El Betis rompe en ganador (0-1)
Merino inculca un plan colectivo a los verdiblancos, que enlazan tres victorias con otro gol de Rubén Castro.
El Betis de Adán, de Rubén Castro y de Juan Merino dio un mordisco vital en su prosaico discurrir por la Segunda División y arrancó en Lugo tres puntos de un enorme peso específico, pues supone enlazar por primera vez en este campeonato tres victorias consecutivas, algo de obligado cumplimiento para un aspirante al ascenso.
El aldabonazo en el difícil Anxo Carro, paradigma de plaza de segunda categoría, avala un plan, el de Juan Merino. Ese gol, el decimotercero de Rubén Castro en esta ingrata singladura por la Liga Adelante, rubricó una impoluta hoja de resultados con el entrenador interino al mando. Nueve de nueve. Y el ascenso directo a sólo tres puntos, a una victoria más. Nada que ver con aquella sangrante brecha que dejó Julio Velázquez cuando el Alavés, uno más de la categoría, se enseñoreó del Villamarín.
Entonces, en esa jornada decimocuarta, el aficionado verdiblanco abandonaba el coliseo heliopolitano ofuscado, tratando de adivinar a qué jugaba su Betis de su alma. Y jurando en arameo, preso de la impotencia. Hubo béticos que ni siquiera pudieron salir en paz del estadio para purgar sus penas, ya que ciertos desarrapados se encargaron de echar más gasolina al fuego verde.
Tres jornadas después, la llama asusta menos. El bético respira y ve que se ha abierto una espita a la ilusión. El responsable de ello tiene aún colgado el cartel de "interino" pero a él, eso no le supone malestar alguno. Al orgullo antepone su amor inquebrantable. Y como sabe de las particularidades de una entidad tan particular, ha empezado a trabajar con denuedo, discreción y templaza. También con oficio.
Por lo pronto, ha conferido al Betis lo que no tenía, lo que buscaban sus aficionados tras la derrota con el Alavés: un trazo definido.
Fue echar a rodar la pelota en el buen pasto lucense y pronto anunció la tropa verdiblanca su propósito. Atrás, no arriesgarla jamás. Jugarla en largo para salvar la línea de presión del rival. Si Rennella la baja de espaldas, si Kadir por la derecha o Rubén por la izquierda la controlan, mejor. Y si no, a apretar como chacales al rival en su intención de iniar la jugada desde atrás. Porque este Lugo quiere beber de las fuentes donde bebió Quique Setién cuando ejercía de finísimo centrocampista. Sólo que Seoane o Pelayo no poseen, ni se acercan, la visión y el golpeo del que los entrena.
La irrupción de Dani Ceballos y la recuperada confianza de N'Diaye, al que Merino da rienda suelta para morder arriba, conforman esa turbina de nuevo cuño, mucho más dinámica que ese eje Reyes-Matilla de Velázquez. Mientras, Xavi Torres se ancla por delante de los centrales, pero cerca de ellos. Y sin licencias para descolgarse. Todo confluyó en un Betis que supo cerrar los pasillos interiores.
Las malas noticias llegaron en la banda izquierda. La inexperiencia del lateral Varela abrió una vía para que que el extremo Iriome, con el apoyo del lateral Dalmau por detrás, se colara hasta la línea de fondo siempre que quiso. Y eso desestabilizó al Betis, obligado a dar un incómodo paso atrás.
Para esas situaciones de apuro están los buenos porteros. Y Adán lo es. En el minuto 19, sacó una mano, en una ágil estirada a su palo derecho, para desviar una pelota picada que se colaba. Y en la misma jugada, se reincorporó para responder ante otro testarazo a bocajarro. Fueron los peores minutos para un equipo que sólo hizo daño a balón parado, en un saque de esquina muy bien botado por el zurdo Varela desde la derecha. Su envío, tenso y cerrado, lo peinó Bruno anticipándose al portero José Juan. De milagro no se coló junto al palo. Poco más dio de sí la primera parte.
Merino se fue al intermedio consciente de que el Betis necesitaba dar un paso adelante. Que su ataque resultaba primario y poco atrevido. Metió a Fabián por Xavi Torres (51') y retrasó a N'Diaye. No le sentó bien el retoque al Betis, que se destapó por dentro ya sin Xavi Torres.
Pero el gol llegó pronto, a la hora de partido. Y lo propició una recuperación, muy arriba, de Molinero. En dos toques, el del lateral y el de Dani Ceballos, Jorge Molina se plantó delante del portero. Lo dribló y la química entre el alcoyano y Rubén Castro hizo el resto. Un gol que recordó a aquel Betis de Mel. Un Betis con trazo definido y con cara de ganador. Como el que fragua un interino, Juan Merino.
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