El anillo de la verdad | Crítica La oscuridad y sus bordes

  • En 'El anillo de la verdad' Scruton se lanza a desentrañar tanto la fuerte arboladura intelectual de Wagner, como la novedad de su música, plenamente romántica

El ensayista británico 'sir' Rogen Scruton. El ensayista británico 'sir' Rogen Scruton.

El ensayista británico 'sir' Rogen Scruton.

El anillo de la verdad no es sólo, ni principalmente, el libro de un melómano. Sin duda, el lector aficionado a la gran música hallará en él páginas perdurables y una buena porción de motivos para la reflexión. Sin embargo, El anillo de la verdad es, en primer término, una minuciosa incursión en la Historia del arte. De aquel "arte total" que ha teorizado Wagner y que luego veremos reflejado, por ejemplo, en la literatura de Valle-Inclán; pero, sobre todo, de aquel arte, hijo del XIX, que buscará dos fines en apariencia contradictorios: decir lo indecible que vaga y se columbra en el alma humana; y decirlo con una herramienta oportuna, no contaminada por agentes externos. Dicha herramienta, como sabemos, será la música -seguida de la pintura-. Aquélla indecibilidad, no obstante, tendrá una más varia y heteróclita progenie: a la lírica de la Naturaleza, considerada como una deidad mayor, difusa e incontaminada, hay que sumarle su prolongación política (el nacionalismo), así como toda la utillería sentimental que el hombre encuentra dentro de sí y no sabe, o eso piensa, expresarla de manera adecuada.

El hallazgo, pues, de este ambicioso ensayo es de doble naturaleza: si por un lado Scruton presta una especial atención al relieve intelectual de Wagner: esto es, a su larga labor de erudición histórica, filológica, etnográfica, mitográfica, etcétera, que se resume en El anillo del nibelungo, por el otro no deja de subrayar, de elucidar con probidad y solvencia, aquello mismo que otorga su completo relieve a la obra de Wagner; esto es, la utilización de la música como idioma principal -no como acompañamiento melódico- que explique el drama cósmico allí representado.

Como digo, Scruton, luego de reivindicar la figura y la importancia de Wagner; luego de señalar las interpretaciones, no siempre acertadas, de su obra, se adentra en el imaginario del XVIII-XIX y en la compleja crucería ideológica donde El anillo del nibelungo cobrará vida y significado. Lo cual implica una breve visita a las tesis de Herder, de Hegel, de Kant, de Schopenhauer, de Fitche, de Nietzsche, de Winckelmann, de Lessing, de Goethe, de Schiller, de los hermanos Schlegel, de los hermanos Grimm y de cuantos configuran, de un modo u otro, y en diferentes ámbitos, el movimiento romántico. En este sentido, Scruton señala oportunamente la relación de oportunidad, de necesidad, diríamos, que se establece entre las nuevas fuerzas que el Romanticismo descubre y el idioma necesario para desentrañarlas.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

Como hemos mencionado más arriba, dicho idioma será la música, cuya vinculación con el Romanticismo sólo podemos calificar de esencial. Por otra parte, y volviendo a la base intelectual y estética en la que se apoya Wagner, Scruton recuerda a Lessing más en su calidad de discípulo de Winckelmann que en su condición de absoluto refutador del maestro. Y es precisamente en la obra de Lessing donde se encuentra aquello que Scruton indica como necesario para la música de Wagner; esto es, un arte abstracto, sometido a sus propios condicionantes, y ajeno por completo -o casi- a las necesidades externas.

Es esta música la que, según Scruton, Wagner aplicará exitosamente para penetrar en esa oscuridad sin nombre y sin idioma que es el corazón humano; y por extensión, en el corazón mitológico del mundo. Se da así la paradoja, plenamente romántica, de que será una búsqueda de precisión científica aquello que destaque las ínsulas de irracionalidad, opacas al entendimiento, que habitan dentro del individuo. O cuando menos, la brumosa orografía sentimental, no susceptible de cuadriculación, que entonces se revela, y que no haría sino llegar a su ápice mayor, ya en el XX, con Wittgenstein (pero antes, y de modo mucho más hermoso, en Hoffmannsthal).

Lejos, pues, de amonedamiento de Wagner como un destacado nacionalista antisemita, Scruton ofrece aquí tanto la originalidad de su pensamiento como la novedad musical de Richard Wagner. Ambos aspectos, el artístico y el ideológico, no tendrían por qué repelerse el uno al otro. En todo caso, lo que Scruton destaca en Wagner, su profunda aventura intelectual, no marcha en ese sentido: se dirige más a la prometeica soledad del hombre, escindido de la divinidad, y dueño de una libertad señera. Esto es, aquello que el Romanticismo presentará de muy diversos modos: como añoranza, como necesidad, como condena, como miedo abisal, hijo de una oscuridad sin bordes.

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