Lou Reed. Una vida | Crítica Lou Reed: una literatura

  • Planeta publica dentro del sello Cúpula la considerada biografía definitiva del músico, una aproximación a la leyenda a cargo de Anthony DeCurtis sin asomo de complacencia

Lou Reed degusta un batido de huevo y chocolate en el café Figaro de Nueva York, en Bleecker Street, en una imagen de 1982. Lou Reed degusta un batido de huevo y chocolate en el café Figaro de Nueva York, en Bleecker Street, en una imagen de 1982.

Lou Reed degusta un batido de huevo y chocolate en el café Figaro de Nueva York, en Bleecker Street, en una imagen de 1982. / Waring Abbott (Getty Images)

Advierte Anthony DeCurtis (Nueva York, 1951) ya en las primeras páginas de Lou Reed. Una vida que difícilmente podría haberse publicado un libro como el que aquí nos ocupa en vida del biografiado, por cuanto su intención desmitificadora se da en toda su amplitud, sin asomo de complacencia y con ánimo notarial en cuanto a la vida y milagros del autor de Satellite of love.

DeCurtis es escritor, periodista, crítico y colaborador habitual de Rolling Stone, pero es su trabajo como profesor en la Kelly Writers House de la Universidad de Pensilvania el que le permitió ganarse el respeto de Lou Reed (1942–2013), quien habitualmente citaba a DeCurtis como ejemplo demostrativo (tal vez el único del que podía echar mano) de que no siempre se llevaba mal con los críticos.

De entrada, por más que la promoción de Lou Reed. Una vida refiera la "larga relación personal" que su autor mantuvo con el músico, DeCurtis es todo lo honesto que se puede ser al respecto y acota esta relación a los términos exactos ya antes de abordar su narración a través de numerosas fuentes testimoniales y bibliográficas. A partir de aquí, DeCurtis lo cuenta todo, o casi, desde la más exigente disciplina del biógrafo, lo que resulta altamente oportuno al hablar de alguien como Lou Reed, en quien las leyendas contribuyeron en exceso a la construcción de un personaje tan repulsivo para unos como fascinante para otros.

DeCurtis da cuenta en su justa medida de los excesos en los que incurrió Reed durante los 60 y 70 en lo relativo a las drogas (sobre todo las anfetaminas, que causaron en el músico una dependencia realmente atroz: la relación del autor de Heroin con la heroína fue más bien circunstancial) y el alcohol y de la redención que protagonizó a partir de 1980 tras conocer a Sylvia Morales, la esposa con la que convivió durante algo más de una década, hasta que la discrepancia respecto a la posible descendencia hizo los estragos definitivos.

Lou Reed en su etapa del álbum 'Berlín', publicado en 1985. Lou Reed en su etapa del álbum 'Berlín', publicado en 1985.

Lou Reed en su etapa del álbum 'Berlín', publicado en 1985. / D. S.

También queda definitivamente despejada la incógnita sobre la identidad homosexual de Lou Reed, a quien desde la adolescencia le encantaba jugar a la confusión y quien convivió durante buena parte de los 70 en su apartamento del Greenwich Village con Rachel, su amante transexual que, para lo bueno y para lo malo, ejerció una influencia decisiva en aquellos años de asumida autodestrucción. Todo aparece convenientemente medido, contrastado y contextualizado. Seguramente por primera vez el hombre trasciende, al fin, a la leyenda.

Entre los elementos más reveladores destacan los pasajes dedicados a la relación que mantuvo a lo largo de su vida Lou Reed con sus padres, Sidney y Toby, hijos de emigrantes rusos y polacos que llegaron a Brooklyn a comienzos del siglo XX. Habitualmente se destaca en los perfiles autobiográficos de Reed que durante su adolescencia fue sometido a tratamientos psiquiátricos que incluían sesiones de electroshock a cuenta de sus arranques de ira y sus inclinaciones homosexuales, lo que determinó en gran medida tanto la personalidad del músico como el hecho de que éste se dirigiera a sus padres siempre en términos muy duros en no pocas canciones.

DeCurtis recupera el episodio pero matiza que el electroshock era un recurso muy frecuentado durante los años 50 en Estados Unidos (donde, recuerda el biógrafo, todavía perdura este tratamiento en varios Estados) y aplicado sin excesivas demoras en cuanto se advertían síntomas vinculados con la esquizofrenia en virtud de diagnósticos poco o nada meditados. El propio Reed era bien consciente: lo que le movió a escribir sobre sus padres no era tanto un reproche sino el saberse radicalmente distinto del hijo que Sidney y Toby habrían preferido tener, y de hecho, aunque no llegó a reconciliarse con su padre, si hubo un acercamiento final (narrado de forma conmovedora por DeCurtis) con su madre. Eso sí, sólo con Laurie Anderson, su compañera desde 1992, llegó Lou Reed a aceptarse a sí mismo.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

Donde menos resultará Lou Reed del gusto de sus fans es en los episodios dedicados a los vínculos del genio con otros músicos: la biografía describe sin reparos los procedimientos seguidos por el neoyorquino (dignos del Yago shakespeareano) para deshacerse de cualquier cómplice capaz de hacerle sombra, como John Cale en The Velvet Underground, David Bowie tras el éxito de Transformer y el guitarrista Robert Quine, que contribuyó a que Reed forjara su sonido característico de los 80 en The blue mask y Legendary hearts.

Cale, por cierto, comparece como merecedor directo de la canonización: tras su despido de The Velvet Underground (anunciada para mayor vergüenza por Sterling Morrison, con Lou Reed quitado de en medio) accedió tanto a los conciertos en el Bataclan de París en el 72 como a la grabación de Songs for Drella en 1990 y a la reunión de 1993, pero también a otros muchos proyectos finalmente malogrados, todo junto a un Lou Reed que difícilmente pudo haber traicionado de manera más dolorosa tanto a John Cale como al resto de damnificados.

De todas formas, se echa de menos una mayor presencia en la biografía del guitarrista y productor Mike Rathke, aliado a partir de 1989 y hasta el fin: el protagonista lo quiso siempre a su lado desde New York, incluso en los proyectos en los que Rathke no participó directamente, y nunca dudó en presentarlo como un artífice fundamental en su carrera.

De cualquier forma, donde más acertado se resuelve DeCurtis es a la hora de mostrar a Lou Reed como una literatura en sí mismo: un escritor que acusó para siempre la lección de su maestro Delmore Schwartz y que cambió la pluma por la guitarra eléctrica para conceder a la poesía la dosis de ruido que reclamaba el siglo XX. Nadie que haya tenido un corazón se arrepentiría. Lou Reed tampoco.

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