las muchas imágenes emblemáticas del ya clásico 'anime' de Miyazaki.

Una de las muchas imágenes emblemáticas del ya clásico 'anime' de Miyazaki.

Valga este 30º aniversario para volver una vez más, y ahora en pantalla grande, a Mi vecino Totoro, la obra maestra animada de Hayao Miyazaki, uno de los cuentos infantiles más maravillosos jamás paridos por el cine, luminosa invitación al juego, la aventura y la fantasía que no escatima a los niños los peajes del descubrimiento de la vida adulta o el mismísimo acecho de la tragedia.

Estrenada el mismo año que La tumba de las luciérnagas, de Isao Takahata, si acaso el filme de animación más triste y hermoso del mundo, Totoro inauguraba la edad dorada de Ghibli como estudio y modelo alternativo al todopoderoso imaginario Disney para las nuevas generaciones de espectadores en la frontera de los siglos XX y XXI. Juntas conformaron un tándem imparable en la configuración de un trazo, unas formas, una paleta de colores y un universo fabulador que no han hecho sino crecer título a título hasta esa nueva dupla, ya crepuscular y premonitoria de una lenta despedida, fraguada con El cuento de la princesa Kaguya y El viento se levanta, estrenadas en 2013.

Pero Mi vecino Totoro permanece con los años como la cinta que mejor ha preservado el espíritu de la casa, tal vez por el éxito de sus creaciones icónicas (la figura de Totoro en sus diferentes escalas, el fascinante gatobús volador, los pequeños duendes del polvo que se esconden en cualquier rendija), pero sobre todo por esa capacidad para crear en cada imagen, en cada escena, un momento sublime y arrebatador en el que el sentido plástico del dibujo artesanal, la disposición visual de las figuras en el paisaje, el sentido del gag y la portentosa capacidad para evocar la luz o los elementos atmosféricos o temporales (el viento, la lluvia, la noche, el atardecer) confirman a Miyazaki como uno de los más grandes creadores de formas del cine contemporáneo.

Pero Totoro es también, decíamos, un cuento de iniciación, una celebración de los juegos y la mirada de la infancia, de la llegada a un nuevo hogar, del descubrimiento, bajo la actitud siempre tolerante y permisiva del padre, del sendero (sanador) hacia lo maravilloso que comunica el mundo de los humanos con el de la magia y la naturaleza, en una comunión que Miyazaki disuelve de manera natural a través del trazo y el lenguaje del anime. No hay muchas películas capaces de materializar esa alegría de vivir que está estrechamente unida al acecho de la muerte y lo desconocido, ese despertar al mundo de los sentidos y a su anverso maravilloso en el que retozar sobre la panza de una entrañable criatura, volar por los aires con ella o viajar a toda velocidad en la confortable cabina de un gatobús con paradas personalizadas en el universo de los afectos.